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"Cada vez es más difícil pensar que las transformaciones urbanas se puedan hacer de espaldas a quienes las disfrutan o las sufren"

Paisaje Transversal, uno de los referentes en innovación y participación aplicadas al urbanismo, publica un libro en el que comparte su metodología y reflexiones sobre asuntos esenciales de las ciudades

'Escuchar y transformar la ciudad' es una buena guía para entender la forma de hacer urbanismo entre todos y la propia esencia de la ciudad

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El equipo de Paisaje Transversal, en su oficina.

Frente al afán constructor y el brillo competitivo del urbanismo y la arquitectura con firma hay una forma consciente de hacer las cosas, una que conecta con la sociedad y el entorno a través de procesos participativos de verdad, de los que funcionan y hacen funcionar. Paisaje Transversal es uno de los nombres de referencia de esta manera de hacer ciudad. Pilar Díaz Rodríguez, Guillermo Acero Caballero, Jorge Arévalo Martín, Jon Aguirre Such e Iñaki Romero Fernández de Larrea la promueven y practican desde hace más de una década —primero en forma de blog y luego también como empresa de innovación y planificación con multitud de proyectos en España y Latinoamérica— y ahora comparten su visión, conocimiento y método en un libro.

Escuchar y transformar la ciudad. Urbanismo colaborativo y participación ciudadana (publicado en coedición entre Libros de la Catarata y la Fundación Arquia) es un tres en uno: una reflexión sobre asuntos urbanos esenciales, un manual de planificación integral y participativa a partir de su método de trabajo y una muestra de ejemplos, propios y ajenos, para entender de qué va todo esto. El libro es generoso, como sus autores. Igual que ellos aprendieron de Ramón López de Lucio o Mario Gaviria, Paisaje Transversal ha creado su propia escuela de gentes apasionadas por los temas urbanos que, probablemente, se extenderá con esta obra. No debería parecernos extraño: si entendemos la ciudad como un espacio para el diálogo y la resolución de conflictos en común, deberíamos tener claro que no se pueden mantener en secreto las recetas que nos pueden ayudar a vivir mejor.

Reconocéis en el libro que vivimos en plena “fiebre participativa”. ¿Podríais resumir cuál es la participación que sí y cuál la que no?

Esta burbuja de la participación de la que hablamos tiene muchos matices. La participación es un medio que permite mejorar y transformar nuestros hábitats con la corresponsabilidad de la ciudadanía que los habita, por respeto a sus necesidades y sus visiones y porque asegura que la transformación será compartida. Hoy por hoy, es una herramienta esencial, y cada vez resulta más difícil pensar que las transformaciones urbanas puedan llevarse de espaldas a las personas que luego las disfrutan o las sufren. Sin embargo, las virtudes de estos procesos se pueden perder cuando éstos no dan lugar a ningún resultado o transformación real, lo cual puede generar muchas frustraciones. O cuando el resultado está ya preconcebido, lo que resulta un fraude. O, también, cuando la participación se limita a una simple votación, a la elección sobre una serie de alternativas ya cerradas sin ningún tipo de debate previo. Todas estas situaciones generan desapego por parte de la población y una cierta reticencia a involucrarse en el futuro.

La propia idea de escuchar a la ciudad puede ser una herramienta de transformación, una manera de empoderar al ciudadano. ¿Cómo son los procesos para los vecinos que participan en ellos? ¿De qué manera afecta a su mirada y entendimiento hacia su entorno urbano?

Efectivamente, cualquier proceso de escucha o cooperación bien organizado implica que la población involucrada adquiera confianza y conocimiento. No todas las personas podemos ser expertas en urbanismo, pero cualquiera puede tomar parte en un proceso y adquirir conocimientos básicos sobre cómo se transforma su barrio y ciudad. Es uno de nuestros pilares metodológicos, la componente pedagógica como base para una participación responsable. Al mismo tiempo, cuando un grupo siente que está participando de la toma de decisiones de su barrio gana confianza, se hace fuerte ante futuros procesos y es más capaz de influir en su entorno y en la gente de su alrededor.

Una parte esencial de vuestra visión, y no sólo por el nombre, es la transversalidad: mirar la ciudad como un asunto complejo en el que cualquier decisión que se tome sobre un tema afectará a muchos otros. ¿Pueden las administraciones actuar con esa mirada transversal cuando muchas veces están demasiado compartimentadas?

