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Entrevista
Mar Manrique

El desencanto de la generación que quiso vivir de internet: “Se nos ha vendido la falacia de la meritocracia digital”

La periodista Mar Manrique, autora de 'Un trabajo soñado' (Península).

Juanjo Villalba

26 de marzo de 2026 21:57 h

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“¿Y si creo un proyecto propio?”. Eso fue lo que pensó una recién graduada en periodismo llamada Mar Manrique (Barcelona, 1998), en plena pandemia, al constatar el desolador panorama laboral que le ofrecía el sector de los medios de comunicación. 

“Necesitaba averiguar cómo podía excavar mi propia trinchera para trabajar en el periodismo, e internet parecía la respuesta”, escribe en su nuevo libro de revelador título: Un trabajo soñado. El desencanto de una generación que quiso vivir de internet (Península, 2026). Un volumen en el que analiza, con mirada crítica y desde su propia experiencia, cómo el entorno digital ha transformado la forma de trabajar, de crear y de construirse una identidad en internet, desdibujando los límites entre vocación, precariedad y autoexplotación.

De aquellas tribulaciones primigenias nació Fleet Street, una newsletter sobre periodismo, tendencias y medios de comunicación que hoy suma más de 10.000 seguidores en España y Latinoamérica y que, a la postre, ha supuesto para ella una especie de “caballo de Troya” de cara a hacerse visible en el mundo mediático. 

“Empecé en un momento superincipiente de las newsletters en España”, explica, “cuando entré al ecosistema de Substack [la plataforma en la que se aloja su boletín], tal vez había tres publicaciones relevantes escribiéndose sobre política, periodismo y cultura digital. Fleet Street supuso una catapulta a la visibilidad que me ha abierto muchas puertas. Pero también creo que ha habido un importante factor de suerte que muchas veces la gente no valora. Se nos ha vendido en internet la falacia de la meritocracia digital, de que lo virtual es un campo completamente abierto y democrático, pero la realidad es que eso no es así”.

Se nos ha vendido en internet la falacia de la meritocracia digital, de que lo virtual es un campo completamente abierto y democrático, pero la realidad es que eso no es así

Hoy en día, Mar forma parte del equipo del medio digital WATIF y ha colaborado con multitud de publicaciones como SModa de El País, La Vanguardia, Vogue o este mismo diario. Hace poco presentó el acto de conmemoración de los 40 años de la firma que incorporó a España y Portugal a la Unión Europea en el Palacio Real de Madrid.

Está claro que, en su caso, crear un proyecto personal ha resultado todo un éxito. No obstante, no tiene del todo claro que hoy en día hacer eso sea obligatorio para los recién licenciados en periodismo o para aquellos que aspiran a entrar en otras parcelas del mundo creativo. 

“No creo que sea la única vía aunque sí que pienso que es la que mejor le puede hacer sentir a uno”, confiesa. “Es cierto que antes siempre recomendaba a los estudiantes con los que hablaba que hicieran una newsletter, un podcast, que crearan una estrategia en redes sociales y que se especializaran en algo. Ahora sigo aconsejando lo mismo, pero mirando primero qué es lo que el sistema está buscando en ese momento”. 

Ahora lo que el sistema pide a los jóvenes, según la autora, es “ser multitasker, hacer mil cosas a la vez, empezar en puestos de trabajo muy precarios y tener que invertir muchas horas. Además, puede que no haya proyección laboral. Una vez que entiendan cómo va todo y todo lo que se les demandará como profesionales, si la vocación aún está intacta, entonces sí que pueden crear un proyecto propio para intentar seguir esa vocación”.

Ese punto de partida conecta directamente con una de las ideas centrales del libro.

El espejismo del trabajo ideal

Internet nos prometía algo muy concreto: libertad. Trabajar desde cualquier lugar, organizar los horarios a nuestro antojo y vivir de nuestra pasión. Esa narrativa sigue totalmente vigente, aunque el relato de Manrique introduce muchos matices.

A la hora de la verdad, lo que mucha gente acaba encontrándose en el mundo creativo son sueldos bajos, incertidumbre y una línea cada vez más difusa entre vida y trabajo. “Aunque también depende de por dónde entres a trabajar en internet, cuál es la vía y cuál es el camino que transitas”, apunta. “Si pensamos en los trabajos de internet como una pirámide, vemos que en la cúspide están los influencers que pueden cobrar varios miles de euros por hacer una story de una crema de manos. Luego, conforme vamos bajando, nos vamos encontrando con todos esos perfiles que mantenemos proyectos personales y que intentamos con todas nuestras fuerzas que el foco de internet se fije un poco en nosotros”.

Ese desequilibrio no solo se da con los ingresos, sino que también acaba influyendo en más partes de la ecuación. Llegando incluso a moldear las aspiraciones, el lenguaje y el comportamiento de todos los que forman parte de esa pirámide. Muchos diseñadores, periodistas y divulgadores buscan estrategias para escalar posiciones en la industria creativa.

Así es como muchos moldean su actividad según criterios ajenos a ella. “Los trabajadores creativos replicamos el lenguaje de los influencers con la esperanza de llegar a cobrar 3.000 euros por una story y así conseguir estabilidad económica o comprarnos una casa”, explica Manrique, “algo que solo está pudiendo hacer la gente de mi edad que es influencer, porque el resto lo tiene muy chungo a no ser que les ayuden sus padres”.

