El teatro de serie B de Cris Blanco se enfrenta a la mentira contemporánea
Una vidente famosa, Madame Jasmine, una especie de Aramís Fuster catódica, le cuenta en 2006 a Cris Blanco como será el futuro. Imposible creerse que habrá una presidenta “más bicho” en la Comunidad de Madrid, ni que un millonario “pederasta y violador” regirá los Estados Unidos, ni que asistiremos en directo a la muerte de decenas de miles de personas y nadie hará nada mientras otros lo negarán, ni que Ana Obregón tendrá una hija-nieta. La última obra de Cris Blanco, Casi ninguna verdad, con un humor desbordante y una factura cutre a conciencia, se pregunta qué ha pasado y qué nos ha pasado en estos últimos veinte años para que la mentira se haya expandido como la cochinilla blanca en nuestras sociedades y nuestros cerebros.
Pero Madame Jasmine no existe. O sí. Se dice que fue madame de un puticlub de la Carrer Robadors, que se volvió loca al perder un hijo y que camina por las calles del Chino barcelonés con una muñeca sin cabeza recubierta de un cuero blanco que algunos dicen es la piel de su hijo muerto. Madame Jasmine también es un antro del mismo barrio, rebautizado como el Genderfuck Bar, donde se estila el feísmo, la monstruosidad y el mamarracheo. Un detalle, esta traslación nominativa de Fuster a Jasmine, que da bastantes pistas sobre el acercamiento de esta creadora que acaba de estrenar su última obra en el Centro Dramático Nacional.
Cris Blanco es la jefa de la serie B escénica, de cómo indagar sobre la convención teatral hasta romperla para que nazca algo nuevo. Lo lleva haciendo desde 2004. Ya hace dos años lo bordó en este mismo teatro con Pequeño cumulo de abismos. Casi ninguna verdad es su continuación para la que se ha hecho acompañar de un nutrido equipo de la vanguardia de ayer y hoy del teatro hispano. A su lado, Óscar Bueno, que ya lo acompañó en Grandísima Ilusione, y un buen nutrido equipo de la “danza última” como Nuria Crespo, Gloria March, Julia Romero o Alberto José Lucena. Pero aquí no bailan y tienen que bucear en el teatro representativo más chabacano, tienen que hablar, sorprenderse y actuar como en una de Arniches. Aquí nadie hace lo que sabe, parece decir Blanco.
En escena también estará uno de los jefes de la danza peformativa y minimal de este país, Norberto Llopis, que hará de un actor que no puede mentir y lo hará con delirante estoicismo. Y una de las más grandes payasas y agitadoras de este país: Espe López (responsable junto a Oskar Gómez Mata de una de las compañías más esenciales de Euskal Herria, Legaleón-T). Cuando ves a Espe López al comienzo de la obra en una falsa conferencia junto a Cris Blanco te das cuenta de que estás viendo a dos de las más grandes clowns de este país, que en cierto modo son madre e hija. Es difícil encontrar dos actrices con igual capacidad de meterse al público en escena.
Y toda esa troupe, con Anto Rodríguez en la dramaturgia y un acertado Pablo Chaves a la escenografía, se unirá para sacar a flote una obra donde se aúnan todas las constantes del teatro de esta creadora. Porque en esta obra está el amor al cine de serie B de El agitador vórtex (2014), la fascinación por el terreno científico de ciencia_ficción (2010), el enamoramiento por la música y el autotune de Pelucas en la niebla (2018), y el último vicio de Cris Blanco por meterle mano a la llamada auto ficción escénica que ya estuvo presente en su último trabajo.
Veremos monstruos imposibles raptando a la conferenciante al son de banda sonora de una película de terror, un final de musical que es lo más cerca que ha estado el teatro de una película como The Lure, y siete mil giros imposibles para que de lo cotidiano surja el delirio y la fantasía capaz de denunciar que donde realmente radica el absurdo es en la sacrosanta realidad. La obra está llena de momentos “Cris Blanco”, de hallazgos y delirios, no es baladí que el director del CDN, Alfredo Sanzol, ducho en el género de la comedia, se haya fijado en esta creadora. Su capacidad para desmontar lo “teatral” y ver el reverso cómico es de otro planeta.
Pero detrás de tanta formalidad, de subvertir géneros, de defender el “cutrismo” y el arriesgarse a jugar siempre, la obra contiene una dramaturgia bien agria. Blanco hará mofa de todo, dirá que en España esto de la mentira comenzó, así de manera contemporánea, con la Transición, dirá que Adolfo Suárez inoculó a través de las plantas de interior una plaga de cochinilla blanca en todos los hogares españoles que escondían nano robots que han invadido nuestros cerebros. Sacará una foto de La Moncloa y señalará un poto como paciente cero y uno reirá.
Una risa que se irá torciendo cuando Blanco vaya acumulando la infinidad de casos y deformaciones de nuestro pasado reciente hasta hacer visible cómo hemos ido dejando que la mentira se esparza. Una mentira que hoy comemos con normalidad insospechada Pero lo interesante, donde reside el núcleo de la pieza, es cuando la creadora une ese fermento social de mentira y ponzoña con algo mucho más viejo: la mentira en el campo amoroso.
Casi ninguna verdad habla de una mujer en esta época de mentiras y distorsión que además sufre un proceso del llamado “gaslighting” o luz de gas y cómo esa combinación la arruina. Porque detrás de todo ese armazón de giros y comicidad, de juegos y malabares escénicos, lo que subyace es un ser humano que casi perdió el pie por completo. La obra muestra que cuando la mentira clava sus garras tanto en lo social como en lo íntimo el cóctel es arrasador y llega a desdibujar la realidad de la ficción o la pesadilla.
La obra es un canto a la supervivencia, un acto de rebeldía y de liberación de aquellos que con veintipico años se creían combativos hacia una derecha que aunque envalentonada conocían bien, ante una sociedad consumista a la que se le veían las costuras y ante unos padres que no sabían salir de los preceptos de la familia y sus roles enquistados. Entonces las luchas personales y sociales eran, al menos, identificables. Veinte años más tarde, en esta sociedad que ha mutado para comerse a sí misma, Cris Blanco se alegra de estar viva y no haber sucumbido en el proceso. Ese es el final de esta obra, el de la excombatiente que ha sobrevivido y con esa distancia canta con el placer de seguir viva y lúcida.
Aun así, la obra tiene sus picos y sus valles. Se alargan ciertas escenas y peligran ritmos y pertinencias. Los procesos acelerados del teatro público que no llegan a dos meses para cocer el asunto a veces son perjudiciales. Este proyecto necesitaría ajustes y tiempo, pero no lo tiene. Son una pena estos montajes del CDN que nacen ya muertos para su gira. Estará en cartel hasta el 12 de abril. Luego la pieza morirá.
No es exagerado decir que el paso de Cris Blanco por el CDN ha sido positivo. Positivo porque mucha gente ha podido conocer la fuerza de su teatro y positivo porque esta creadora ha podido trabajar de otro modo, crecer en muchos aspectos. Pero uno se pregunta qué queda después del teatro público y su “fast food” para la creación. Más cuando todo lo que rodea al teatro público sigue sin cambiar un ápice y estas propuestas de otro teatro posible siguen sin tener cabida, ¿tendrá Blanco y tantos otros que volver a la precariedad y el unipersonal para poder girar en halls de museos o festivales modernos? Lamentablemente parece que sí.
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