Siempre hemos propuesto que, para intervenir en la ciudad, es necesario coordinarse entre todos los departamentos, porque los problemas no entienden de áreas de conocimiento. Las administraciones deben actuar de forma transversal, y lo saben, pero su estructura por departamentos, muy eficiente para otros asuntos, lo impide. Ante esta situación sí existen algunas formas de romper esta lógica y hacer proyectos desde esta mirada más integral. En Paisaje Transversal lo hemos puesto en práctica siempre que hemos podido. Es necesario que haya una persona o entidad coordinadora, que cuelgue directamente de alcaldía y que sirva de rótula entre todas las demás. Es importante que esta coordinación tenga una visión realmente integral, no partidista o interesada, y que esté por encima de los departamentos para poder exigirles. Por poner un ejemplo, en el municipio de Madrid, si las Juntas de Distrito tuvieran más competencias y presupuesto, serían buenas coordinadoras de proyectos transversales. Para eso Madrid debería descentralizarse, pero esto mejor lo dejamos para otra entrevista.

Vuestro trabajo incluye estrategias de comunicación innovadoras, tanto para los procesos participativos como para la propia presentación de proyectos a la ciudadanía, algo poco habitual. ¿No será que, además de que se escucha poco a la ciudad, también se le cuentan regular las cosas?

Aunque suene paradójico, es increíble la gran desinformación y mala información que se genera en esta era de la información. Desde el principio aprendimos que la comunicación era un pilar básico de cualquier proyecto público, pero los urbanistas no parecían, ni parecen, saberlo. Si no gestionas lo que se comunica, la información se genera sola y acaba yendo en tu contra. También aprendimos que cuando te esfuerzas por crear una verdadera transparencia en todo lo que está ocurriendo, de pronto muchos de los problemas, las desconfianzas, y los malentendidos desaparecen, por lo que la difusión es, quizá, el esfuerzo más valioso de los que hacemos; y el que la sociedad, a menudo, más agradece.

¿Cómo se puede recuperar la vitalidad de los centros urbanos especializados en el ocio y el turismo? ¿Cómo escuchar a una ciudad en la que no hay habitantes sino sólo visitantes?

La vitalidad de los centros urbanos no ha desaparecido, más bien se ha redirigido y, en ocasiones, se ha simplificado. Las ciudades son mejores cuanto más complejas, por lo que el esfuerzo debe estar dirigido a aumentar los usos y la diversidad de personas en todos sus tejidos. Sin embargo, la tendencia parece ser hacia la especialización de estos espacios, que en última instancia terminan perdiendo los valores que los hicieron inicialmente atractivos. Para frenar estos procesos es necesario actuar desde diversos frentes, con una perspectiva integral y multinivel. La capacidad de los municipios es limitada, porque muchas cuestiones responden a esferas globales y competencias autonómicas. Pero, aún así, desde lo local se puede hacer mucho. Para fijar población no sólo hace falta una política de vivienda pública asequible y social que permita que diferentes sectores de la población puedan acceder a ella, generando así la imprescindible mezcla social; también se necesitan políticas que faciliten la vida en estos lugares: de reactivación del comercio local, de generación de un nuevo tejido productivo, de redes de cooperación ciudadana para impulsar nuevas economías, de creación de equipamientos y espacios públicos de proximidad y calidad, el control de los precios del alquiler de locales comerciales, la mejora de la movilidad, del transporte público y los medios nos contaminantes, la lucha contra el envejecimiento poblacional, etc.  Es importante pensar qué pueden ofrecer estos entornos a familias jóvenes, al público infantil, a personas mayores, y actuar en consecuencia. Además, hay un gran trabajo de gestión y negociación de agentes multinivel. La participación ahí tiene que estar dirigida tanto a la esfera supramunicipal (regional, estatal, europea) y a los operadores globales que causan la demanda por arriba, como a las necesidades enunciadas desde la base social y ciudadana.

Algunos de vuestros proyectos han sido en urbes medianas. ¿Son éstas más capaces de afrontar y superar sus retos urbanísticos? ¿No deberíamos fijarnos más en ellas y potenciarlas como alternativa a las grandes y también como solución para muchos de sus problemas?

