La paradoja de la fortaleza de Gormaz: salvada por el abandono, amenazada por la despoblación
“En una parte de la estructura se ha abierto una pequeña sima en el terreno de base caliza, con un peligro importante de derrumbamiento”. Hace algunas semanas, el arquitecto Miguel Ibáñez acudió a la fortaleza islámica de Gormaz (Soria, siglo X) en una visita personal y apreció, con cierta inquietud, que algunos de los muros del edificio se encontraban “en voladizo”. Es decir, que una parte de su base había perdido apoyo y la estructura quedaba suspendida en el vacío. “Hay una grieta que entra en profundidad hasta la base de uno de los muros, que podría acabar cediendo”, afirma, con cautela.
Sus impresiones remiten a los colapsos que se suceden en cientos de castillos por todo el país. Los más recientes, los ocurridos en las fortalezas de Almonacid y Escalona, ambas en Castilla-La Mancha, han reabierto el debate sobre su conservación. En el caso de Gormaz, el análisis apunta a uno de los principales enemigos para la estabilidad del monumento: la geología. Las murallas del gigante soriano —que suman un kilómetro de extensión— se asientan sobre roca caliza, un material que se disuelve lentamente en contacto con el agua, provocando fisuras en el subsuelo. “Los derrumbes pueden producirse ahora o dentro de cien años”, diagnostica el arquitecto, advirtiendo de lo imprevisible de futuros desplomes.
La fortaleza medieval, una de las mayores de Europa, ha sido sometida a vigilancia y diferentes intervenciones en las últimas décadas. Pero ¿cuál es el actual estado de salud de Gormaz? ¿Cómo se gestiona hoy un edificio de estas dimensiones y características? Una parte importante de las respuestas las tiene el arquitecto Fernando Cobos, cuyo equipo ha elaborado el documento que guiará las futuras actuaciones en el bien. “Un plan director es un conjunto de estudios y análisis que se hacen antes de intervenir y permite tomar las decisiones correctas en lugar de improvisar”, explica.
El estudio refleja, por ejemplo, lo que para Cobos son las dos grandes amenazas que se ciernen sobre el monumento, ambas consecuencia de una misma realidad: la despoblación. “Todos los habitantes de Gormaz caben en el castillo y sobra sitio”, corrobora el arquitecto. El fenómeno en esta zona de Soria —una de las provincias con menor índice demográfico del continente— no solo limita las inversiones en el monumento, sino que hace vulnerable toda la comarca. “Las grandes infraestructuras energéticas aprovechan lugares donde no queda nadie”, advierte el arquitecto.
Lo que pone sobre la mesa Fernando Cobos no es nuevo. En 2021, se planteó la polémica instalación de una macrogranja porcina en el entorno, pero la oposición social logró frenar un proyecto que afectaba visualmente al territorio que domina la fortaleza, bien de interés cultural desde 1931. El arquitecto Ignacio Gil Crespo —que redactó algunas de las alegaciones a aquel proyecto en nombre de la Asociación Española de Amigos de los Castillos— explica por qué edificio y paisaje son uno en Gormaz. “Cuando subes al castillo, sientes que eres el dueño del mundo porque estás viendo todo el paisaje, desde el Moncayo hasta Somosierra”, describe, y añade: “La fortaleza es el epicentro de un territorio en el valle del Duero de 60 o 70 kilómetros a la redonda”. Aquella macrogranja se abortó a tiempo, pero los defensores del patrimonio no han bajado la guardia desde entonces.
“El futuro depende de la presión de los lobbies, de si la Junta de Castilla y León permite, por ejemplo, que se instale un parque eólico en la zona”, sostiene Gil Crespo. Porque “ya no hablamos de molinitos de 50 metros de altura, sino de aerogeneradores de 200 metros que se ven desde cualquier lugar”, precisa. Una denuncia que también vale para los huertos solares, cuya explosión en los últimos años los ha llevado a sumar decenas de miles de hectáreas en todo el país.
Las dos caras de la despoblación
Por otro lado, la despoblación podría haber sido, sin embargo, una especie de escudo protector durante siglos. “En Soria no hay gente y la economía no ha cambiado en mil años”, afirma Ignacio Gil Crespo. Si hubiera habido más recursos, Gormaz “se habría restaurado en los años sesenta y ahora tendríamos problemas de humedad que nos obligarían a quitar el hormigón y el cemento que se utilizaban en aquella época”, expone Crespo, miembro de la comisión del Plan Nacional de Arquitectura Defensiva.
Su colega Fernando Cobos está de acuerdo con esta idea. “Lo que se ha conservado de la fortaleza, el sistema de torres y atalayas de toda la zona, ha sido fundamentalmente gracias a la despoblación”, destaca el arquitecto. Cobos también se refiere a una desafortunada práctica que existió en la España de principios del siglo XX, y que en Gormaz se vio anulada por el declive demográfico: “Nadie vino a robar las piedras”. Lo que ocurre es que ambos expertos hablan del pasado, y lo que fue un beneficio entonces puede ser una losa en el futuro. “Gormaz es un pueblo muy pequeño que no tiene ningún tipo de recursos ni capacidad de gestión”, advierte Fernando Cobos.
