Esos racistas de los que usted me habla
España no es un país racista, a menos que nos refiramos a que a un extranjero (ni rico ni poderoso, se entiende) encuentra más dificultades para que le alquilen un piso. Que si tiene signos raciales evidentes le parará la policía más (reciente caso Serigne Mbaye) o le preguntarán constantemente de dónde es. Incluso cuando diga que “de Carabanchel” se le insistirá en que la pregunta se refiere al nacimiento, aunque la respuesta pueda ser la misma.
Los españoles no somos un caso único, porque no se nace racista ni se es racista genéticamente o por el lugar de origen. Los pensamientos y comportamientos racistas acompañan al ser humano (de toda raza) y pueden crecer. Por miedo, rabia, desconocimiento, prejuicio o heurística de la representatividad (es decir, considerar como más probable que te atraque o viole un marroquí si has recibido un bombardeo de mensajes en este sentido).
Los vergonzosos cánticos racistas en el partido de España y Egipto en Cornellà –“musulmán el que no bote”– son desprecio y despersonalización, como si “musulmán” fuera una categoría global sin distinciones y como si se pudiera representar así a millones de personas, asignándoles dos o tres atributos siempre negativos.
El concepto musulmán, como el concepto negro, subsahariano, marroquí, está siendo trufado con un nuevo contenido subjetivo por culpa de unas redes sociales que promueven valores antidemocráticos y por los dos partidos de la derecha. Vox y PP han entrado en la lucha por ver quién vincula más y más rápido los delitos y los problemas con los migrantes árabes y africanos. Como cuando ser español en el extranjero era signo inequívoco de ser pobre, atrasado, torero o ruidoso.
El entrenador de España o el presidente de la Federación, preguntados, salieron a condenar los hechos después del partido. Se agradece, aunque la industria del fútbol ha sido lenta y torpe al atajar la violencia en el deporte, un vehículo de formación tan poderoso como la televisión. Durante años han crecido en sus curvas machismo, racismo, insultos o neonazis mientras los clubes y las instituciones se lavaban las manos con la cobarde coartada de que no se hace política porque la política mancha. Que le pregunten a Jennifer Hermoso cómo encontró el silencio sepulcral de quienes, en vez de defender los valores además de los colores, callaron por no ofender a los poderosos.
Un reciente estudio del CIS revelaba en diciembre que los españoles son un poco racistas, pero también sinceros: la mitad se consideraba un poco racista o más. También la mitad admitían que tendría algún inconveniente en que un extranjero alquilara su piso. Además, el 70% de los encuestados no tenía amigos de otro origen étnico, lo cual dice mucho de cuan poco se integran y cómo crecen los fantasmas en torno al concepto de “los otros”.
Resulta preocupante que esa esquina de España violenta contra “el de fuera” (que antes era el inmigrante de Cuenca o el de un pueblo de Sevilla y ahora es de Ecuador, Colombia o Marruecos) haya encontrado para sus espurios preceptos la máquina de bombear que son las redes sociales y la máquina de blanquear 'vueltas atrás' que es Vox con la reciente incorporación del PP. Por ejemplo, ambos partidos han votado juntos este miércoles en la Comunitat Valenciana para alejar los centros de menores de los centros urbanos para evitar “problemas de convivencia y seguridad”. Todo suma para la ensalada racista y ultra.
Las cacerías de Torre Pacheco se cocinaron en Telegram, Facebook o X. El Observatorio del Gobierno Oberaxe vigila las redes e intenta que sus dueños pongan las bridas a la máquina desaforada de odio en la que se pueden convertir. En los últimos 30 días han detectado 25.000 mensajes de odio y han logrado que se retire el 30% del contenido. Es decir, el 70% no ha sido retirado. Tanto odio hay, que los propios trabajadores han sufrido campañas violentas por hacer su trabajo. La mayoría de encuestados por el CIS (35,4 %) ha visto “a menudo” en estas plataformas contenido que expresa ideas ofensivas o violentas contra migrantes y el 30,7%, “en alguna ocasión”.
Al final, lo que es habitual puede ser lo normal. Lo que es repetido puede convertirse en común. Y lo que era escandaloso decir ya se puede escuchar sin que estalle la vergüenza. Lo que se vio en el partido de la Selección no es más que el fracaso de una sociedad que no ha sabido contraponer la realidad compleja y diversa de la migración a una visión unívoca, temerosa y odiadora, una sombra de fácil digestión para estómagos hambrientos de impulsos e instintos en la que se ha subido también un partido que institucional. No olvidemos que suenan mucho, pero no dejemos en sus manos el privilegio del altavoz o la representatividad, porque no son mayoría.
1