Claves para aprender de la obra de Ursula K. Le Guin, mucho más que una maestra de la ciencia ficción

La escritora Ursula K. Le Guin.

Francesc Miró


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Estos días se han cumplido dos años del fallecimiento Ursula K. Le Guin, una de las voces más destacadas de la literatura de género mundial. O mejor dicho, de la literatura contemporánea, para así vencer calificaciones que históricamente han hecho de menos a la literatura fantástica, el terror o la ciencia ficción.

Nació en 1929 en Berkeley, California, y fue la pequeña de los cuatro hijos de dos antropólogos. Se graduó del Radcliffe College en 1951, con maestría en Literatura de la Edad Media y el Renacimiento en la Universidad de Columbia poco después. Aquello la hizo valedora de una beca Fullbright para estudiar en París. Pero pasaron veinte años hasta que se diese a conocer: durante dos décadas, establecida en Portland, se dedicó a la crianza y la docencia. Tenía cinco novelas en un cajón, ninguna publicada.

Hoy es reconocida como una de las autoras más prolíficas y leídas de las últimas décadas. Autora de veintiuna novelas, once volúmenes de cuentos y cuatro colecciones de ensayos. También ganadora de todos y cada uno de los más prestigiosos premios literarios de género: cuenta con el Hugo, el Nebula, el Locus y el National Book Award.

Le Guin solía mostrarse reticente a conceder entrevistas pero poco antes de fallecer, en enero de 2018, el periodista David Naimon consiguió convencerla para realizar no uno, sino tres encuentros. Sin prisas y sin intención de promoción, solo sentarse para conversar largo y tendido sobre todo lo que implica el acto de escribir.

Ahora, la editorial Alpha Decay publica Conversaciones sobre la escritura, traducido por Núria Molines. Un libro de no ficción que recoge las charlas que mantuvieron, trufadas de reflexiones sobre el status quo de la literatura moderna, y sobre el feminismo, la política, la ecología y el compromiso como herramientas literarias.

Narrar con compromiso, pero sin conflicto

“Los niños saben perfectamente que los unicornios no son reales”, afirmaba Ursula K. Le Guin, “pero también saben que los libros sobre unicornios, si son buenos, son reales”.

Para conseguir ese nivel conexión con el lector y convertir en veraz e íntimo el pacto de la credibilidad, Le Guin alentaba al compromiso con lo escrito, pero también con los valores que este transmite de forma inevitable. Para ello, utilizaba el lenguaje como herramienta política: en Los desposeídos, que narra una utopía anarquista, el lenguaje se adaptaba a un mundo sin posesivos y sin propiedad. Y en La mano izquierda de la oscuridad reflexionaba sobre lo limitante del uso del masculino genérico para referirnos a personajes de género fluido.

Según ella escribir es manejar una gramática con limitaciones: “es una encrucijada entre el matonismo de la corrección y el uso moral del lenguaje”, porque, “si lo masculino incluye lo femenino y lo femenino no incluye lo masculino, el mensaje es claro y tiene implicaciones sociales y morales de gran envergadura”.

Del mismo modo, Le Guin también reflexionaba sobre cómo subvertir algunos de los mantras más repetidos de la escritura actual. Especialmente el que reza que toda historia necesita de conflicto, en parte por enganchar al lector, en parte por hacer avanzar la trama. Según la autora, esto es una concepción mercantilista de la literatura dominada —cómo no— por hombres.

“Si decimos que una historia se tiene que basar en el conflicto, limitamos enormemente nuestra visión del mundo”, decía la autora de Historias de Terramar. “Ver la vida como una batalla es tener una visión del mundo muy limitada, social-darwinista y muy masculina”.

La poesía como ejercicio de imaginación

“Como novelista no me da vergüenza hablar de narrativa o sentarme a escribir, pero me entra la timidez y me siento una aficionada cuando hablo como poeta”, confiesa la escritora en el libro de conversaciones publicado por Alpha Decay.

Partiendo de una humildad omnipresente en su figura, delante y detrás de los focos, Le Guin no hizo nunca demasiado por promover su obra poética, a la que dedicó, sin embargo, años de trabajo y esfuerzo mental. Para ella, la poesía es un feliz encuentro entre la palabra y el ritmo, entre la métrica y la capacidad de persuasión y seducción.

“El significado más profundo se encuentra en la confluencia de la poesía con la música, ese sentido no lo puedes expresar con palabras de manera racionalmente comprensible”, reflexiona. “Cuando hablamos del sonido en el ritmo de la prosa es radicalmente diferente al de la poesía, porque, en cierto sentido es más basto”.

Buscando la confluencia entre tempo y palabra, Le Guin animaba a escribir poesía para alimentar la imaginación y el manejo del lenguaje como herramienta esencial del escritor y la escritora. Pero siguiendo determinadas reglas para, con ellas, estrujarse el cerebro. Si la rima de una villanesca funciona mediante la estructura 'abR abR abR ccR', hay que probar a escribir así. Si el haiku son tres versos sin rima —de cinco, siente y cinco sílabas—, hay que respetar estos límites para alimentar la imaginación.

“Las normas hay que tomárselas en serio y, al seguirlas, verás que la necesiad de tener que cumplir con ciertos requisitos te da algo que hacer”, escribía. Para ella es algo semejante a lo que se siente al tocar un instrumento musical, “por mucho que hables, al final lo que hay que hacer es tocar. Luego alguien lo escuchará y lo captará, o no, pero eso ya es otro asunto”.

El ensayo: posicionarse desde la empatía

“Hablar de mi obra ensayística me aterroriza en otro sentido”, reflexionaba la autora de Los desposeídos. “Temo que el entrevistador se ponga a debatir la influencia en mi obra de Schopenhauer, Wittgenstein o Theodor Adorno, filósofos a quienes nunca he leído. [...] Que yo sea consciente de la inmensidad de mi ignorancia no implica que me guste hacer gala de ello”.

A pesar de sus afirmaciones, la figura de Le Guin en el espacio de debate político y de pensamiento estuvo más presente que nunca durante sus últimos años de vida. Se dio de baja del Gremio de Autores para protestar por el acuerdo con Google para digitalizar libros sin respetar el copyright. Su discurso para la National Book Foundation, en el que cargó contra la mercanitlización del sector y el doblegarse de editores y publicistas a los designios de Amazon, se cuenta entre los más sonados que se han pronunciado en la historia del gremio.

Para Le Guin, la politización es tan necesaria en la ficción como en la no ficción porque “los seres humanos nos hemos creado un mundo reducido a nosotros mismo y a nuestros artefactos, pero no estamos hechos para él”.

El ensayo, para ella, “es decir lo que piensas de manera explícita”. Según la autora de La mano izquierda de la oscuridad, “no puedes dar rodeos e insinuar algo. Eso, a veces, me lleva a... desfogarme. A ser demasiado explícita y ponerme muy a la defensiva”.

En el equilibrio entre abordar con sensibilidad un tema, o hacerlo convirtiendo el texto en una diabtriba, está el placer de escribir no ficción. Pues “cuando vienen mal dadas es momento de dejar nuestro testimonio”.

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