Qué fue y qué pasó realmente en Danceteria, el club que ahora reivindican Madonna y Marc Almond
Madonna le dedicó una canción de su último disco y, ahora, Soft Cell han bautizado su último álbum con su nombre: Danceteria, el club donde el cabaret, la música de baile, la no wave, el indie y el arte crearon un cruce de culturas explosivo en el Nueva York de principios de los ochenta.
Gracias al enorme éxito del single Tainted Love, el dúo británico Soft Cell pudo terminar de registrar en Nueva York su primer álbum, Non Stop Erotic Cabaret (1981). Una vez allí, el productor Mike Thorne les proporcionó a Marc Almond y Dave Ball la tecnología necesaria para engrandecer su sonido y las noches de la ciudad hicieron el resto. Desde que el Mudd Club abriera sus puertas el Halloween de 1978, los clubes locales vivían una época revolucionaria.
En el CBGB se podían ver actuaciones de artistas que harían historia, pero en el Mudd Club, el Club 57 o el Pyramid Club, además de conciertos de nombres nuevos y veteranos a reivindicar, también se celebraban las fiestas más extravagantes, se proyectaban películas underground, se celebraban performances y desfiles de moda de diseñadoras que nadie conocía aún. Jim Fouratt y Rudolf Piper también aplicaron esta filosofía a un local bautizado como Danceteria, el cual tuvo dos vidas, y la primera solamente abarcó los últimos seis meses de 1980 porque carecía de licencia para servir bebidas alcohólicas y la policía terminó cerrando el negocio.
Un año después, en febrero de 1982, dos bandas primerizas —una de ellas era R.E.M.— actuaban en la inauguración de la nueva sede de Danceteria. Ocupaba un edificio de cuatro plantas en la calle 21 y la gran novedad respecto a sus predecesores era su sala de baile, situada en el segundo piso. En ella tenían lugar sesiones sin prejuicios donde se mezclaba el funk y la disco music, el naciente hip hop, los ritmos jamaicanos, el pop independiente del momento, y la electrónica de jóvenes blancos libres de los tabús segregacionistas propios de los viejos rockeros.
Danceteria acogió a artistas de todas las disciplinas, pero ninguna de ellas ha llegado tan lejos ni se ha mantenido en lo más alto durante tanto tiempo como Madonna. Gracias a una canción que lanzó hace unos meses, Danceteria, —y que acaba de actualizar con una colaboración con Charli XCX—en la que rendía homenaje a aquellos primeros años, el mundo descubrió un lugar legendario de verdad.
La relación entre la cantante y el local fue la típica cuestión de llegar al lugar preciso en el momento idóneo. Había actuado en el Max’s Kansas City y el Mudd Club sin pena ni gloria, pero su paso por Danceteria estuvo bendecido por los astros. En la letra de su canción, Madonna nombraba personajes del local con los que mantuvo una estrecha relación y que fueron difundidos por las redes sociales con tanta insistencia como si formaran parte del temario de algún examen crucial.
Entre ellos figuraba el del diseñador y bailarín Martin Burgoyne. Él la sacó de la cola que se formaba en torno al local y la metió directamente en el club. También fue fundamental para su despegue artístico, lo mismo que uno de los DJ estrella del club. Madonna ha contado que uno de los motivos por los que iba a Danceteria era para ligar con Mark Kamins. Además de consumar el inevitable affair, él empezó a pinchar su maqueta y terminaría produciendo Everybody, su primer single, publicado en octubre de 1982.
Danceteria abría a última hora de la tarde y cerraba a primera de la mañana. Era un refugio perfecto para gais, lesbianas, transexuales y cualquier otra persona queer. Un destino nocturno idóneo para Soft Cell, que lo frecuentaron durante sus estancias neoyorquinas. Allí descubrieron ritmos y sonidos que sacaron su música de los esquemas de la escuela de arte para acercarla al baile. La noche que Cindy Ecstasy llevó a Almond a Danceteria por primera vez, lo introdujo también en una nueva sustancia recreativa llamada MDMA, de ahí su mote y sus posteriores colaboraciones con el dúo.
