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Opinión - Tocar el tambor, por Esther Palomera

¿Cuándo envejecemos lo suficiente como para volvernos unos carcas?

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Comenzaste una mañana a escuchar por curiosidad, al afeitarte, una emisora ultra u otra droga dura radiofónica. Te indignabas, te soliviantaban los invitados que adulaban al presentador estrella y rebatías en tu mente todo lo que decían. Pero el transistor del baño se quedó atascado en esa frecuencia. Con el tiempo algunos mensajes torticeros iban filtrándose en tu desagüe ideológico. El otro día quedaste con un grupete de jubilados que de jóvenes les molaba U2 y Led Zeppelin y que ahora se han pasado a la música clásica y al canto gregoriano. Estos colegas, que en el siglo pasado ejercían de mochileros dos o tres veces al año, ahora te cuentan sus escapadas de relax a exclusivos balnearios con unos menús muy ricos, bajos en calorías y, por supuesto, muy caros.

A tus amigos, que pretendían afiliarte al PCE en las postrimerías del franquismo con unos infumables libros repletos de arengas marxistas, que llevábamos a la Universidad en la cartera como si fueran los donuts, les oyes ahora pontificar en el café matinal que Podemos se ha radicalizado mucho, que los okupas atentan contra la propiedad privada, que los independentistas catalanes pagados por Putin son un peligro para la humanidad, que Greenpeace exagera y que Biden es demasiado viejo. Abjuran de Abascal, pero entienden a la Arrimadas; reniegan de Juan Carlos I, pero piropean a su hijo Felipe; enumeran los fallos del doctor Simón, pero silencian los disparates de la doctora Ayuso; esgrimen estrictos controles a los inmigrantes, pero transigen con su dudosa legitimidad humanitaria. El Open Arms lo toleran lo justo porque lo paga gente guay como Guardiola, Richard Gere o Marc Gasol.

Estos amigos, que de jóvenes fueron subversivos irreductibles, han abrazado otras consignas, se han apuntado a otras cosmovisiones del mundo más conservadoras, más retro, aunque ellos no las llamen así. Se han dado de baja de muchas ONG y se han apuntado a gimnasios exclusivos, a selectos clubs de golf o a saunas pijas. Se han dejado el tabaco y el hachís, y consumen drogas naturistas cargadas de melatonina o propóleo. Se autoproclaman ecologistas, pero tienen coches de gran cilindrada que contaminan casi tanto como el avión privado de Messi. Hacen excursiones senderistas como antes, pero para comer acuden a un restaurante tres estrellas Michelín que les queda a solo dos horas de autopista.

Siguen escuchando infames programas de radio y ahora ya no por morbo, sino por convicción. Creen que darles el voto a la izquierda es tirarlo a la basura, porque resultan ineficientes ante la crisis económica. Consideran que enfrentarse a las grandes compañías del IBEX es una batalla perdida, que la tasa Google es una desmesura y que si suben los impuestos a los ricos estos verterán sus cuantiosos ahorros por un agujero negro sideral del que se desconoce su existencia. Mis amigos neoconservadores han tirado la toalla y se han comprado una bata de seda en el outlet del Corte Inglés. Estos antiguos rebeldes sin causa se han pasado a la ópera, a los tertulianos que causan bochorno ajeno y a los editoriales de prensa que acusan de todos los males a la izquierda populista. Estos antiguos sindicalistas justifican ahora mismo barbaridades como los despidos a las bravas que generan las grandes fusiones bancarias.

Esta gente ha retrocedido en sus principios. Algunos se han vuelto unos mojigatos como sus padres que en paz descansen. Algunos creen que lo que dice Illa sobre Sanidad, Iglesias sobre la renta mínima o la ministra Celaá sobre la reforma educativa son todo fakes. La verdad absoluta reside en la maquinilla de afeitar que manejan los telepredicadores y en la tostada chamuscada del desayuno preparada por un bocazas descontrolado en un bar de aforo reducido.

Aquellas caducas veleidades revolucionarias hoy nos avergüenzan: un nuevo avatar reaccionario nos define. No debemos molestar a las nuevas generaciones con estériles luchas por la dignidad, la justicia social y contra las desigualdades. Ellos están inmersos en su mundo digital, acotado y minimalista. Absortos en Netflix, no están para esas chorradas. El vecino confinado del quinto, un soldador en paro, que se las apañe él solito que ya es mayorcito. ¡Preparémonos para mutar en unos zombis más carcas todavía! 

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Publicado el
25 de noviembre de 2020 - 11:41 h

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