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Antonio Banderas: “Almodóvar te quita todas las corazas a puñetazos”

Antonio Banderas caracterizado como el álter ego de Almodóvar en 'Dolor y gloria'

Mónica Zas Marcos

En Dolor y Gloria, Antonio Banderas (Málaga, 1960) interpreta a un viejo director en busca de redención. De entre todas sus cuentas pendientes, una de las principales es con su actor estrella, al que dio la espalda hace 30 años por su adicción a la heroína y a quien ahora obsequia con el texto más especial que ha escrito nunca: una crónica de su vida. Banderas no fue aquel díscolo aprendiz de Pedro Almodóvar, pero le ha hecho el mismo regalo.

El cineasta se ha dado el gusto de dirigirse a sí mismo en la película número 21, pero más como una forma de sacudirse el ego que por vanidad. “Ha querido reconciliarse con su familia, parejas, industria, actores, soledad y dolor. Me parece una confesión muy hermosa”, explica el intérprete en un hotel del centro de Madrid.

Sin la peluca canosa ni las eclécticas camisas de lino, Banderas vuelve a ser Antonio, pero en Dolor y Gloria la mímesis con Pedro es casi absoluta. Algo que le sorprende. “No quería imitarle en ningún momento. De hecho, me dio permiso para incorporar sus manierismos y yo le dije que no. Ahora bien, le conozco desde hace 40 años y hay pequeños detalles que se te pegan y aparecen de forma inconsciente”, reconoce.

En esas cuatro décadas, Antonio Banderas ha pasado de ser un “chico Almodóvar” a inaugurar el sueño norteamericano para los actores españoles. En alguna entrevista ha admitido que también fue la oportunidad de arrancarse una etiqueta incómoda y huir de la sombra de la vaca sagrada del cine patrio. Pero cada vez que recibe una llamada de El Deseo -la productora de Almodóvar-, le sobran minutos para hacer las maletas, coger un vuelo y ponerse a las estrictas órdenes de su viejo amigo.

El reencuentro se produjo con La piel que habito en 2010. Entonces, Banderas volvía de una carrera meteórica en Hollywood donde compartía mesa con presidentes y ya había recibido su estrella en el paseo de la fama. “Llegué después de 22 años y le dije, orgulloso: 'Mira, Pedro, todo lo que he aprendido', y me dijo: 'Uh, fuera'. Grabábamos una escena y solo me decía: '¿Eso qué es? No, Antoñito, no, no, no. Golpe, golpe, pam, pam, pam”, cuenta sobre la exigencia del director, un rasgo que también se refleja en la película.

“Vamos a ser claros con este asunto. Yo sí he visto a Pedro ser duro con los actores y actrices. Si no entiendes lo que está pasando, es cuando realmente te vas a bloquear y te va a dañar. Pedro no quiere que los actores vengan con mochilas cargadas de trabajos que han hecho con otros ni de tics que les hacen sentir muy cómodos frente a la cámara. Todo eso a Pedro se la repampinfla”, continúa Banderas.

“Pedro te va a quitar todas las corazas y si es con puñetazos, será con puñetazos. Si te resistes, entonces te encuentras con un problema psicológico importante. Pero si no, te vas a redescubrir a ti mismo”, concluye sobre ciertos rumores del ambiente que se genera en los rodajes y la fría relación que a veces mantiene con los intérpretes.

Por parte de Almodóvar, el simple hecho de admitir la existencia de estos roces en Dolor y gloria parece su forma de pedir perdón. “Yo me he sentido reconciliado con él y he entendido el mensaje”, concede el actor.

“Corrosión” para la extrema derecha

Dolor y Gloria es una disección en canal de la vida de Almodóvar, de la nostalgia de unos años de libertad creativa, fiestas y excesos que no volverán, de los amores del pasado y de la edad que no perdona. Pero, sobre todo, es un retrato familiar y una carta de amor y “reproche” a su madre, Francisca Caballero. 

