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'Ema': el perreo como fascinante herramienta de empoderamiento

Fotograma de 'Ema'

Francesc Miró

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Hace no demasiado, el género del biopic vivió una sacudida de manos de un realizador chileno cuya mirada no tenía absolutamente nada que ver con la tradición académica del cine estadounidense.

Hablamos de Pablo Larraín, que si bien ya contaba con una carrera en Chile, saltó al terreno internacional con No, incómoda visión de la dictadura de Pinochet y el plebiscito chileno del 88. Luego supo descolocar a propios y ajenos con la contundente El Club, brillante dedo en la llaga al incólume estatus del clero. Y tras eso llegaron Neruda y Jackie: dos biopics alejados de toda fórmula, libres en su concepción formal e interpretativa. El segundo le llevó hasta los Oscar con tres nominaciones, por su escurridiza aproximación a Jacqueline Kennedy durante las horas posteriores al asesinato de su marido.

Tres años después, Larraín vuelve a los cines con una película que comparte espíritu con sus títulos anteriores, pero parece más libre si cabe. Ema es la historia de la joven del título: una bailarina que se acaba de separar de un prestigioso coreógrafo, tras dar al hijo de ambos en adopción. Mientras enfrenta su situación, Ema empieza a conocer a personas sin aparente relación entre ellas, alterando de forma significativa sus vidas.

Rodar mientras se crea

Mariana Di Girolamo no sabía bailar de forma profesional antes de interpretar a Ema. De hecho, su rostro era conocido en la televisión chilena, pero no en la gran pantalla y, mucho menos, en todo el mundo. Pero la película de Larraín, que le propuso el papel protagonista antes de saber si iba a conseguir financiación para rodarla, se estrenó en Sección Oficial de Festival de Venecia. Desde entonces, la actriz no ha parado.

“Rodamos durante seis semanas muy intensas en Valparaíso”, cuenta Di Girolamo a eldiario.es, “pero fue una experiencia radicalmente distinta a lo que yo estaba haciendo en televisión, porque allí los guiones estaban muy cerrados, y los personajes tenían unos antecedentes que venían siempre explicados”.

En cambio, el personaje protagonista de Ema nació mientras se interpretaba: en tiempo real y delante de la cámara. “Aquí no era así, es más: no importaba. No había un trabajo de biografía previa. Era una actuación que dependía de la concentración en el presente”, cuenta, “era algo escalofriante pero también tenías una sensación de alivio porque lo único que te pedían era que te liberaras y te entregaras a lo que te pedía el cuerpo”.

Tal vez de ahí derive el aspecto de extraña ensoñación que sobrevuela toda la película: no parece seguir una estructura ni tener un camino claro, pero uno tiene la sensación de que todo está donde debe estar. De hecho, la actriz cuenta que no les entregaban el guion hasta la noche anterior al rodaje y todo, prácticamente, se tenía que, si bien no improvisar, interpretar sobre la marcha.

“Pablo es muy consciente de este método y estaba muy abierto a nuestros comentarios y nuestros errores”, explica la actriz, “no había ideas preconcebidas y cómo se relaciona Ema con los demás personajes es algo que fuimos descubriendo mientras rodábamos”.

De Stravinsky al perreo: bailar para liberarse

“Yo había bailado reguetón antes de Ema”, explica Di Girolamo, “pero siempre lo hice de manera recreacional o en ambientes festivos”. En cambio, para el rodaje de la última película de Larraín tuvo que entrenar durante meses diariamente con el coreógrafo chileno Jose Vidal. Su compañía de danza contemporánea estuvo implicada en la cinta y, de hecho, en ella se representa Rito de Primavera, su obra más célebre, adaptación de La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky.

Ambos, el reguetón y Stravinsky, conviven de forma fabulosa en Ema. Para Larraín no existen los apelativos de alta y baja cultura, e imponer barreras entre expresiones artistísticas de distinto origen impide su diálogo y —por qué no—, su feliz fusión.

“Yo he crecido escuchando reguetón toda mi vida y no le otorgo esa connotación negativa que tiene mucha gente de él”, explica la actriz chilena nacida en 1990, “pero también pienso que a mí me gusta bailarlo más que escucharlo”. Sin embargo, cuenta que Pablo Larraín y Nicolas Jaar, compositor de la banda sonora de Ema, tuvieron siempre muy claro que debían abordar este género musical como parte del ADN de su filme. No querían hablar de esta generación “sin hablar del reguetón y del trap. Es un ritmo de la calle, y queríamos transmitir lo que se sentía en la calle”.

Para Di Girolamo, “el reguetón es algo sensual, sinuoso. Y estamos hablando de una mujer que funciona en colectivo: su vida está ligada a la tribu y el reguetón también es así”.

“Creo que es muy importante lo que hizo Pablo: acercarse a estos ritmos sin juzgarlos. Abierto a lo que le podían proporcionar. De hecho, es la misma aproximación que tiene respecto a la cultura pop de nuestra generación”.

Ver el mundo arder

Con Ema, Pablo Larraín configura un fascinante retrato del baile como liberación y autodescubrimiento. También como herramienta de empoderamiento, de lucha contra la autoridad. De hecho, el personaje interpretado por Gael García Bernal se puede leer como trasunto del director: déspota opresor contra el que la protagonista debe sublevarse. En el enfrentamiento, Ema crece como película.

Alrededor de Ema se tejen relaciones afectivas marcadas por el deseo y una voluntad oculta, pero siempre en los términos decididos por ella, y gobernados a voluntad. Consensuados y secundados, eso sí, en grupo: en un aquelarre feminista que ayuda al personaje de Mariana Di Girolamo a andar el camino elegido.

Para construir su futuro, no obstante, la generación que retrata Ema no se conforma con bailar un reguetón empoderante. No basta con moverse para notar las cadenas. Según su tesis, hay que destrozar lo que nos oprime. Hay que hacerlo arder.

“Ese sentimiento define a Ema”, cuenta la actriz que la interpreta “necesita quemar para sembrar, acabar con lo establecido para que surja algo nuevo. El fuego define sus actos: es algo hipnótico y peligroso. Como ella misma”.

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