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¿Valió la pena?

La Cumbre sobre Financiación para el Desarrollo de Addis Abeba, capital de Etiopía, finaliza sin que se hayan alcanzado los principales objetivos sociales.

No se ha aprobado un cuerpo intergubernamental en materia impositiva capaz de luchar de manera efectiva contra los abusos fiscales de las multinacionales.

 Ban Ki-moon en la Conferencia de Financiación al Desarrollo (Adís Abeba, Etiopía) - (c) UN Photo/Eskinder Debebe

Ban Ki-moon en la Conferencia de Financiación al Desarrollo (Adís Abeba, Etiopía) - (c) UN Photo/Eskinder Debebe

Tras cuatro intensos días se acabó la cumbre de Financiación para el Desarrollo de Addis Abeba, la primera gran cita de Naciones Unidas de este año. Entre ayer y hoy, el aeropuerto Bole Internacional de Addis debe ser un hervidero de coches oficiales, escoltas, personalidades y dignatarios varios cogiendo sus aviones oficiales de vuelta a casa. En el ambiente queda la gran pregunta: ¿valió la pena? Se han conseguido avances en algunos terrenos, aspectos técnicos normalmente. Se han redoblado los compromisos que, en algunos casos, ya existían de cumbres anteriores. Y queda un sabor agridulce. Agrio porque no se han alcanzado los tres objetivos fundamentales que la sociedad civil trajo hasta aquí:

No se ha aprobado un cuerpo intergubernamental en materia impositiva capaz de luchar de manera efectiva contra los abusos fiscales de las multinacionales. Tan sólo se ha aprobado impulsar un comité de expertos -que ya existía- y sin capacidad de tomar decisiones. Es llamativo que sí lo tengamos para temas como el comercio, la salud o incluso el fútbol, pero no para regular un sistema internacional de impuestos que, como dijo aquí Stiglitz el martes, está diseñado para la elusión fiscal.

Se ha redoblado la apuesta por alcanzar el 0,7… pero para el año 2030, con lo que dejamos por el camino a varias generaciones; y eso en el caso de que se cumpla, porque tampoco se han aprobado medidas concretas de seguimiento y evaluación de este compromiso.

Se pone en el centro del debate la financiación de las empresas para el desarrollo; pero el acuerdo no dice prácticamente nada que asegure que el sector privado contribuirá a un desarrollo verdaderamente sostenible que ponga la pobreza y la desigualdad en el centro de su acción.

Pero también hay una parte dulce que sale de esta cumbre:

Hemos visto a un G77, el grupo de 134 países emergentes y en desarrollo, que ha sido capaz de mantener una postura fuerte frente a los países desarrollados a lo largo de toda la Cumbre. Esta unión no siempre se mantuvo en el pasado ni llegó tan lejos y eso ha sido crítico para que algunos temas no se cayeran de la agenda. Se ha apreciado claramente una apuesta decidida por cambiar las reglas por parte de los países en desarrollo.

En varias ocasiones a lo largo de estos días se ha dejado patente que algunos avances se han dado gracias al trabajo de las organizaciones de la sociedad civil. Organizaciones que han sido capaces de poner algunos temas en el debate y empujar para que se dieran avances -tibios, pero avances-, que de otra forma se hubieran traducido en nuevas decepciones.

Esta Cumbre, en contra de las opiniones de algunos líderes, ha sido sólo un paso más. Lejos de ser una gran cumbre que marque una época como se anunciaba, ha supuesto un paso adelante de los muchos que quedan por dar en la buena dirección, que necesitará ser apoyado por una sociedad civil más dispuesta que nunca a participar activamente en las grandes decisiones que afectan a las personas más vulnerables. Queda mucho trabajo.

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