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Sin periodismo (independiente) no hay democracia

Quienes hayan leído regularmente esta columna sabrán que una de mis obsesiones, para bien y para mal, son los medios de comunicación. O, para ser más preciso, la influencia (fundamental) que los medios tienen en la conformación de la opinión pública, así como el papel (determinante) que juegan en ellos los intereses económicos y políticos. Haciendo un silogismo se deduce fácilmente una conclusión terrible pero cierta: las grandes corporaciones empresariales no sólo aprovechan nuestra fuerza de trabajo o nuestra capacidad de consumo sino que también condicionan nuestro criterio (y, por ende, nuestro voto). En ese sentido, la política española durante los últimos años ofrece abundante material para una tesis doctoral.

La manipulación informativa es un fenómeno que no por conocido deja de resultar efectivo: ¡cuántas veces no hemos visto a los más conspicuos críticos de la prensa capitalista creerse a pies juntillas los infundios más burdos si coinciden con sus propios prejuicios! Sería presuntuoso por mi parte considerarme inmune. Realmente nadie lo está. Todos razonamos según lo que vemos, leemos y escuchamos. Por eso es preciso no bajar la guardia y cuidar nuestra dieta mediática. Igual que procuramos comer productos sanos, frescos, ecológicos y de calidad, deberíamos nutrirnos de información rigurosa, veraz e independiente. Para ello hace falta seleccionar bien el producto y, por supuesto, el productor. Y, como en la alimentación, la mejor garantía de un consumo responsable está en el comercio justo, que en el ámbito de la comunicación deben representar el sector público y la economía social.

La actual oferta mediática en nuestro país no es precisamente selecta ni plural, pero, en un ejercicio de optimismo histórico, podemos vislumbrar algunos brotes verdes sobre los que construir un futuro mejor. Por un lado, la elección de una reconocida profesional para dirigir la futura CVMC es la primera buena señal después del cúmulo de despropósitos políticos que acabó con RTVV muerta y enterrada. Por otro, vemos como se consolidan medios de comunicación creados por periodistas que aspiran a hacer su trabajo sin tener que sujetarse a los dictados de grandes propietarios o de grandes anunciantes. La mayoría son empresas cooperativas constituidas por trabajadores despedidos de los grandes medios en los sucesivos EREs que han diezmado plantillas y descapitalizado redacciones. Muchos son diarios digitales que apuestan por los análisis de fondo, las opiniones críticas y los contenidos informativos de calidad. Algunos de ellos todavía más valiosos por normalizar el uso de nuestra lengua propia, que sigue siendo minorizada.

El fenómeno de la prensa independiente no es nuevo sino que bebe de la experiencia histórica de medios alternativos que nacieron (y la mayoría murieron) en coyunturas aún más difíciles y con estructuras mucho menos profesionales. Yo tengo el honor de haber colaborado en su día con el desaparecido L’Avanç y con la resistente Radio Klara. Ahora siento la obligación de hacerlo también con algunos de aquellos medios que siguen representando “la palabra libre” (Vázquez Montalbán dixit). Aquí hago mi pequeña contribución como columnista, como lector y como suscriptor, que es la mejor manera de asegurar la sostenibilidad e independencia económica de un proyecto.

Ya sabemos que “sin periodismo no hay democracia”, pero no deberíamos olvidar que su supervivencia es también nuestra responsabilidad.

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