En aquel momento se había acuñado la etiqueta mutant disco, que acogía cualquier tipo de forma musical, ortodoxa o no, siempre que tuviera una base rítmica que incitara al baile. Una tendencia que acuñó y definió el sello ZE, que lo mismo fichaba a Lydia Lunch y Suicide que a Kid Creole & The Coconuts y Was (Not Was), patronos de la mezcla total de estilos. Suya es la canción Out Come The Freaks, incluida en Danceteria, el nuevo álbum de Soft Cell (terminó de grabarse antes de la muerte de Dave Ball), que también es un regreso a aquellos primeros años de vertiginosos descubrimientos. Su versión tiene como vocalista invitada a Nona Hendryx, excomponente de Labelle. Hendryx inició una carrera en solitario a principios de los ochenta y sus maxi-singles formaron parte de las sesiones del club neoyorquino.
Anita Sarko fue otro de los personajes fundamentales en Danceteria. Almond la menciona en la canción homónima de Soft Cell: “Le dije a Anita: Ponme lo que quiero escuchar / Ella dijo: Cariño, no soy una DJ, soy una especialista en crear atmósferas”. Natural de Detroit, Sarko fue locutora de radio hasta que la despidieron por negarse a poner a Barry Manilow. Consciente de que era demasiado mayor para radiar la nueva música que le gustaba, se marchó a Nueva York a probar suerte y, gracias a su amigo Fred Schneider (vocalista de B-52's), entró en el Mudd Club. “Me di cuenta de que era mejor que el DJ que tenían contratado y decidí demostrarlo —contaba en el libro New York Noise—. Has de ser así de arrogante e ignorante para hacer realidad tus sueños, ¿verdad?”.
Su eclecticismo cuando se plantaba ante los platos (en una misma noche mezclaba a Bo Diddley, Bush Tetras, Parliament, Esquivel, Blondie, Aretha Franklin, The Cramps y Marianne Faithfull) la hizo célebre, así que cuando el Mudd Club cerró, la ficharon para Danceteria. Allí, además de poner música, organizaba las fiestas temáticas No Comprendes, uno de los grandes reclamos del establecimiento. Para estos menesteres trabajaba junto a Haoui Montaug, uno de los porteros del local, al cual el periodista Michael Musto describía en un reciente artículo de Vanity Fair como “un intelectual, nada que ver con la típica mole a tope de esteroides” a los que se asignan estos trabajos. A Monatug se le atribuyen hitos como la ausencia de racismo a la hora de permitir la entrada de público al local y que en varias ocasiones le negara el acceso a Donald Trump.
Que dos personajes tan distintos como Madonna y Marc Almond se sintieran como en casa en el mismo establecimiento explica muy bien lo que era Danceteria. Un punto geográfico de Nueva York donde la diversidad y el gusto por la aventura iban de la mano, y que sería todo un referente para locales como The Haçienda, según reconoce el propio Peter Hook (Joy Division /New Order), uno de sus fundadores.
Allá van algunos ejemplos. El DJ Bill Bahlman era cofundador del 99 Records, la independiente a través de la que él y su hermano Ed publicaban a Liquid Liquid, ESG y Glenn Branca. Fuera de la cabina, Kamins alternaba remezclas de baile para bandas como Bow Wow Wow con producciones para artistas de vanguardia como Elliott Sharp. La performer y poeta Karen Finley actuaba con frecuencia en No Comprendes, donde también dieron conciertos 3 Teens Kill 4, el grupo no wave del cineasta y activista David Wojnarowicz. Y fue precisamente Danceteria el club al que Lydia Lunch le vendió un acontecimiento irrepetible. Durante dos noches de 1983, coincidiendo con Halloween y bajo el nombre de Immaculate Consumptive, cobró forma una colaboración única: Nick Cave, que comenzaba su carrera en solitario, Marc Almond, el músico industrial Clint Ruin (conocido como Foetus, que inspiraría tanto a Depeche Mode como a Ministry y Trent Reznor) y la propia Lunch. Para la ocasión, Cave estrenó su versión de In The Ghetto, Lunch y Ruin versionaron a Alice Cooper y Almond dio rienda suelta a su faceta como baladista gótico. Un acontecimiento tan glorioso como caótico.
“En la era del conservadurismo de Thatcher en Inglaterra y Reagan en Estados Unidos —reflexionaba Marc Almond en Vanity Fair—, Danceteria fue una isla, un lugar en el que podías expresarte fueras quien fueras, fuera lo que fuese aquello que quisieras hacer”. Haría falta un libro entero para poder contar bien esta historia, así que ojalá llegué a buen puerto el proyecto que prepara Rudolf Piper, el avispado empresario que hizo posible aquella locura y que muy acertadamente definió su invención como “el supermercado del estilo”.
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