Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
La crisis de Ceuta anuncia una batalla sin cuartel entre Gobierno y oposición
Los tribunales cierran la puerta a las reclamaciones de Baltasar Garzón
Opinión - Ceuta no puede esperar, por Antón Losada

La juventud sin futuro de los noventa que retrató 'Sangre de barrio': “Pensábamos que estábamos marcados y condenados”

Una viñeta de 'Sangre de barrio' de Jaime Martín.

Clara Nuño

23 de agosto de 2026 20:56 h

0

Apenas había cumplido veinte años cuando Jaime Martín (L’Hospitalet, 1966) empezó a dibujar lo que se convertiría en Sangre de barrio, su primera obra, la cual le consagraría como autor revelación en los premios del Saló del Còmic de Barcelona en 1990. La historia de unos chavales que transitan una adolescencia y primera juventud gris en un barrio donde las oportunidades no están ni se las buscan y el horizonte queda achatado por el paro, la violencia y las drogas. Chavales que viven en un ambiente marginal y de los que, a veces, la sociedad se ha olvidado. Chavales que se parecen mucho a los amigos y al entorno en el que se movía un Martín que comenzaba a dar sus primeros pasos como dibujante profesional. Un relato que, casi cuatro décadas después, sigue siendo un clásico de la historia reciente del cómic y que la editorial Norma ha reeditado y lanzado, de nuevo, a la mesa de novedades.

“No es una historia autobiográfica, aunque sí que está enmarcada en el barrio donde he vivido toda mi vida y en lo que tanto mis amigos, conocidos y yo hemos vivido”, admite Martín, en conversación con elDiario.es, rodeado de cómics en la madrileña librería Generación X. Así, Martín señala que, cuando decidió embarcarse en la creación de una historia que recogiera el testimonio de lo que era la vida en su barrio, sus amigos comenzaron a señalarle historias y anécdotas que fue apuntando en un cuaderno. Y de esas experiencias nació Vicen; un adolescente que acaba de mudarse con su hermana y su madre a L’Hospitalet y que vivirá sus primeros pasos en un mundo adulto, respirando lo bueno de un suburbio en el extrarradio y, sobre todo, lo malo.

“La sensación de rabia adolescente constante, que se ve sobre todo en la primera parte, la recuerdo perfectamente de uno de mis amigos, de Mario”, rememora Martín para añadir que, en aquel entonces, su colega empezó a trabajar en el camión de la basura. “Era un trabajo duro, que en su caso no estaba muy bien pagado, y recuerdo cómo, cuando estábamos por la ciudad y veía una terraza con niños pijos, se enfadaba mucho porque tenía esa rabia de clase acumulada dentro. Esa rabia que te sube al comparar lo fácil que lo pueden tener unos, mientras que otros…”, relata.

Los feos 80

La narración, que se construye sobre una ciudad fea, dura y que, prácticamente, estigmatiza y fagocita a la juventud que la habita, empujándola a vivir en los márgenes. “Todo lo que cuento está basado en la realidad, en las historias que veía en mi entorno”, insiste un Martín que, al asomarse de nuevo a Sangre de barrio, le ha sorprendido el lenguaje utilizado en el cómic. “Si lo escribiese ahora quizá fuese más comedido con algunas expresiones o comentarios peliagudos, pero es que es verdad que hablábamos así, que nos comportábamos así”, comparte el viñetista, también autor de trabajos como Jamás tendré 20 años, Las guerras silenciosas o Siempre tendremos 20 años.

El dibujante Jaime Martín junto a la reedición de 'Sangre de barrio'

Martín también comenta que, ahora que ha surgido cierta romantización de los 80 debido al recuerdo de la explosión musical y cultural que se vivió como resultado de una España que se sacudía el yugo de la dictadura, tampoco hay que olvidar la miseria que aún se respiraba por muchas partes. “Había aspectos muy feos y estaba todo por construir, tanto en el sentido físico como el psicológico”, opina el artista, que señala que “en un mundo en el que estaba todo por hacer”, el cambio de paradigma, la aparente libertad repentina, era algo difícil de gestionar.

“En nuestro caso concreto, llamábamos ‘ciudad sin ley’ a L’Hospitalet. Era sinónimo de delincuencia juvenil, era lo peor, y cuando decías que eras de allí la gente te miraba raro. Pensábamos que no había esperanza para nada, que estábamos marcados y condenados por ser de allí”, insiste Martín quien también define su lugar de origen entonces como pozos de oscuridad. Ciudades dormitorio donde gente de toda España había llegado para hacer crecer Barcelona.

Orgullo de barrio

El barrio, que es el suyo pero podría ser cualquiera con similares características en distintos puntos del país, es, además de escenario, uno de los personajes principales de la historia. Un entorno al que, casi, le falta poco para hablar.

“Cuando estuve pensando en qué historia quería contar, no tenía en mente algo concreto, una narrativa con introducción, nudo y desenlace, pero sí tenía claro que quería plasmar un sentimiento, el de abandono que todos teníamos”, explica. Y, para conseguir trasladar eso al lector, hay que construir un entorno que propicie esas sensaciones. Ahí es donde entra el protagonismo del barrio como entidad propia.

“Es curioso”, continúa, por otro lado, Martín, “cómo, con el paso del tiempo, todas las cosas que nos fueron estigmatizando se han dado la vuelta y se han convertido en nuestra identidad, en nuestro orgullo de barrio”.

A ellos, los adolescentes marginados retratados en Sangre de barrio, les pasó un poco igual. “Llegó un momento en el que descubrimos que se podía salir, que aunque el ascensor social funciona siempre regular, y se queda gente por el camino, vimos que había otra manera de estar en el mundo y que también podía ser nuestra”, continúa.

Ahora, que hace tiempo que soy un hombre adulto, al revisitar este cómic no dejo de pensar en los padres que les decían a sus hijos que aguantasen y estudiasen otra cosa y no se rebotaran, a pesar de lo que pudieran ver en el día a día en la calle, porque siempre hay una salida

Jaime Martín Dibujante

Muchos consiguieron hacerlo, salir de trabajos y vidas “de mierda” tras caminar toda la juventud en la línea que los separaba del abismo. Del abismo de verdad. Otros, como siempre ocurre, se quedaron por el camino.

“Ahora, que hace tiempo que soy un hombre adulto, al revisitar este cómic no dejo de pensar en los padres que les decían a sus hijos que aguantasen y estudiasen otra cosa y no se rebotaran, a pesar de lo que pudieran ver en el día a día en la calle, porque siempre hay una salida”, continúa el dibujante que, sin embargo, ve un paralelismo entre el pesimismo de su juventud y la juventud del hoy.

“Soy profesor y trato con gente que tiene unos 22 años de media”, explica, “cuando les escucho hablar da la impresión de que tienen la sensación de que todo está estancado, de que todo va a ir a peor, de que con el tema de la vivienda no hay futuro, que van a tener que compartir piso siempre”, continúa para señalar que esa rabia, esa desesperanza que ellos sintieron en sus barriadas a finales de los 80, hoy se encuentra en todas partes (y de otra manera) en unos jóvenes cuyos sueldos no dan y los alquileres no alcanzan.

“Hay muchos paralelismos con el presente, como el auge del uso de navajas y armas blancas en Europa en general, eso lo vivimos entonces. Igual que la precariedad constante o el tener que vivir, sí o sí, cerca de tus padres”, cuenta Martín. Los malos tiempos, al final, a veces vuelven.

Etiquetas
stats