Los trabajadores creativos replicamos el lenguaje de los influencers con la esperanza de llegar a cobrar 3.000 euros por una 'story' y así conseguir estabilidad económica o comprarnos una casa

Teletrabajo y nomadismo: una libertad con matices

Las dos grandes promesas de este nuevo modelo laboral en las profesiones creativas son, en opinión de la autora, el teletrabajo y el nomadismo digital. Pero, ¿cuál es el impacto real de estas opciones en la vida de los creativos? 

“La idea de trabajar desde casa o desde cualquier parte del mundo, resulta muy seductora”, reconoce Mar. “’Tendrás total libertad: podrás trabajar un poco y luego irte a surfear. ¡Tú eliges tus horarios!’, te dicen. Pero la realidad es que no. Con el tiempo, todos hemos podido comprobar que la realidad es muy diferente. Cuesta muchísimo desconectar y no solo cuando estás trabajando en casa. Al final, todos estamos enganchados al móvil y allí tenemos instaladas las aplicaciones que nos conectan con el trabajo (Slack, Teams, el correo, etc.)”.

De cualquier modo, la autora incide en que no quiere extender una narrativa antitecnología, “pero la realidad es que las dinámicas que nos ha traído el estar todo el tiempo conectados, es que el trabajo ocupa una gran parte de nuestro día a día porque lo tenemos literalmente al alcance de la mano”.

Las redes sociales y todas estas nuevas formas de tecnología han catapultado y han amplificado el hecho de que el trabajo permea en todos los aspectos de nuestra vida

“En la introducción del libro”, continúa, “me pregunto por qué yo no puedo dejar la bata colgada del perchero, olvidar el trabajo e irme a casa como hace el personal sanitario. Para mí es casi imposible desconectar. Internet, las redes sociales y todas estas nuevas formas de tecnología han catapultado y han amplificado el hecho de que el trabajo permea en todos los aspectos de nuestra vida y que estamos todo el rato expuestos a que pueda afectarnos e impactarnos durante todo el día”.

La identidad como construcción

Otro de los ejes más interesantes de Un trabajo soñado es la relación entre trabajo, identidad y redes sociales. La autora plantea una pregunta que atraviesa todo el ensayo: ¿dónde termina la persona y dónde empieza el personaje en internet?

Según su opinión, todos representamos un papel en internet. “De manera consciente o inconsciente, vamos creando nuestro propio avatar, como en Los Sims”, explica. Cada publicación, cada imagen, cada texto responde a una intención. “Cuando leemos un libro y nos parece muy interesante un extracto, lo publicamos en Stories porque queremos ser percibidos de una determinada manera y que nuestros seguidores digan, ‘Ah, mira, qué persona tan culta’. Y lo mismo pasa cuando pensamos en forma de tuits”.

El riesgo aparece cuando esa representación se impone sobre la realidad. En el libro, la autora cuenta el caso de la influencer Tavi Gevinson, que en un artículo escrito para la revista The Cut explicaba cómo había moderado ciertos rasgos de su personalidad real porque no cuadraban con su identidad en el mundo online.

“Eso me ha provocado que todo lo que veo en redes, aunque sea real, lo veo como inauténtico”, reflexiona. “Y me sabe mal haber caído en ese sobreanálisis, pero es que creo que es la realidad”.

Crear pensando en el algoritmo

El impacto de las redes en los procesos creativos es otro de los puntos clave. La lógica de la viralidad condiciona, en opinión de Manrique, la manera de pensar, producir y compartir.

“A la hora de crear algo, mucha gente tiene en cuenta cuántos likes va a conseguir, cuántas visualizaciones, etc. Es algo que muchas personas hacen constantemente en su trabajo incluso como filtro para saber si publican algo o no”, explica.

Esto hace que el proceso creativo se invierta. “Pienso qué va a funcionar en internet y entonces lo hago, no al revés”, afirma. “Eso hace que hayamos desnaturalizado el proceso creativo y que copiemos más, porque si vemos que algo funciona en TikTok, lo replicamos. Internet se ha convertido así en un copia-pega”. Que para colmo, suele ser recompensado por los algoritmos.

El precio de estar dentro

Como acabamos de ver, hoy en día internet “es un sistema muy demandante, que te exige muchas horas y que prácticamente nos exige la autoexplotación, el trabajar a cambio de visibilidad”, explica Manrique.

La alternativa no es sencilla. En opinión de la autora, salirse de esa lógica implica arriesgarse a quedarse atrás. “Creo que, por triste que parezca, quien para, pierde”, sentencia.

Es muy difícil pensar en internet como un patio de recreo

Internet, que en su origen fue un espacio de juego, conexión y descubrimiento se ha convertido en un entorno de trabajo. “Es muy difícil pensar en internet como un patio de recreo”, afirma Manrique. Las redes, según ella, ya no son solo un lugar donde expresarse, sino un escenario donde se compite por la atención, donde cada gesto puede tener un rédito y donde la espontaneidad queda atravesada por la lógica del algoritmo.

El resultado es un ecosistema tan lleno de oportunidades como de desgaste. Manrique no lo niega. Al contrario, “yo sé reconocer todas las oportunidades que me ha dado internet, pero también que el proceso me ha resultado muy cansado. Por eso decidí escribir este libro, para explorar y reflexionar sobre eso porque entiendo que hay mucha más gente a la que le ha ocurrido. Me gustaría que este libro abriera un poco el debate sobre ello, que animara a buscar una solución entre todos”.

Un trabajo soñado, por tanto, es una forma de hacer las paces con un sistema exigente pero sin dejar de cuestionarlo. Una invitación a repensar no solo cómo trabajamos, sino también desde dónde lo hacemos. Quizá la pregunta más importante que subyace a todo esto no es solo si es posible ganarse la vida en internet sino qué lugar queremos que ocupe el trabajo en ella.

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