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Opinión - 'En la España de hoy...', por Esther Palomera

¿Puede sobrevivir una relación de pareja si uno de los dos quiere tener hijos y el otro no?

Enric Auquer y María Rodríguez en 'Mamífera' (Liliana Torres, 2004).

Carmen López

23 de marzo de 2026 22:39 h

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Tener hijos o no era una cuestión que la mayoría de las parejas de hace un par de generaciones ni se planteaba como una opción a escoger. Se procreaba porque tocaba, lo mismo que tener un trabajo o pagar una hipoteca. Ahora quizá no se puede acceder a una vivienda en propiedad pero, por lo menos, sí se tiene la posibilidad de elegir ser madre o padre (aunque, en el caso de las mujeres, aún no vayan a estar libres totalmente de juicios externos). Una decisión que no es fácil, sobre todo si cuando llega el momento de planteárselo en serio no hay acuerdo entre los dos miembros de la dupla: si cada uno tiene una posición firme al respecto es complicado y quizá poco recomendable que dé su brazo a torcer.

En el caso de Paloma, de 43 años, su marido ‘pasó por el aro’ porque llegaron a una situación límite: si no intentaban tener un hijo, rompían. “A los 35 años más o menos sentí la necesidad de ser madre. Como si fuese el reloj biológico, veía a otras parejas tener hijos y pensaba por qué yo no”, declara a elDiario.es. Durante muchos años, su compañero se negaba porque no quería traer a niños a este mundo y su situación económica no era la mejor porque “un crío genera muchos gastos”. 

“Yo no podía obligarlo, evidentemente, pero recuerdo tener esa conversación: ‘Yo sí quiero ser madre y formar una familia. Si quieres seguir conmigo este camino, sigues y si no, tan amigos y aquí paz y después gloria”, recuerda Paloma. Y él se decidió por la paternidad antes del divorcio: “Al final, tú te das cuenta de que quieres una persona con valores afines y si no, lo que hacéis es amargaros la existencia uno a otro”. Ahora están súper felices con su hija y se arrepienten de no haberla tenido antes porque procrear, opina, “te hace madurar de otra manera, un clic en la cabeza, te pone en tu lugar de adulto”.

Su caso es solo un ejemplo de un vínculo que se salvó ante el dilema. Pero Naty, de 37 años, está convencida de que el suyo no lo soportará: ella quiere ser madre y él no, sin ninguna duda por ambas partes. Llevan juntos cuatro años y aunque tienen “una buena relación, que es sana” este tema les ha causado problemas. Ella no ve futuro con su actual compañero a largo plazo: “A mis 38 y medio, buscaré un tratamiento para hacerlo de forma autónoma, o sea, que se acabará”, manifiesta y deja claro: “Mi decisión de tener hijos no cambiará; la de estar en pareja, sí”.

Mi decisión de tener hijos no cambiará, la de estar en pareja, sí

Naty 37 años

A Jorge, de 43 años, le pasó algo parecido pero al revés. Cuando conoció a su anterior pareja, el tema de la procreación no estaba muy claro por ninguna de las dos partes. “En ese momento, yo tampoco tenía una idea fija sobre la cuestión”, comenta, pero con el paso del tiempo ella decidió que sí quería tener descendencia. “Sabía que llegaría un momento en que ambos tendríamos que definir qué queríamos al respecto. Cuando llegó, cada uno quería cosas diferentes”. La relación llegó a su fin y, a día de hoy, no se plantea la paternidad ni siquiera en un futuro.

Según un artículo publicado en la revista científica Demographic Research en 2021, firmado por los especialistas en demografía Maria Rita Testa y Danilo Bolano, cuando no hay acuerdo entre las dos partes de la pareja en este tema, la balanza suele decantarse por el sí. Pero si se plantea tener un segundo hijo, gana el no. Estas conclusiones se basan en los datos de la encuesta sobre Dinámica de Hogares, Ingresos y Trabajo en Australia (HILDA), que también afirma que “las mujeres tienen la última palabra en la decisión de tener el primer hijo, independientemente de la equidad de género en la pareja, mientras que se aplica un modelo simétrico de doble veto si la resolución se refiere a un segundo hijo o más”.

Consultar a profesionales

“En terapia nos encontramos a menudo con este conflicto”, declara Sofía Pérez, psicóloga especialista en ansiedad, autoestima y relaciones de pareja. Según su perspectiva, “se trata de una diferencia en el proyecto de vida y en la visión de futuro conjunta”, que crea un gran malestar porque no hay una solución intermedia. Y arroja un dato significativo: en su consulta no ha encontrado un patrón respecto al género, sino que más bien se trata de una cuestión de momento vital, valores personales y expectativas.

