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Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

El paisaje sonoro del confinamiento

El céntrico Paseo del Borne (Palma) vacío durante el primer día laborable desde del estado de alarma decretado por el coronavirus en el país.

Como historiador he de reconocer que pocas veces he tenido conciencia de estar viviendo un momento histórico sobre el que las y los científicos sociales volverán una y otra vez, en oleadas investigadoras que alimentarán papers, ponencias e incluso ese producto en progresivo desuso académico que son los libros. Viví las guerras de Yugoeslavia, viví el 11-S, viví las guerras del Golfo, pero todo aquello eran vivencias prestadas, vividas en la distancia cálida del televisor y de Internet. Lo que pasa ahora es diferente. Soy consciente, como tantas de nosotras y nosotros, de estar viviendo algo que permanecerá en nuestra conciencia colectiva, y permanecerá porque lo que estamos viviendo no admite distancia ni zona de confort, puede venir servido por la televisión e Internet, pero forma parte de nuestra personal vivencia. Y permanecerá porque está habitado por la más absoluta incertidumbre, y así fueron habitados todos los fenómenos que marcaron la historia.

Quienes vivieron el 18 de julio de 1936 no supieron nunca qué iba a pasar. Sin embargo, las y los historiadores, dado que construimos nuestro relato del pasado sabiendo lo que pasó, terminamos, infinidad de veces, introduciendo una percepción falsa de lo que ocurrió, como si quienes vivieron los acontecimientos hubieran adivinado su curso, como si quienes levantaron barricadas enfrente de los cuarteles el 18 y 19 de julio de 1936 o quienes corrían, apresuradamente, a comprar pan y leche esos días, hubieran sabido que estaba comenzando una guerra civil. Y no lo sabían, no tenían ni idea, estaban presos de la misma incertidumbre que nosotras y nosotros y ahora podemos empatizar con ella. Podemos empatizar con quienes vivieron el 18 de julio de 1936, con quienes vivieron el 14 de julio de 1789 o el 8 de marzo de 1917. Y, aun así, por mucho que ahora podamos empatizar nos cuesta, y me cuesta a mí, que soy historiador.

Mi propia conciencia de lo que está pasando ha sido huidiza y fragmentaria. La primera semana de confinamiento la he experimentado en un estado de ausencia, como si lo que pasara fuera casi irreal, como si el día siguiente las cosas fueran a volver a la normalidad de forma inexorable y fuera a volver a ver a mi hija, a visitar librerías con mi enamorada, a abrir el despacho en donde dejé los materiales del libro que estaba diseñando, a pisar el aula donde me esperarían las alumnas y alumnos cuyos nombres comenzaba a memorizar. Solo ahora, pasadas dos semanas de confinamiento, comienzo a descender a la realidad, o a lo que creo que puede ser la realidad, y comienzo a ver que no, que es dudoso, es improbable, es, de hecho, imposible que vuelva la normalidad y que cuando vuelva será una normalidad diferente, porque entre medias estaremos ligados a este presente que será pasado por mucho dolor: el de la pérdida de los seres queridos, el del colapso de nuestros abuelos y padres en las residencias y en sus pisos solitarios, el de la pérdida del trabajo, del negocio o de la casa.

Hemos perdido (y, si no lo hemos hecho aún, la vamos a perder) la estúpida inocencia de que esta forma de vivir no tenía fecha de caducidad, que esquilmar el mundo, destruir la naturaleza y responder a las exigencias de productividad de un sistema económico despiadado eran pagos que siempre podríamos atrasar en el afán por "quererlo todo y quererlo ahora", por consumirlo todo y consumirlo ahora. Es ahora cuando sabemos que lo que ocurre en una lejana ciudad china nos puede afectar en lo más hondo del corazón, que el precio por construirnos una vida centrada en el consumo deshumanizado es haber construido un entramado global en donde lo que ocurre en Wuhan puede transformar la vida de La Gomera.

Es inevitable que interpretemos lo que nos está pasando a través de los productos culturales que nos han acompañado. Me es inevitable no evocar, cuando pienso en lo que están siendo estos días, la historia oral de la guerra zombi que escribió Max Brooks, en donde todos los males de nuestra actual crisis podemos verlos reflejados, desde el miedo irracional que nos hace excluir al semejante al clasismo desaforado pasando por la lentitud de la ciencia en su combate contra lo desconocido. Pero, sobre todo, me es imposible no evocar La carretera, de Cormac Macarthy. Y me es imposible porque he adquirido conciencia de la irreversibilidad de la crisis que estamos viviendo solo cuando he salido a la calle a comprar el pan y la fruta; o a visitar a la madre que vive en la soledad y en progresivo distanciamiento cognitivo una reclusión que le resulta insoportable. Cuando he salido a hacer estos quehaceres es cuando he contemplado una realidad que me remite poderosamente a este libro y es la de un "paisaje sonoro" diferente al que había conocido hasta ahora. Un paisaje habitado por el silencio humano.

En La carretera el silencio lo invade todo porque han desaparecido los animales e insectos que componen la sinfonía de la vida y los humanos viven en pequeños grupos o en soledad. Es la recurrente mención a ese silencio total, absoluto, lo que más me abrumó y aterró de ese libro particularmente abrumador y aterrador. Y cuando salgo a la calle a comprar el pan o a acariciar la mano agrietada de mi madre percibo un silencio parecido. Porque están, sí, los pájaros, está el aire meciendo los toldos, están los coches y motos que circulan de forma intermitente. Pero no estamos los humanos. No están nuestras voces, no están nuestros diálogos, no están los niños riendo ni los ancianos conversando ni los adolescentes gritando, ni los enamorados acariciándose ni las familias charlando. No están los ruidos que emitimos en nuestro contacto cotidiano con el otro, ni los aromas que nacen de esos ruidos, ni el paisaje erotizante que forman las miradas, las risas, los lloros, las conversaciones. Solo está el silencio. Y este silencio me evoca el libro de Cormac Macarthy. Y este silencio me muestra que esto que está pasando nos va a cambiar la vida.

El músico R. Murray Shafer definió como "paisaje sonoro" el entorno acústico total que rodea a cada ser humano en un tiempo y espacio. Ese entorno está compuesto a modo de sinfonía por todos los sonidos que nos rodean, naturales y artificiales: los que emiten nuestros cuerpos, los que generan las máquinas que hemos creado o las actividades que ejercemos, los que lanzan los insectos, animales y fenómenos naturales que nos rodean. Y nuestro "paisaje sonoro" ha sido modificado de forma radical, se ha visto cercenado en uno de sus componentes esenciales: las voces, las risas y los llantos que, a modo de sinfonía, componemos los seres humanos en nuestra vida en sociedad. Y esa ausencia reiterada es la que ha desplazado mi particular sentimiento de ausencia de estos días pasados para hacerme consciente que estoy viviendo un fenómeno histórico. Un fenómeno que cuando pase no nos puede permitir vivir igual que vivíamos antes, con la conciencia displicente de que no somos responsables de nuestros actos cotidianos, que lo que consumimos no afecta a nuestro entorno, que el Estado social no es una prioridad que nos incumbe a todas y todos, que los ancianos y niños a los que hemos recluido (y apartado) no son un reflejo, invertido, de una sociedad que ya estaba enferma antes de que un virus venido de Oriente la terminara de empujar al borde del precipicio

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Publicado el
30 de marzo de 2020 - 23:38 h

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