Sin duda, las ciudades medianas, por su extensión y número de habitantes, generan una relación de proximidad con el territorio y su gobernanza capaz de dar una respuesta más inmediata a los principales retos urbanos, como son reducir la desigualdad y luchar contra el cambio climático. A través no sólo de la teoría sino de nuestra experiencia práctica, hemos observado la capacidad de transformación y de apropiación que generan nuestros proyectos en estas ciudades intermedias, mientras que en las grandes metrópolis observamos múltiples experiencias innovadoras pero que difícilmente arraigan y transforman la dinámica general de la ciudad. En este sentido, la estrategia hacia un modelo urbano más humano y naturalizado pasa por, como propones, fijarnos en las ciudades medianas, potenciar su red en el territorio y entender las grandes ciudades del mismo modo, como tejidos poliurbanos. La megalópolis entendida como una ciudad de ciudades que se gestionan y organizan desde la proximidad, pero trabajan en red una visión estratégica común con recursos compartidos.

Con las nuevas tecnologías y formas de negocio, los asuntos que provocan cambios en la sociedad, y por tanto en las ciudades, van cada vez más rápido y, sin embargo, su capacidad de adaptación se mantiene al menos tan lenta cómo antes. ¿Cómo podemos enfrentarnos a esos retos para que no perder el norte del bien común?

Las nuevas formas de negocio que mencionas nos muestran la capacidad viral de las ciudades para asumir cambios en hábitos ciudadanos, que van desde cómo nos movemos a cómo realizamos la compra o alquilamos un alojamiento, que están generando graves impactos en el funcionamiento de las urbes pero que por el contrario también podrían ser una oportunidad para introducir nuevos hábitos más responsables con nuestro entorno. Desde nuestro punto de vista, el problema radica en la falta de presencia de las administraciones públicas en esta ecuación, en la que participan empresas privadas y ciudadanos y las administraciones públicas mantienen una posición meramente reactiva, tratando de controlar estos negocios para que no afecten al bienestar público, por lo general con poca eficacia. Cómo mejorar este panorama resulta complicado, ya que las velocidades de la administración pública son radicalmente opuestas a las de estos negocios. Sin embargo, el desarrollo de iniciativas similares, pero con carácter público-social y con capacidad de dar alternativas a estos modelos de negocio desde la mirada del bien común podría ser una vía para explorar.

Habláis en algún momento en el libro de que las ciudades han de ponerse metas. ¿Deben sus gestores trabajar eso tantas veces nombrado del “modelo de ciudad” o su meta debe ser, simplemente, acompañar su evolución y hacer que sean cada vez más amables y habitables?

Obviamente, sí: generar una ciudad más amable y habitable es la meta u objetivo general por el que una ciudad traza un plan a largo plazo. Sin embargo, este objetivo no es alcanzable si no lo particularizas y los traduces en metas que respondan al contexto local de cada ciudad. Las metas para favorecer que una ciudad sea más amable y habitable serán diferentes en una ciudad ubicada en un enclave natural con pérdida de población frente a otra ciudad de gran densidad ubicada en un corredor industrial. Por eso es necesario un ejercicio de reflexión compartida en el que participen los distintos actores que forman parte de la ciudad: la administración pública, los agentes sociales y económicos, la propia población. Son ellos los que, en última instancia, han de estar convencidos del camino que tienen por delante y de pasos que son necesarios.

Una última pregunta. Las ciudades lo conquistan todo, no me refiero sólo a la demografía, también la forma de pensar, de decidir, los espacios y contenidos de comunicación... Esto tiene sus cosas positivas, pero ¿no nos estaremos perdiendo algo al vivir de espaldas a ese 98% del planeta que no es una ciudad?

Desde nuestra perspectiva, escuchar y transformar el futuro urbano no pasa sólo por fijarnos en las ciudades, sino en el conjunto del territorio, donde cobran gran importancia los núcleos rurales y el entorno natural. Hablar más de territorio y menos de la ciudad en singular es un paso importante en la forma que concebimos las ciudades y tiene mucho que ver con dotar de mayor importancia a las ciudades intermedias. Potenciar las redes de ciudades como alternativa a las grandes megalópolis que están imponiéndose como modelo urbano dominante en el contexto económico globalizado en el que vivimos.

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