Blai, de 52 años, intentó llegar a ese equilibrio que Pérez señala como imposible (spoiler: no salió bien). A los tres o cuatro meses de empezar una relación, él aún no sabía que su novia quería ser madre e hizo una broma sobre las parejas que buscan quedarse embarazadas. “Fue nuestro primer encontronazo fuerte. A partir de ese momento, el tema fue recurrente”, afirma y añade que ella ya estaba en un programa de congelación de óvulos.

Fue nuestro primer encontronazo fuerte. A partir de ese momento, el tema fue recurrente

Blai 52 años

Intentaron ‘negociar’ para intentar salvar la situación y finalmente llegaron a un acuerdo: “Ella venía a vivir a mi casa, en un pequeño pueblecito (yo no quería vivir en la ciudad, donde vivía ella) y yo accedí a tener hijos. El tiempo de negociación duró algo menos de un año”. Intentaron concebir durante un mes y medio aproximadamente, pero después surgieron otros conflictos paralelos y finalmente, se separaron. Al poco tiempo, ella fue madre y él sigue sin querer tener hijos “bajo ningún concepto”, manifiesta.

"Cuando no hay acuerdo entre las dos partes de la pareja en este tema, la balanza suele decantarse por el sí. Pero si se plantea tener un segundo hijo, gana el no".

Judith Gallego, psicóloga de adultos y pareja, también considera que, al tratarse de un tema que implica un todo o nada, el intermedio “se hace casi imposible porque es una decisión que toca pilares muy fundamentales de uno mismo, como son la identidad individual y la definición del propio proyecto de vida. Quién quiero ser, para qué estoy aquí o cuál es mi propósito personal y vital”. 

La especialista comenta que las parejas suelen plantearlo como un problema que deben resolver pero, según su visión, “el enfoque de intervención va más orientado a ayudar a pensar sobre qué les hace tener esta disyuntiva”. Y, en muchas ocasiones, la posición del partidario de la maternidad o la paternidad no se cuestiona, mientras que la contraria sí. “El peso de la argumentación y defensa de su posición suele recaer en quien no quiere tener hijos. En este punto, es importante lograr hacer entender que ambas posiciones son totalmente legítimas”, sostiene. 

Para Sofía Pérez este es “uno de los conflictos con menor tasa de resolución”. A diferencia de otros, aquí la flexibilidad no siempre ayuda ya que “puede ser perjudicial para ambos y para la relación ya que no estamos ante un deseo negociable sino ante una decisión muy personal que se debe respetar. No hacerlo traería consecuencias negativas para ambos miembros”. Y remarca: “Tener hijos no se debe vivir como una obligación o una imposición (ya sea propia o externa)”.

Una decisión intermedia se hace casi imposible porque toca pilares muy fundamentales de uno mismo, como son la identidad individual y la definición del propio proyecto de vida. Quién quiero ser, para qué estoy aquí o cuál es mi propósito personal y vital

Judith Gallego psicóloga de adultos y pareja

Mientras que Pérez no ve patrón de género en su consulta, Gallego explica que entre sus pacientes cada vez se encuentra con más mujeres que no quieren ser madres y hombres que sí. Pero, sobre todo: “Cada vez se busca más seguridad, saber qué implicará, cómo se gestionará la crianza, cómo se repartirán las cargas, como quedarán las carreras profesionales o el tiempo libre individual. Se es más consciente de preservar la propia identidad además de la de padre o madre”. 

Entonces, ¿qué hacemos?

Sofía Pérez concreta que solo hay dos opciones. La primera, que uno de los dos implicados decida ceder para continuar juntos. En este caso, deben darse una serie de condiciones para que la opción sea sana y no tenga consecuencias negativas en el futuro: “Es una decisión que debe tomarse desde la libertad, no desde el miedo o desde la dependencia emocional. La persona debe sentir que, aunque pierde algo importante puede construir una vida igualmente plena y coherente y está dispuesta a hacer un duelo al respecto”. 

La segunda es, evidentemente, la ruptura. “En la mayoría de casos es la opción más sana y honesta. Implica aceptar la incompatibilidad en uno de los pilares de la relación”, dirime Pérez. En su consulta intentan, a través de la terapia, que la ruptura sea respetuosa y se facilite el procesamiento del duelo.

Gallego comenta que enfoca a sus pacientes a “tomar consciencia para que las decisiones que se tomen estén alineadas con los propios valores, necesidades y proyectos vitales”. Y subraya que es importante no olvidar a los —según su visión—, principales afectados, que serán los descendientes. “Los padres y madres deben ser responsables porque embarcarse en una paternidad o maternidad no deseada, inevitablemente les impactará”, concluye.

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