Análisis La violencia del bloqueo emocional masculino

Mads Mikkelsen, soldado vengador rodeado de friquis en una inenarrable comedia negra danesa de acción, humor y duelo

Mikkelsen interpreta a un soldado viudo que quiere matar a los presuntos responsables de la muerte de su esposa

Mads Mikkelsen se ha convertido en un intérprete de alcance internacional que ha intervenido en la saga Bond, en los universos fílmicos de Marvel o Star Wars, y que ha encarnado al popularísimo antropófago doctor Lecter de El silencio de los corderos en la serie televisiva Hannibal. A pesar de estas escapadas hollywoodienses, el actor danés sigue teniendo un pie en el cine de su país, en producciones firmadas por Thomas Vinterberg o Anders Thomas Jensen. Este último es el responsable principal de Jinetes de la Justicia: una muy atípica mezcla de tonos y géneros que, desde un talante lúdico, desafía a la audiencia. Por el camino, mete el dedo en alguna llaga.

'La vida de los demás': la pena de muerte como veneno de toda una sociedad

'La vida de los demás': la pena de muerte como veneno de toda una sociedad

El filme comienza con el despido de Otto, un profesional de la estadística con compañías e intereses algo excéntricos. De vuelta a casa, cede su asiento a una mujer. Poco después, el vagón choca con un convoy detenido, ella muere y él sobrevive. A medida que conoce más detalles del supuesto accidente, y especialmente cuando descubre que también ha muerto un testigo de la acusación de una banda de criminales (los Jinetes de la Justicia que dan título a la película), considera que el suceso es demasiado improbable como para ser verdaderamente accidental.

La narración da un giro cuando Otto se pone en contacto con Markus, el viudo de la mujer, encarnado por Mikkelsen. Este soldado emocionalmente bloqueado está gestionando su pérdida mediante la ingesta de cerveza y torpes e indeseadas conversaciones con su hija adolescente. Tras hablar con Otto, ve la oportunidad de vehicular el duelo a través de la venganza. Y contará para ello con las aportaciones del estadístico y sus amigos, que parecen extraídos de una versión de mediana edad, más ácida y decadente, de The Big Bang Theory.

Acostumbrado a usar situaciones y personajes pintorescos para generar una cierta perplejidad y oscuras comicidades, Jensen mezcla géneros fílmicos. Sin dejar de lado un evidente talante recreativo, propone un artefacto con algunas aristas incómodas, saludablemente desafiante. El director y guionista se acerca al thriller de venganza, pero puebla su mundo narrativo de personajes inusuales cuando estas películas suelen autolimitarse y replegarse en sus propias convenciones. No solo aparecen los geeks que sirven de secundarios tragicómicos: la hija del protagonista, que desconoce las acciones del grupo, sirve de ancla que acerca ocasionalmente la película al ámbito de la convivencia cotidiana con la pérdida, sin disparos ni luchas cuerpo a cuerpo.

Un bloqueo emocional que se rompe a tiros

Las historias de revanchas violentas son una fecunda tradición en Hollywood y más allá (desde los clásicos teatrales grecolatinos a la actual producción audiovisual surcoreana). Obras populares en su momento como la saga El justiciero de la ciudad, interpretado por Charles Bronson y reinterpretado en un remake reciente por Bruce Willis, testimonian la popularidad duradera de esta tendencia, que ha alumbrado tanto propuestas de prestigio (Taxi driver, por ejemplo) como modestas producciones destinadas al mercado videográficos o al insaciable deseo de novedades de las plataformas de streaming.

En los últimos años se han estrenado aportaciones relevantes a la tradición del audiovisual vengativo. John Wick fue una reformulación artísticamente afortunada de las narraciones sobre sicarios talentosos en el retiro o en una última misión: el deseo de vengar la muerte de su perro y el robo de su coche le impulsan a mostrar de nuevo sus altas capacidades en la tarea de matar. Los autores del filme apostaron por una mirada irónica, a un paso de la autoparodia, pero este tono inicialmente inconcreto se iba encauzando hacia la remitificación (guasona, pero cool) del protagonista. En Jinetes de la Justicia, en cambio, no se abandona esa indeterminación que puede resultar saludable.

El reciente thriller de acción Nadie, sobre un padre de familia que necesitaba dar salida a sus talentos de antiguo asesino de Estado tras años de excesiva paz matrimonial y laboral, o Joker, que retrataba a un hombre frustrado y transtornado en su particular día de furia, nos hablaron de los estallidos de violencia extrema como manera de vehicular las pasiones y energías de una masculinidad supuestamente humillada. Ambos filmes, cada uno a su manera más fallera o más sórdida, adquirían connotaciones oscuras que pueden conectarse con los discursos de rabia y decepción de los hombres que se siente desplazado del centro de la sociedad. En paralelo, esta apelación a los bajos instintos también ha generado thrillers de venganza recubiertos de fantasía empoderante, como Matar o morir, con Jennifer Gardner encargada de autoadministrar justicia presuntamente feminista.

Jensen y compañía, en cambio, se fijan más en los bloqueos emocionales de los hombres que no saben o no quieren explicarse. En Jinetes de la Justicia, Markus se esconde tras un hiperracionalismo y un pragmatismo con aires de disciplina militar para no tener que hablar sobre su pérdida. Y se sitúa a sí mismo en un escenario extremo que sirve de peligrosa escapatoria a través de la cual sortear del proceso de duelo. Otto y sus amigos, por su parte, encarnan otras maneras de percibir estas fantasías de revancha homicida. Van desde el rechazo frontal a la violencia hasta la fascinación que se desmorona cuando llega el momento de apretar el gatillo, de mirar a personas que sangran y piden clemencia antes de ser ejecutadas.

El camino que proponen los responsables de la obra es interesante, sugerente. Se puede pasar de la sonrisa perpleja sobre las miserias de los personajes más cómicos al abatimiento ante las imágenes de violencia. Todo se cierra de una manera un tanto complaciente: un final feliz que puede ser coherente con un marco narrativo de cuento navideño pero que tiene algo de falso. Puede recordar al extraño happy end con el que Clint Eastwood tuvo que coronar Ejecución inminente. Pero dejando de lado ese final, la obra de Jensen puede asociarse con una cierta tradición cruel, con connotaciones misántropas, ejemplificable en unas cuantas películas de los Coen, Tarantino, Guy Ritchie o Matthew Vaughn. Aunque Jensen nos recuerde que no es necesario desterrar el factor humano de la ecuación del entretenimiento posmoderno y oscuramente cómico.

Jinetes de la Justicia demuestra que la comedia negra puede incorporar dosis oscilantes de una rara ternura. Que un carnaval de rarezas, a ratos sitcom y a ratos película de acción, puede incorporar temas interesantes como el rechazo de la casualidad y el aferramiento a la causalidad en una sociedad ávida de certezas. Y que, rizando el rizo, puede incluir también escenas de una cierta hondura emocional que representan la tristeza de la pérdida o la angustia de un ataque de ansiedad. Y hacerlo sin alivios cómicos ni consuelos estéticos embellecedores, aunque al final los autores se propongan que abandones el cine con una sonrisa quizá demasiado tranquilizadora.

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Publicado el
16 de agosto de 2021 - 23:00 h

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