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ENTREVISTA | Shannon Vallor, de la Fundación para la Robótica Responsable

"No hay que tener miedo de los robots. Hay que tener miedo de los humanos usando esta tecnología de un modo no ético o destructivo"

Shannon Vallor es profesora en la Universidad de Santa Clara (California) es integrante de la Fundación para la Robótica Responsable

Frente a los estudios que aseguran que se perderán millones de empleos en la próxima década por culpa de los robots, defiende que la tecnología, más que una amenaza, constituye una oportunidad si se pone al servicio de los trabajadores

"Mucha gente famosa especula sobre los riesgos de la Inteligencia Artificial, diciendo que puede ser peligrosa si escapa a nuestro control, si se hace más inteligente que los humanos. Pero todo eso es ciencia ficción"

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Shannon Vallor, de la Fundación para la Robótica Responsable/Foto cedida por Vallor

Shannon Vallor, de la Fundación para la Robótica Responsable Foto cedida por Vallor

La intelectual estadounidense Shannon Vallor es profesora en la Universidad de Santa Clara (California), en el corazón del Silicon Valley. Es una reputada investigadora de la ética y la filosofía de la tecnología. Trabaja muy cerca de donde vienen surgiendo muchos de los avances tecnológicos que han revolucionado la realidad económica y social.

La robotización y la automatización, por ejemplo, son dos procesos en los que se avanza en este área del este de Estados Unidos. Eso, pese a los muchos miedos que genera en la clase trabajadora la robotización del mundo laboral. Son recurrentes los estudios que aseguran que se perderán millones de empleos en la próxima década por culpa de los robots.

Como integrante de la dirección de la Fundación para la Robótica Responsable, Vallor se esfuerza en aclarar cómo la tecnología, más que una amenaza, constituye una oportunidad, siempre y cuando se ponga al servicio de los trabajadores."El problema está en no usar esas tecnología al servicio de los trabajadores", dice Vallor en esta entrevista con eldiario.es.

De ahí que anime a realizar reformas en el actual sistema económico, para que sea posible la convivencia de robot y trabajador en los empleos del futuro, y que inste a presionar a las empresas para que desarrollen "productos y aplicaciones más compatibles con los intereses de los humanos".

¿Qué piensa usted del miedo que genera la robotización, según muestran las encuestas, en buena parte de la clase trabajadora?

Es un tema complicado. Hay una gran probabilidad de que la robotización continúe significando la automatización de algunos sectores de la economía. En consecuencia, algunas categorías laborales van a estar en peligro. Aquí, lo problemático es el uso que se pueda hacer de esos miedos. Mucho de lo que se escucha puede llevar a la gente, si no está informada, a pensar que vamos a tener robots que van a tomar todos los trabajos que hoy hacen los humanos.

Eso no es realista, al menos en las próximas dos décadas y probablemente para muchas más. Los avances en robótica y en inteligencia artificial son reales e impresionantes pero no están teniendo lugar tan rápido como mucha gente cree. Hay muchos límites a la hora de asignar tareas a esas máquinas y de determinar qué son capaces de hacer.

¿La robotización no es tan peligrosa para los trabajadores?

Desde un punto de vista laboral, no se puede decir que no haya de qué preocuparse. Pero tampoco hay que exagerar la amenaza.

¿Hasta qué punto le preocupa el uso político que puede darse a los miedos que generan la robotización y la inteligencia artificial?

Me preocupa mucho dejar claro que no es la tecnología la que va a suponer una amenaza para los trabajadores. Es el sistema económico, sus incentivos y los poderes económicos, los que controlan realmente cómo esa tecnología se va a utilizar.

Hay muchos modos en los que los robots y la inteligencia artificial pueden mejorar las condiciones laborales, acabando incluso con los trabajos más peligrosos, aburridos, degradantes o sucios. Hay muchas tareas por las que se paga a gente para que se expongan. Estarían mejor sin hacerlas, haciendo otra cosa. Diseñar máquinas para hacer esos trabajos no es inherentemente malo. Hay mucha confusión en la opinión pública cuando hay encuestas sobre el miedo a las máquinas.