Gormaz es un pueblo muy pequeño que no tiene ningún tipo de recursos ni capacidad de gestión
En efecto, el actual propietario del castillo es el ayuntamiento de un municipio de 40 habitantes. Cuando habla de Gormaz, Ignacio Gil Crespo ofrece ejemplos para mostrar la magnitud de la fortaleza y la dificultad de su gestión. Según sus cálculos, si tumbáramos el Empire State de Nueva York cabría en el interior. Décadas atrás, el edificio fue propiedad del Estado. Después, de la Junta de Castilla y León. Ahora la responsabilidad de mil años de historia está en el cajón de un ayuntamiento minúsculo. La consecuencia es que Gormaz rara vez puede concurrir a subvenciones para proyectos culturales o de restauración.
“No podemos dejar solo el castillo”, sostiene Fernando Cobos taxativo. “El plan director plantea la creación de un consorcio, un patronato o algo por el estilo que permita a otras instituciones con más recursos puedan colaborar en su recuperación”, propone el arquitecto. Cobos asegura que son muchas las personas implicadas en el futuro de Gormaz —“hicimos el plan director casi gratis”, puntualiza—, pero censura la falta de implicación de la Administración pública. “Gormaz se enfrenta a la sordera de las instituciones; todas dicen que hay que salvarlo, pero son incapaces de articular mecanismos”, lamenta.
Pero ¿qué se puede hacer realmente en la fortificación soriana? “Gormaz está sin excavar, sin desescombrar”, evidencia Fernando Cobos. El arquitecto pone como modelo los trabajos que su equipo realiza en Osma, la gran fortaleza cristiana que rivalizó con Gormaz en la Edad Media, y la cantidad de vestigios y de información que se están recuperando en este otro enclave soriano. “Cuando excavas un poco, empiezan a aparecer murallas y estructuras”, relata el arquitecto, cuyo estudio ha trabajado ya en una treintena de edificios defensivos redactando sus planes de conservación.
“Solo desde un punto de vista objetivo, Gormaz ya debería ser una prioridad absoluta”, defiende. Pero el interés de los expertos va más allá del recinto amurallado. “Es un paisaje fosilizado desde el siglo X”, advierte Cobos. “No solo se trata de proteger un kilómetro de murallas, sino todo el paisaje que se construye alrededor, una constelación de atalayas que solo tiene sentido porque ahí está Gormaz”, corrobora su colega Ignacio Gil Crespo. “El futuro de Gormaz es ser monumento de sí mismo”, concluye.
Movimientos geológicos
Sobre la base geológica de la fortaleza y los problemas detectados por el arquitecto Miguel Ibáñez, Fernando Cobos sostiene que esta patología es común en todo el valle del Duero. “Los páramos están compuestos por una losa de caliza que se apoya sobre margas arcillosas que se hinchan de agua y se secan, haciendo que se partan los sustratos calizos”, detalla. En el caso de Gormaz, sin embargo, el equipo de profesionales ha detectado una singularidad “interesantísima”.
“Tenía unos sistemas de atirantados de madera para compensar el vuelco y prevenir los derrumbes”, revela Fernando Cobos, y añade: “Otra cosa es que el edificio se vaya arruinando poco a poco”. El autor del plan director descarta colapsos inminentes: “Creo que lo que se tenía que caer, ya se ha caído”. Aun así, insiste en vigilar y proteger la fortaleza y su entorno en el futuro: “Es necesario recuperar el edificio y el territorio; todo lo que perdamos, será para siempre”, advierte.
El análisis encaja como un guante en la visión panorámica que propone Miguel Ibáñez, comparando la Edad Media con el tiempo en el que mejor se construía. “En general, los castillos están muy mal construidos, era una época de gran escasez y la cal que se utilizaba no tenía nada que ver con la de Roma”, introduce. El objetivo era la defensa inmediata, había pocos recursos y los ejércitos de entonces “eran muy reducidos, no tenían nada que ver con las legiones romanas”.
Pero hay excepciones, como Gormaz, donde “se utilizan los materiales que más se parecen a los romanos”. Las construcciones medievales distaban de la planificación de hace dos mil años, cuando “había carreteras, disponían de carros de cuatro ejes y podían trasladar toneladas”, informa Ibáñez. La época califal (siglo X y principios del XI) presentaba una realidad distinta. En Soria, “edifican sobre un terreno que tiene simas y probablemente sufra desprendimientos, pero no pasa nada porque cumple la función para el tiempo que se necesita”, razona el arquitecto.
De ahí que, cuando Miguel Ibáñez recorre hoy la fortaleza y sus murallas, observa el monumento razonablemente conservado, pese a los futuros peligros. Por eso, no lo duda: “Gormaz es un milagro”.
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