Carmen Aragón, endocrinóloga: “Es un error consumir frutas dañadas, pueden estar contaminadas por hongos”

A menudo dudamos cuál es la forma correcta de lavado.

Paloma Martínez Varela

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Es una creencia muy extendida la de que una fruta recién recolectada puede comerse directamente sin lavar, incluso cuando se compra con el sello de ecológica o de proximidad se tiende a bajar la guardia en este sentido o a plantearse si es necesario el lavado. Sin embargo, la ciencia es clara al respecto: la procedencia no exime de riesgo, y lavar frutas y verduras es una medida esencial de seguridad alimentaria.

“Tanto frutas ecológicas como frutas de producción convencional pueden contener contaminantes microbiológicos, es decir, gérmenes, y contaminantes ambientales”, advierte la doctora Carmen Aragón Valera, especialista en endocrinología y nutrición y portavoz de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN).

En el caso de los cultivos convencionales se suma la presencia de restos de pesticidas, por lo que la doctora recomienda “lavar todas las frutas independientemente de su origen”. El objetivo no es solo eliminar la suciedad visible, sino también químicos y patógenos que podrían afectar al sistema digestivo.

¿Es suficiente con agua?

A menudo surge la duda sobre cuál es la forma correcta de lavado o si es necesario recurrir a desinfectantes específicos. “La mejor forma de lavar las frutas es bajo el chorro del agua corriente, incluso si se van a consumir peladas y siempre y cuando la superficie esté íntegra”, asegura la experta, según las directrices de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN).

Aunque se vayan a pelar, el cuchillo o la propia manipulación pueden arrastrar contaminantes de la piel. “Son cuestiones básicas, pero conviene recordarlas: debemos lavarnos las manos adecuadamente antes de lavar las frutas, secarlas con papel o paños limpios y cortarlas con cuchillo igualmente limpio”, apunta Aragón Valera.

Además, ciertas frutas y verduras de cáscara dura, como el melón, la sandía, el calabacín, o el pepino deben cepillarse con un cepillo específico para garantizar la eliminación de residuos incrustados en su superficie rugosa, según la AESAN.

Uno de los errores más frecuentes que destaca la endocrinóloga es “consumir frutas dañadas sin valorar que puedan estar contaminadas por hongos”, ya que muchas veces se retira la parte dañada y se consume el resto, algo que puede conllevar riesgos si las toxinas se han extendido. “Ante la duda lo más seguro es desechar la pieza de fruta”, asegura la especialista.

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