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Arelis Uribe, la escritora que viste su corazón de rojo y negro para narrar la sangre y el sudor de Chile

La escritora chilena Arelis Uribe.

Carmen López

9 de mayo de 2026 22:07 h

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Arelis Uribe ha encontrado en la ficción la libertad que no sentía cuando ejercía el periodismo. Licenciada en la materia, firmó muchos artículos y columnas de opinión, pero quiso saber qué había donde acaba la verdad. De ahí salieron historias cortas tituladas Casa de muñecas o Nos quedamos a solas. La autora triunfó con esos cuentos, agrupados bajo el título Quiltras (Tránsito, 2019). Y, a partir de ahí, se dedicó a lidiar con otros asuntos de la vida: “Me fui a dar vueltas por el mundo, tuve duelos, cambié de trabajo, pasaron cantidad de cosas”, explica a elDiario.es en una tarde soleada en Barcelona.

En aquel título no estaba todo el material que la autora había pergeñado, sino que hubo una parte que guardó y olvidó. “En 2024, me pregunté dónde estarían esos cuentos viejos que yo tenía. Fui a buscarlos, me gustaron y empecé a trabajar todo ese material que tenía inédito para una nueva colección”, sostiene. Así se conformó Telepunga, la antología que ahora llega a las librerías de la mano del sello Yegua de Troya (Random House), durante la etapa que actualmente edita Gabriela Wiener.

La escritora chilena se reencontró con la persona que era hace más de una década, cuando los redactó. Además de reconocer las obsesiones que tenía en aquellos momentos, también se llevó sorpresas porque había cuentos o detalles que no recordaba. “Había olvidado, por ejemplo, El muertito, que es un concepto que aparece en el cuento Telepunga. Esa sensación fue exquisita, porque me leí con extrañamiento, como si yo no lo hubiera escrito”, declara. Descubrió que el paso del tiempo le había aportado la capacidad de editar los textos como si los hubiese escrito otra persona.

Ese relato, que es su preferido, trata sobre la vida precaria de unos trabajadores en una cadena de pizzerías. “Me encanta porque tiene una voz chilena a la que ya creo que no podría volver, me fascina esa jerga de principio de los 2000”. Por ejemplo, este relato tenía un principio y un final, pero estaba hueco en el medio, así que tuvo que inventarse personajes y una trama para hilar las tres partes.

Sueldos de hambre

“La palabra punga”, explica su autora sobre el título del libro, “es de la jerga chilena o latinoamericana para nombrar a los pillos ladronzuelos, lo precario, las clases bajas, trabajadoras. Puede significar todo eso a la vez o algo singular. En Argentina se usa mucho para ladrón”. Los protagonistas roban comida porque en la empresa “les pagan sueldos de hambre”. “Creo que hay algo de punga en todos los cuentos”, reconoce, porque la perspectiva de clase siempre está presente.

Esa crítica social es intencionada, aunque no sea “declarativa”, indica. “A mí me interesa hablar de temas que están atravesados por las violencias simbólicas y materiales de la sociedad en la que vivimos sin utilizar etiquetas explícitas de filosofía política o hacer manifiestos”, explica. Por ejemplo, en uno de sus cuentos, La posta, se muestra las dos caras de la moneda de Chile: la de la población privilegiada y la precarizada al extremo. En sus líneas no hay consignas políticas, sino que la propia historia deja ver qué es lo que ocurre en el país. Las situaciones de violencias explícitas que se dan en La escopeta o Cuarto medio están relatadas, aunque palabras como ‘violación’ no aparecen.

Eso es lo que sucede en el último cuento mencionado que, curiosamente, no es suyo sino de su padre. Entre el material que recuperó del pasado estaba este texto, que a ella le fascinaba, así que lo editó y se lo reenvió a él con comentarios. Él hacía lo mismo con los escritos de su hija. “Teníamos una relación de ida y vuelta literaria con mi viejo. Estaba muy bien escrito, yo nunca había leído algo así y [lo que se relata] no estaba en mi registro ni de anécdotas que me han contado, ni de las posibilidades que yo tengo como testigo de presenciar una situación tan violenta”, asegura. Su padre creció en los mismos barrios del extrarradio donde lo hizo ella, así que sintió que dialogaba con lo que ella quiere transmitir con su trabajo.

