Ferraris y camionetas
Lo malo no es que el presidente de la Generalitat valenciana pierda la cabeza y, desde lo alto de una tribuna parlamentaria, asegure que a su rival político le gustaría coger una camioneta, venir a su casa de madrugada y que a la mañana siguiente apareciese muerto, boca abajo, en una cuneta. Esa fantasía es perversa y retrata el estado al que ha llegado el molt honorable Camps, pero es un acto humano: nada, mucho menos el poder, vacuna contra la locura. Lo peor es lo que viene después: el aplauso cerrado de todo el grupo parlamentario que, sin dudar ni un segundo, respalda a su líder mientras el eco de su eructo (eructar: expeler por la boca los gases del estómago) aún resuena en las paredes de les Corts. Un hombre puede perder el control, por un momento o por un ratito largo, y mezclar la manía persecutoria con ese mundo feliz lleno de amiguitos donde todo es muy bonito. Pero, ¿para qué están los otros 54 diputados autonómicos que tiene el PP en esa cámara? Para aplaudir, bravo, hurra, viva: que traigan ya la camioneta y marchemos todos juntos, Camps el primero, por el camino que lleva al abismo.
A falta de camioneta, Milano Bonito se dio el domingo un paseo en Ferrari mientras el presidente de su partido intentaba mostrar unidad en Barcelona. En Génova ha sentado fatal la foto de Camps a lo Miami Vice, no sólo por el plante a Rajoy. También demuestra otra vez que el president ha perdido la conexión con la realidad, que no es consciente de las repercusiones de sus palabras y actos. La responsabilidad no es sólo suya: 54 diputados y miles de militantes valencianos viajan con él en Ferrari y camioneta. De momento, sólo le dicen al señor conductor que acelere, que acelere.