CV Opinión cintillo

Inundaciones en la Vega Baja: no mires abajo

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Quizá recuerden la película “Don’t Look Up” (No mires arriba). En ella, en el contexto de un asteroide que se dirige a impactar contra la Tierra, se satirizaba el modo en que las élites políticas, empresariales y mediáticas se instalan primero en la negación del problema para, posteriormente, apoyar al rico de turno en su pretensión de explotarlo en su beneficio privado aunque ello aumente el riesgo de destrucción del planeta.

Salvando las distancias, creo que un esquema similar opera en la Vega Baja a raíz de las inundaciones cuyo tercer aniversario acaba de cumplirse. Ciertamente, diferentes personas expertas explicaron el cóctel meteorológico que derivó en unas precipitaciones descomunales. Pero, al mismo tiempo, numerosas voces también alertaron de que la magnitud de la catástrofe no se podía explicar sin analizar factores vinculados a la realidad urbanística, agrícola o infraestructural del entorno. Dicho de otro modo: la gravedad de los daños por las inundaciones no se debía sólo a lo mucho que cayó del cielo, sino al desorden existente en el suelo. Y todo ello en un contexto de cambio climático que previsiblemente aumentará la frecuencia de fenómenos extremos.

Sin embargo, la nada sorprendente reacción de la mayor parte de élites políticas y económicas del sur valenciano consistió en “no mirar hacia abajo”. Su gran plan fue (y es) ignorar deliberadamente cualquier vínculo entre la (des)ordenación territorial de las últimas décadas y la catástrofe sufrida. En lugar de ello, optaron por discursos institucionales absolutamente vacíos que reducen el foco a la reivindicación de grandes infraestructuras hídricas que sirvan, en el mejor de los casos, para continuar alimentando las mismas lógicas irresponsables e insostenibles que son parte del problema.

Esta peligrosa actitud tuvo una de sus muchas escenificaciones en la apertura del Congreso Nacional del Agua el pasado 2020. El evento se abrió con los clásicos y tediosos discursos inaugurales a cargo de los dirigentes de turno (entre otros el del ya exalcalde de Orihuela, que hizo lo único que sabe y hace desde 2015: victimizarse ante otras instituciones que no gobierne su partido y mostrarse incapaz de asumir la más mínima responsabilidad o liderazgo). Tras ello, llegó el momento de intervinientes cuyo análisis sí resultaban de interés. Valga el ejemplo de Jorge Olcina, Catedrático de Análisis Geográfico Regional y destacado miembro de la comunidad científica en su campo, que apuntó dos ideas fundamentales. En cuanto a la ordenación del territorio señaló que era urgente cambiar la manera de entender y relacionarnos con el territorio, porque de poco servirían algunas de las grandes inversiones que se reclamaban si los Ayuntamientos no introducían cambios en sus políticas urbanísticas. Respecto a la sostenibilidad climática e hídrica, indicó que la realidad no sería favorable a transferencias de agua, por lo que se deberían plantear soluciones en y desde la propia comarca. Traducido a lógicas políticas el resultado es evidente: reducir la vulnerabilidad climática de la Vega Baja y encarar razonablemente las causas y consecuencias de las inundaciones pasaba (y pasa) por buscar alternativas a las bases del modelo socioeconómico vigente.

El único problema del discurso de Olcina es que, en esa ocasión, se dio ante un auditorio semivacío puesto que, acabadas las palabras de apertura del Congreso, buena parte de dirigentes políticos y empresariales escaparon velozmente del salón de actos. Ya saben, era el momento de posar en fotografías varias, estrechar manos que bien pueden engordar un contrato público y acariciar hombros de los que aceleran una modificación urbanística o promocionan el ansiado ascenso en el partido. Así que, mientras voces del mundo científico apuntaban la necesidad de abordar retos de enorme complejidad si queremos un futuro sostenible, justo y viable, buena parte de quienes tienen la capacidad de tomar decisiones en el territorio se entregaban a su clientelar rito de onanismo grupal.

Aunque anecdótico, el episodio ilustra un proceder generalizado en buena parte de sectores de Orihuela y la Vega Baja. Básicamente, llevamos tres años asistiendo a un debate superficial respecto a cifras, obras y anuncios supuestamente ejecutados o supuestamente pendientes de ejecutar. Sin embargo, los principales actores de este juego (el PP, el “ximismo” y los “lobbis” del ladrillo y el gran agronegocio) omiten deliberadamente la necesidad de “mirar hacia abajo”, hacia el suelo y su realidad. Porque ello supondría reconocer el problema que implica el tridente catastrófico del expansionismo urbanístico, la turistificación del territorio y los macronegocios agrícolas hiperintensivos, que son la gran y única fuente de enriquecimiento de los mediocres poderes económicos del lugar. Un modelo basado en salarios precarios, demandas hídricas insostenibles y que depreda el territorio haciéndonos más vulnerables ante la emergencia climática. Un modelo que, además, tapona otras iniciativas, sectores y vías para crear empleo de calidad mediante actividades respetuosas con los límites medioambientales.

Plantear, sea desde el ámbito político o empresarial, que el gran problema de la Vega Baja y el sur valenciano se reduce a una falta de infraestructuras que podrían estar ya realizadas, que puede haber un futuro digno y seguro sin cuestionar las políticas urbanísticas, agrícolas o turísticas vigentes implica, directamente, ser idiota o tomar a la gente como tal (en según qué sectores opera una mezcla de ambos elementos). No hay solución para nuestra comarca que no pase por cuestionar la agotada ficción de prosperidad y avanzar hacia una forma sostenible e inclusiva de crear riqueza. El talento, las ideas y las oportunidades existen. Falta la inundación democrática que arrase con las aspiraciones de quienes bloquean un futuro mejor.  

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