Botón de ancla
Izquierda hundida
Tras el innegable éxito de Pedro Sánchez de elegir, porque yo lo valgo, a los candidatos de las últimas elecciones autonómicas, alguien en el partido debería atreverse a parafrasear a Rita Barberá y su mítico “¡Qué hostia! ¡Qué hostia!”. Le salió del alma cuando, en 2015, perdió la alcaldía de València y, de paso, la izquierda desalojó al PP de la Generalitat. Pero —un desalojo, otra okupación— la alegría solo duró ocho años. La caída a plomo de Unides Podem-Esquerra Unida (tenían más nombre que militantes) sumó apenas 3,5% en las urnas, y arrastró incluso a Puig (a.k.a el bon chic), que se consoló de la derrota (el PSPV quedó segundo) soñando que, si los resultados hubieras sido otros, la izquierda hubiera podido ganar. De Perogrullo. Como poder, hubiera podido pasar cualquier cosa pero no pasó. Ahora, toca plantearse qué hacer de cara a 2027.
De momento hay dos factores a tener en cuenta. El primero, el PSOE. Y aquí hay que ver la botella medio vacía o con un agujero en el fondo. En Extremadura y en Aragón se han dejado por el camino diez y cinco diputados autonómicos respectivamente. Lo bueno, un resultado histórico; lo malo, los peores datos de su historia multiplicados por dos. Y, por si fuera poco, el próximo 15 de marzo toca Catilla y León (se masca la tragedia). Luego, antes del verano, Andalucía, donde la candidata (María Jesús Montero) es nada menos que la inquilina del ministerio de Hacienda, que no es el mejor lugar del mundo para cosechar amigos. Como cantaban los Stones, no sé qué pasa que lo veo todo negro. Y de lo que hay a la izquierda del PSOE mejor ni hablar. Es como dar un salto al vacío y piñarse contra el borde.
Y luego están las valoraciones. Niveles así de negación de la realidad no se ven con frecuencia. En Aragón, por ejemplo, los socialistas creen que tiene más culpa Lambán por haberse muerto que Pilar López Alegría por haberse presentado. Así lo ha dicho, sin despeinarse, el secretario general del PSOE de Madrid, Óscar López, y eso que el PSOE madrileño está como para dar lecciones. López Alegría puede ser todo lo buena candidata que quiera del politburó socialista, pero, si luego no le votan, es como un niño que no ríe, una flor que no huele o un match que no te hacen en Tinder. Ná de ná.
Con este telón de fondo, se agradece que Gabriel Rufián haya levantado la voz para pedir una unión de la izquierda o las izquierdas, que no se sabe. Bien si se trata de frenar así a la ultradercha y a la ultraultraderecha que tiene ya la Moncloa a tiro de escupitajo, pero mucho mejor si se consigue que se unan todas alrededor de un proyecto ilusionante y con algunos de sus cabezas de cartel que permitan soñar (un poquito, al menos) con un mundo mejor. Un Emilio Delgado por aquí, un Óscar Matute por allá, una Ione Belárra por el otro lado… y más de uno madrugaría para votar y no como ahora, que basta con que el día salga nublado para que los puristas se queden en casa dando lecciones de dignidad. A esos, espero que no se les vaya todo por la boca, que igual les hace falta para justificarse cuando lleguen los despidos sin indemnización o la rebaja del SMI.
La estrategia de Vox es presentarse como la solución al fin del mundo que ellos mismos quieren provocar, y retratarse los menos posible: si además de oírles, a algunos de los que les votan les da por escucharles, algún día pincharán el globo. Contra eso, un discurso que deje el centro al PSOE que se mueve como pez en el agua en la inanidad, y que la izquierda a su izquierda lo sea sin complejos (en medio ambiente, política de vivienda, igualdad, educación, inmigración…) podría, o no, ser la solución. Pero al menos hay que intentarlo. Unirse donde se pueda, jubilar a algunas viejas glorias, olvidarse de las cuotas o crear otro grupo de Whatsapp sin Yolanda Díaz igual no son tan malas ideas.
Y si se hace con cabeza, todavía mejor. En la Comunitat Valenciana tenemos el activo de Mónica Oltra que, le guste o no, es necesario que vuelva. Lo de su juicio infinito no es una vergüenza para ello sino un honor que, supongo, hubiera preferido no merecer. Nadie como ella ha sufrido más (y con mayor crueldad) los envites del lawfare, y nadie ha mantenido tan alta su dignidad. Que la sección cuarta de la Audiencia Provincial y de las Jons mantenga, con respiración asistida, la causa abierta contra ella, no nos puede hacer olvidar que, de momento, la única condenada es la fascista Cristina Seguí, nada menos que a quince meses de cárcel por difundir un vídeo de unas menores víctimas de abuso sexual.
En Compromís están preguntándole a los suyos qué les parece que la exvicepresidenta del Consell se presente a alcaldesa de València y, como era de esperar, la gente responde que dónde hay que firmar. También les preguntan por la portavoz de la formación en el Ayuntamiento, Papi Robles, y la gente responde que quién es.
Pero que Oltra se presente a la alcaldía del cap i casal y Joan Baldoví a la Generalitat tampoco es tan buena idea. Más inteligente sería concentrar en València a los dos mejores cabezas de cartel que tiene la izquierda: Oltra y Pilar Bernabé. Son los dos mejores currículos que tiene la izquierda sobre la mesa, dos candidatas capaces de sumar votos desde Orihuela a Benicarló. Como en el PSOE no se van a bajar del burro y no van a renunciar a Diana Morant para que aspire a la presidencia (o Pedro se enfada), a ver cómo reaccionan los valencianistas. Después de todo, el ayuntamiento está a un concejal de distancia, y Catalá se está luciendo. Es un objetivo asequible; el Palau de la Generalitat está más difícil. Si se impone la cordura, hay partido.
Pero al final, y para sorpresa de nadie, hay que ser muy optimista para no pensar que en 2027 nos vamos a tener que contentar con una victoria moral y cuatro años más de Pérez Llorca.