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Enfermedad inflamatoria intestinal: todo lo que debes saber sobre ella

La eficacia del tratamiento para la enfermedad inflamatoria intestinal radica, sobre todo, en que se cumpla y se siga correctamente. Solo así puede mantenerse a raya.

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Se estima que la enfermedad inflamatoria intestinal (EII) afecta en España a unas 150.000 personas.

La enfermedad inflamatoria intestinal (EII) es, como su nombre indica, una inflamación en el intestino que se calcula que afecta en España a unas 150.000 personas. El término se refiere básicamente a dos afecciones crónicas distintas: la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa. La diferencia entre las dos reside en la localización y la forma de la inflamación. En la enfermedad de Crohn, la inflamación puede afectar cualquier tramo del intestino delgado; en la colitis ulcerosa, en cambio, la inflamación afecta al intestino grueso, el recto y el colon. Pese a estas diferencias, comparten algunos síntomas como diarrea y dolor abdominal.

Vivir con enfermedad inflamatoria intestinal

Estas enfermedades suelen diagnosticarse, sobre todo, entre los 20 y los 30 años sin distinción de sexo, es decir, afectan tanto a hombres como a mujeres en un número similar. Aunque no se sabe cuál es la causa, sí se sabe que puede ser una combinación de factores genéticos y algún factor externo que se desconoce y que desencadena una respuesta inmunológica no controlada que se traduce en la inflamación intestinal.

Tanto la enfermedad de Crohn como la colitis ulcerosa tienen periodos de remisión en los que no está activa y en los que las personas que la sufren pueden llevar una vida normal, excepto en el periodo que dura el brote. Tal y como detalla la Asociación de enfermos de Crohn y Colitis Ulcerosa (ACCU), la EII implica una pérdida significativa de la calidad de vida para muchos de los pacientes: en un 74% de los casos, la máxima preocupación es la sensación de evacuación incompleta y, en un 72%, la diarrea. También es motivo de preocupación el dolor abdominal y la incertidumbre de los brotes.

Aunque el grado de afectación varía en función de si este es leve o más grave, sí se ha demostrado una marcada bajada de la calidad de vida en la mayoría de los pacientes durante los brotes, no solo por los síntomas sino también por las complicaciones que pueden aparecer.

Estos brotes de actividad pueden controlarse con un tratamiento adecuado, que será para toda la vida y que varía de una persona a otra. Es como hacer un traje a medida para cada caso particular. No seguir las pautas dictadas puede interferir en la evolución de los síntomas. 

Objetivo: controlar la enfermedad y evitar complicaciones

El tratamiento va dirigido sobre todo a controlar la inflamación porque la EII no tiene cura, por tanto, debe tomarse siempre para evitar la aparición de nuevos brotes. Mercedes Domínguez Antonaya, jefe del Servicio de Aparato Digestivo del Hospital Universitario Rey Juan Carlos recalca la importancia de seguir el tratamiento que pautan los especialistas para evitar que aparezcan brotes.

Esto es especialmente importante en el caso de la enfermedad de Crohn porque una de sus particularidades es que sigue progresando y pueden aparecer complicaciones como “fístulas y/o abscesos”, admite Domínguez. Se ha demostrado, además, que los pacientes con colitis ulcerosa que no siguen el tratamiento con aminosalicilatos de manera adecuada “tienen cinco veces más probabilidades de tener un brote de la enfermedad”.

El tratamiento depende de la localización de la inflamación. Existen varios tipos de medicamentos que pueden usarse para el control de estas enfermedades, según la gravedad del brote (leve, moderado o grave). Para los casos de colitis ulcerosa leve, por ejemplo, el tratamiento es oral, con fármacos con acción antiinflamatoria (aminosalicilatos). Cuando estos no son efectivos se suele recurrir a los corticoides orales. En el caso de que se crea dependencia a estos, puede ser necesario empezar con tratamientos inmunosupresores, que ayudan a mantener la remisión y reducen la actividad del sistema inmune. En este caso, y debido a que se trata de tratamientos que pueden disminuir las defensas y aumentar el riesgo de infecciones, es recomendable que los pacientes se “vacunen previamente de la gripe, neumococo, hepatitis B, tétanos, sarampión, rubeola y parotiditis”, afirma Domínguez.

Si una persona con enfermedad activa de moderada a grave no responde a los tratamientos citados, se utilizan los tratamientos biológicos que, además de ayudar a controlar los síntomas, mantienen la remisión mediante la curación de la mucosa.

Sea cual sea el caso, es importante implicar al paciente en la toma de la decisión terapéutica porque la aceptación del tratamiento es clave para cumplirlo. La eficacia depende fundamentalmente de que este se siga.

Hábitos de vida saludables

Llevar una vida saludable siempre es recomendable. En este caso no es una excepción. Aunque “no se ha podido demostrar que unos alimentos vayan mejor o peor que otros en la enfermedad”, reconoce Domínguez, sí es aconsejable seguir una dieta variada y equilibrada para evitar déficits nutricionales. Tampoco puede afirmarse que el estrés afecte en la aparición de nuevos brotes.

Sí se ha evidenciado, en cambio, que el tabaco tiene un “efecto perjudicial significativo porque no solo empeora los síntomas, sino que además obstaculiza los efectos del tratamiento”, enfatiza la Dra. Domínguez.

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