Mucha gente famosa, como Elon Munsk, Stephen Hawking o Bill Gates, que no son investigadores de Inteligencia Artificial, han especulado o especulan sobre los riesgos de la Inteligencia Artificial, diciendo que puede ser peligrosa si escapa a nuestro control, si se hace más inteligente que los humanos. Pero todo eso es ciencia ficción. No estamos ni mucho menos cerca de que haya una inteligencia artificial comparable a la inteligencia de un humano. Ni siquiera se sabe cómo hacer algo así.

¿Dónde está el problema entonces?

No hay que tener miedo de los robots. Hay que tener miedo de los humanos usando estas tecnologías de un modo no ético o destructivo. El problema está en no usar esas tecnologías al servicio de los trabajadores. La clave está en que las máquinas estén al servicio de los trabajadores en lugar de tener como objetivo maximizar los beneficios y la eficiencia. Pero en un sistema económico donde esos son los únicos objetivos, muchas de las oportunidades para que los robots estén ahí para ayudar a los trabajadores y hacer sus trabajos más seguros, más disfrutables y de modo que se sientan más realizados, van a ser ignoradas. Todo esto debido a los intereses económicos, que van en contra de la gente.

¿Hay que cambiar el sistema para implementar esta otra idea de la tecnología?

No hay que cambiar todo el sistema para reformar las partes que no funcionan. Estamos hablando, en realidad, de la necesidad de un cierto cambio sistemático en la economía moderna. El sistema ahora mismo parece tan brutal que no parece posible ver cómo cambiarlo. Además de empujar hacia una reforma económica y política, algo que creo que es muy importante es pensar que hay formas del capitalismo, de hace 50 ó 60 años, que hacen posible la promoción de los intereses de los trabajadores. Hay ejemplos en varios países.

En Estados Unidos tuvimos un movimiento que llevó a la imposición de la semana laboral de 48 horas, la instauración de regulaciones sanitarias y de seguridad, la obligatoriedad de introducir pausas en el trabajo y las bajas. En el Siglo XX ha habido todo tipo de reformas que han cambiado el trabajo. El lugar de trabajo pasó de ser un lugar donde los trabajadores eran explotados y se abusaba de ellos a ser un lugar donde hay ahora una mayor protección. Desafortunadamente, en Estados Unidos, hemos ido ahora en la dirección opuesta respecto a esos avances, acabando con mucha de esa protección.

¿Qué más se puede hacer, más allá de empujar hacia una reforma del sistema?

También se puede presionar a las compañías tecnológicas para que desarrollen productos y aplicaciones que sean más compatibles con los intereses de los humanos. Se les puede presionar para que la tecnología sea concebida como una ayuda para los trabajadores, para que su diseño haga a los trabajadores sentirse más seguros, más felices y menos degradados y explotados por su trabajo. Ahora mismo, las compañías tecnológicas, en muchos países, han sufrido grandes golpes en su reputación. Y están trabajando para restaurar la fe del público en ellos y en el sector tecnológico. Muchas compañías, por esto mismo, están ahora moviéndose hacia el diseño de procesos y aplicaciones más éticos.

Por ejemplo, ahora, en el sector tecnológico, están promoviendo la idea de que los humanos no deben ser reemplazados por dispositivos de Inteligencia Artificial sino apoyados por estos sistemas. Pero no está claro si éste será el modelo que triunfe o si todas las empresas lo adoptarán. No se sabe si el trabajador mantendrá, por ejemplo, el sueldo de alguien asistido por un sistema de Inteligencia Artificial o si el empresario caerá en la tentación de echar al trabajador.

En Estados Unidos, hay un debate sobre si los populistas, como el presidente Donald Trump, sustituirán a la inmigración, objetivo de muchas de sus reformas, por los robots."Primero vinieron a por los inmigrantes. Luego vinieron a por los robots" es un reciente titular de la revista Foreign Policy. ¿Qué piensa usted?