Qué piensa el abusador

Al igual que la denuncia sobre la desigualdad entre clases sociales, la perspectiva de género inunda las páginas: abusos sexuales, maltrato o pederastia están presentes en sus historias. Sin embargo, los que cometen el crimen no se presentan como supervillanos sin más. “A mí me gusta trabajar con la idea del antagonista y un protagonista más que con la del bueno y el malo, porque yo creo que hay matices y esos matices son aterradores”, dice. “Sabemos que hay múltiples denuncias de mujeres violentadas o abusadas sexualmente o de varones también que denuncian violación y abuso, pero no tenemos acceso a los testimonios de los perpetradores. Yo creo que muchas veces ellos no se reconocen como abusadores”, añade.

Menciona a Virginie Despentes para reforzar su razonamiento: “En Teoría King Kong dice precisamente eso, que nosotras tenemos que llamarlo violación, pero ellos no, ellos hacen otra cosa como decir que estaba pasado. No hay un reconocimiento de parte del perpetrador del abuso y es algo que quería poner sobre la mesa”. Uribe señala uno de sus cuentos, en los que el protagonista va invitado a una comida de la familia de su pareja y resulta ser un pedófilo. “Me interesaba mostrar que puede ser tu novio, la persona que te vende los tomates, tu primo, tu prima, esas presencias están entre nosotros”, reflexiona y añade: “No son monstruos, son sanos hijos del patriarcado que en su discurso utilizan un lenguaje que edulcora las aberraciones que cometen”.

Pese a que Arelis Uribe no hace manifiestos en sus libros, tiene opciones políticas muy marcadas y críticas. Reconoce que tener por primera vez después de Pinochet un presidente de extrema derecha escogido por el pueblo como José Antonio Kast “da miedo y en lo simbólico es diferente tenerlo a él que a otros y escuchar su discurso”, pero el país tiene un problema que no desaparecerá si no cambia el modelo económico.

Corazón rojinegro

“Después de la dictadura de Pinochet hubo gobiernos de centro, izquierda o socialdemócratas y me he dado cuenta de que todo es parecido”, revela. Aunque Piñera con su derecha liberal y Boric con sus ideas progresistas hicieron cosas distintas y tienen morales diferentes, Uribe ve grandes similitudes. “Más que generar grandes reformas, administran el orden, administran el poder, administran el capital del Estado y se enriquecen a costa de eso”, desgrana. “Estudiaron en las mismas escuelas, son todos muy blancos, descendientes de europeos, son amigos entre ellos”, añade.

Ella reconoce que tiene “un corazón bastante rojo y negro” pero que tampoco cree “en la guillotina”. Su propuesta para mejorar las cosas pasa por “estar en contra, en reclamar, en ser la aguafiestas de mis amigos que están conformes y yo decir que no, que no me convencen”. Sobre todo ahora, en el momento de Kast, que organiza comidas de lujo en el Palacio de La Moneda mientras la población se queda sin dinero. “La mitad de la gente en Chile gana menos de 500 euros mensuales. Hay una gran pobreza”, explica.

Ella puede militar, a su manera, a través de la literatura. No va a volver al periodismo porque, esencialmente, le encanta “mentir”. “Ser reportero es difícil. La gente se enoja contigo, porque no le gusta lo que escribes, porque les cambias la voz cuando los transcribes, por ejemplo”. Sin embargo, “en la ficción da lo mismo, son tus personajes. Si alguien se reconoce en ellos, bueno, es su delirio. Y eso me encanta porque puedo mentir tranquila y cambiar nombres”. Ahora mismo tiene nuevos proyectos en marcha, dos novelas y nuevos cuentos. “Será lo que el universo disponga, pero tengo ganas, por supuesto, de seguir publicando”, concluye.

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