“Lo que plantea es el dolor antiguo de un niño criado en un pueblo de La Mancha en los años 60 y de la poca aceptación que tuvo en un momento determinado por parte de su familia”, reflexiona Banderas.

Pedro le dijo que “jamás tuvo esa conversación con su madre, y yo le creo, pero quizá fue algo que quiso haber tenido. Haberle dicho: mamá, soy distinto, pero necesito tu aceptación”. Para el actor, ese es el sentimiento más identificable de la cinta, “porque no se trata solo de la homosexualidad. Ahora la ideología política divide a las familias de la misma manera”.

Para sus actores, lo mejor del compromiso político de Pedro Almodóvar es que no es panfletario y consigue el entendimiento de realidades sociales complejas a través de “artistas, putas, yonkis y maricones”. De hecho, Antonio Banderas concibe el cine y la concienciación como dos realidades paralelas porque “el arte necesita libertad y para eso recurre a la política”. Sin embargo, también admite que esta última ha pasado de estar entre sus “cinco prioridades” a descender hasta “la posición 130, como poco”.

“Es que es un envenenamiento y una intoxicación extraordinarias. Yo voy a cumplir con mi deber de ciudadano y voy a votar en las próximas elecciones, pero tratan de vendernos que la felicidad depende de los políticos continuamente. Que no se crean tan importantes, lo son hasta un punto. Pero ya vale de este martilleo constante que enfrenta a todos los españoles. Me da mucho coraje”, embiste el actor.

En lugar de hablar de las “riñas de patio de colegio” de los dirigentes de los partidos, Banderas apela a hechos “incuestionablemente políticos y maravillosos” como la marcha de las mujeres del pasado 8 de marzo. “Hay muchos derechos todavía por conseguir: la brecha salarial y el tema de la violencia [machista]. Pero es mucho más complicado acabar con lo último porque no tiene un rendimiento político inmediato y quizá sea el oponente quien se beneficie de las medidas que se inician ahora”, advierte con escepticismo.

Por eso destaca el poder de la cultura y el cine en esa educación de la ciudadanía y pone como ejemplo las películas de Almodóvar. “En los años 80, Pedro logró insertar la idea de que dos personas del mismo sexo pueden amar, pueden tener problemas y pueden matarse como cualquier otra”, destaca.

En Dolor y Gloria esa reivindicación sigue su cauce normal con dos hombres que rozan los sesenta y representan una de las escenas más sensuales -que no sexuales- del metraje.

“La película puede tener elementos corrosivos y que remuevan alguna conciencia. Si hay algo que provoque en este momento político es la naturalidad con la que se trata. Puedo enamorarme de un hombre y tiempo después de una mujer. Y eso puede molestar a algunos”, dice respecto al fantasma de la homofobia que acecha treinta años después del cambio de paradigma que introdujo Almodóvar en los 80.

Sin embargo, ahora que muchos recuerdan la Movida como un momento más libre que el actual, Banderas puntualiza lo arriesgado que era hacer ese tipo de cine. “En el 85 también estaban pasando cosas muy raras, cuidado. Al Madrid que yo llegué, no podías salir a la calle un 20-N. Y aparecer en una película como La ley del deseo era jugártela, porque a lo mejor alguien te pegaba un martillazo por la calle”, admite. 

“En la secuencia 21 de La ley del deseo yo mataba al personaje de Miki Molina. Y a eso nadie le prestó ninguna atención. El crimen en el cine se ha aceptado siempre con una naturalidad increíble, incluso en películas de niños. Yo en El Zorro mataba a un montón de gente, no había sangre, pero me llevaba por delante a medio México. Pero dos personas del mismo sexo besándose en una pantalla o haciendo el amor era anatema”, recuerda Banderas, que pide que tampoco se idealice esa época.

No hace falta que se vista de Pedro Almodóvar para analizar con la misma madurez aquella época dorada en la que ambos fueron enfants terribles. Pero, como muestra Dolor y Gloria, no tiene sentido transformar las cosas desde la nostalgia. Hace falta una nueva Movida. Y, si esta viene capitaneada por Pedro, seguro que Banderas se sube al barco. 

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