Pienso que no hemos visto algo así todavía. De hecho, en 2017, el Secretado de Estado para el Tesoro, Steven Mnuchin, dijo básicamente que la amenaza de la robotización "no está ni siquiera en nuestro radar", según sus términos. Él cree que incluso dos décadas era una exageración, y que la amenaza de la robotización a los puestos de trabajo llegaría, tal vez, en 50 ó 100 años. Ésto es lo que la administración Trump dice al respecto. No están centrados, ahora mismo, en la automatización.

¿Por qué motivo?

Porque el populismo de Trump está principalmente inspirado por la xenofobia, y no por una sincera preocupación por los intereses de los trabajadores. De hecho, las políticas de Trump hasta ahora han sido bastante dañinas para los trabajadores. Creo que este tipo de populismo de Trump sólo es superficialmente favorable a los trabajadores. En realidad, en su sustancia, es anti-trabajadores. La reacción de Trump diciendo que los inmigrantes están tomando empleos de los estadounidenses está fundamentada en la xenofobia y en el racismo, más que en una verdadera preocupación por los trabajadores del país. Yo no creo que los robots vayan a entrar en esa retórica. Pero esto puede ocurrir en otros países.

En Los Países Bajos, en el puerto de Rotterdam, los sindicatos alertaron de que muchos trabajadores se inclinaban allí el año pasado a votar por el Partido de la Libertad del populista de ultraderecha Geert Wilders. Los líderes sindicales hablaban de enfado por la robotización del sector. Al menos así lo contó la agencia  Bloomberg.

Estoy en contacto con numerosos académicos de Los Países Bajos, que trabajan ahora mismo sobre las implicaciones sociales que despiertan la robotización y la inteligencia artificial. En general, yo diría que Los Países Bajos es un país muy favorable a la robotización. Tienen más universidades centradas en tecnología que otros muchos países de similar tamaño. Pero cada país tiene una respuesta diferente a la robotización.

En Japón, por ejemplo, la robotización es algo que está siendo bienvenido. Porque no tienen, fundamentalmente, suficientes trabajadores para sustituir su mano de obra en una sociedad que está envejeciendo y que sigue siendo muy poco favorable a la inmigración. La respuesta a la robotización va a depender de muchos factores, como la situación económica del país, cómo es la situación del desempleo o si hay o no dificultades para ofrecer empleo a la gente. Ahí está la clave de que pueda haber resentimiento contra los robots, especialmente si hay clases de trabajadores que se vean afectadas.

¿Dónde es más probable que afecte la robotización?

Es más fácil ver que la automatización del trabajo tenga lugar en fábricas, pero también en la venta o en atención al cliente, como en los centros de llamadas. En muchos países, la venta y la atención al cliente son la primera categoría de empleo para gente sin educación universitaria o que, simplemente, están empezando en su vida laboral. Son trabajos típicos de estudiantes, por ejemplo.

En Estados Unidos, esto ocurre mucho en el sector de la venta. Si se elimina el empleo de personas en ese sector, se va a dificultar mucho la integración de mucha población en el mercado laboral. Se sabe que, cuando una persona tarda en conseguir su primer empleo, luego es muy difícil desarrollar una historia laboral sólida. Pienso que hay peligros asociados a la automatización de según qué sectores. Sin embargo, tampoco podemos determinar el impacto de la automatización, porque es algo relacionado con la cultura del consumidor.

¿A qué se refiere?

No sabemos en realidad cuánta demanda hay de gente queriendo interactuar con un robot, por ejemplo, en un centro de atención al cliente. En este sector, mucho depende de si el consumidor sabe que está interactuando con una máquina o una persona y de si la persona quiere o no tener esa interacción. Por ejemplo, se puede sustituir al personal de un restaurante por robots. Pero puede ser que la gente no responda positivamente a esa propuesta. Puede ser que esa experiencia para el consumidor resulte frustrante, debido a los límites de la tecnología. Este tipo de situaciones puede que ralenticen la automatización. Ser capaz de hacer una máquina que haga un trabajo no significa que eso sea una ventaja.

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