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Reflexiones sobre la no-investidura: desde un rincón de la izquierda

La opción de que se produzca en España un pacto moderadamente progresista pasa por el respaldo de Iglesias a Sánchez

Para pedir un "pacto a la valenciana" hay que exhibir la inclinación al pacto de una Mónica Oltra

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Captar el Zeitgeist, encarnarlo, siquiera en un atisbo, es la clave que distingue al verdadero político. Suele ayudar a eso la juventud, inconveniente para otras cosas. Complace ver a tantos jóvenes sentados en el Congreso, brillantes, vibrantes. Iglesias, Errejón, Bescansa, Montero... ¿Dan miedo? No a mí. No van a quitarnos nuestras vidas ni nuestras casas; quizás solo a congelarnos nuestras nóminas… pero eso no es nuevo. Sangre renovada aunando pasión, dando voz al descontento de la calle, llevando su ruido al Parlamento. En Andalucía ha sido en él un indiscutible soplo de aire fresco. Poesía que parece querer hacerse prosa: la de las leyes y los reglamentos. La prosa que antes o después aplasta al verso. Por lo demás, no se puede ser sublime a todas horas. Entre lo sublime “sostenido” y lo ridículo “indeseado” hay una línea muy fina. Pablo Iglesias y algunos de sus compañeros la traspasan con más frecuencia de la que debieran. Mal asunto porque, entre otras cosas, para gobernar hay que inspirar confianza. Y es difícil lograrlo con según qué actitudes.

La legislatura ha sido, en términos sociales y políticos, desastrosa. Insensibilidad, prepotencia, inacción e incompetencia se asocian, incluso en amplios sectores de sus bases sociales, a quienes han regido los destinos del país en estos años, dilapidando un caudal político único y una oportunidad histórica para hacer algo más que cuadrar las cuentas, dejando al país con una deuda pública equivalente al PIB nacional. No se ha salvado nada. Ni la Universidad, obscenamente atacada, ni la Sanidad, ni la cohesión territorial, ni la ejemplaridad debida… Tampoco el Derecho positivo, espasmódicamente flagelado a golpe de BOE, afortunadamente quieto ahora con un gobierno en funciones. Nuestros gobernantes deberían leer más a Tácito y reflexionar sobre su fina percepción de que un exceso de leyes está vinculado de un modo u otro siempre a la corrupción. Quizás no les interesen tales lecturas.

Hay un hedor que sobrevuela todo. Y la investidura no se ha librado. Volvemos a donde estábamos dicen algunos, obviando que jamás se vuelve adónde se estaba. Desde las filas populares se ha ridiculizado la iniciativa de Pedro Sánchez y los resultados aritméticamente cosechados, que han quedado muy lejos de la mayoría necesaria para ganar una investidura. Cómo negar la aritmética desde la ética, la física desde la metafísica. Pero olvidan también que el Presidente está más solo que Sánchez en la cámara, sobre todo después de haber embestido a Rivera como un torete en la dehesa. Rajoy necesita, además, al PSOE para ser Presidente; Sánchez no necesita al PP y sabe que apoyarlo es autodestruirse frente a Podemos. El afilado discurso de Rajoy, más virulento que reivindicativo, hubiese sido aceptable sometiéndose como candidato natural a la investidura; no haciéndolo, ha confortado a los hooligans de su partido (por fases parecía que asistíamos a una suerte de terapia de grupo), pero ha cerrado cualquier puerta para sumar un solo voto más a los 123 (o 122, como aviesamente le recordaba Sánchez) diputados con que cuenta. A día de hoy el líder del PSOE dispone en la cámara de más apoyos para gobernar que el Presidente en funciones y ha sido entrevisto por la ciudadanía (y por su propio partido) como una alternativa consistente: como uno que va a quedarse. Da igual que se lo minusvalore o se lo ridiculice (se ha hecho desde el principio), o que se le recuerde su derrota de diciembre, veinte escaños por debajo de Rubalcaba. En política, una derrota cantada es una derrota descontada. A veces, lo son hasta las inesperadas (que se lo digan a Rajoy en 2004). Ganador de estas elecciones, es también el primer candidato que como presidente ha perdido sesenta y tres diputados en cuatro años. González tardó en perder sesenta y uno catorce años; Aznar tras cuatro de presidencia sumó veintisiete escaños; Zapatero, cinco. El derrumbe del PP ahora ha sido mayor que el del PSOE en 2011, en pleno golpeo de la crisis. La distancia entre ambos se ha reducido drásticamente: de setenta y seis diputados en 2011 a poco más de treinta en 2015. En términos de peso comparativo, los dos partidos están mucho más cerca ahora y por eso el PSOE puede gobernar con Sánchez. Por eso y porque el PP no puede gobernar con nadie. Apostando por la opción moderada de cerrar un acuerdo estable con Ciudadanos, Sánchez tiene toda la legitimidad ante los llamados barones (algunos de los cuales gobiernan gracias a Podemos) para ensayar la opción que sí suma: la de un pacto de izquierdas. El problema para que esta opción que sí suma sume y pase de la potencia al acto no es primigeniamente suyo, sino de Iglesias, que debería acudir más a Aristóteles y un poco menos a Manu Chao.

Muchos de los que apuestan por el cambio, y desde luego aquellos que somos capaces de tomar nuestras decisiones vitales (y el sentido de nuestro voto) desde la cabeza y no solo desde las tripas, no perdonaremos políticamente a quien haga fracasar esa opción frívolamente. Es evidente quién ha sido en esta ocasión el que lo ha hecho, comportándose más como un agresivo delegado estudiantil en una asamblea que como un parlamentario que tiende la mano, ridiculizando al único interlocutor que a día de hoy puede ser presidente del gobierno… y hacerlo entre otras cosas vicepresidente a él. (Conviene no confundir política con derecho: jurídicamente es el Presidente el que hace al Vicepresidente y no a la inversa). No parece, pese a loar valencianos ecos, que Iglesias tenga la liquidez mediterránea espiritualmente inclinada al pacto de una Mónica Oltra. La mesetaria referencia a los GAL y a Felipe González, a más de trasnochada, resulta indeglutible en quien acababa de derretirse ante un Otegui al que califica poco menos que de “preso político”, sin dignarse a recibir a los que sí lo son en otros países. ¿De qué tendrían entonces manchadas las manos Chávez o Maduro en la sensitiva mirada del señor Iglesias? El líder de Podemos ha desvelado dónde tiene puestas las miras: en seducir al votante arquetípico de Bildu más que al universitario en paro o al padre de familia desahuciado en cualquier lugar de España. Nada que objetar sobre sus preferencias estratégicas; son cosa suya. Me preocupa que lo domine la hybris, el mal que acabó con tantos héroes de la mitología griega, porque es un político medular en la España de hoy. La política, antes o después, es optar. Y sus opciones están quedando claras.

A ratos pareció un guerrillero yendo a la guerra; a ratos, un adolescente despechado ante la fuga con otro de un amor de verano. Pero no está en el instituto. Si alguien escupe al de al lado tendrá difícil sentarse con él la próxima vez en un consejo de ministros. El postrero ofrecimiento –muerdo incluido- a un Sánchez cuyas expectativas había flagelado repetidamente en la sesión anterior como si estuviese en una taberna con los colegas puede que le haya valido a Pablo para ligar en la carrera, pero es manifiestamente insuficiente para gobernar juntos, por mucho que uno prefiera la sátira brillante y el sentido del humor siempre en su vida al exabrupto y el exceso de testosterona, virtudes y males españoles de que no está desprovisto el muy español diputado Iglesias.

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