Sobre este blog

La gastronomia sin 'masters' ni 'tops'. El delantal, el rodillo y la mesa. El fogón y la cazuela. Alimentarse para disfrutar. 'Miel sobre hojuelas', un espacio para vivir con gusto de todos los sentidos.

Comer

Comer. Ese acto que repetimos tres (con suerte cinco; algunos, por desgracia, no más de dos) veces al día. A veces mecánicamente. Muchas veces rápido. Otras con mucho gusto. Comer. Nos alimentamos y funcionamos. Nos sirve de excusa para reunirnos con los amigos, para seducir, para cerrar acuerdos, para disfrutar, para dejar atrás una etapa y abrir otra, para reconciliarnos, para contarnos secretos. Comida que termina con una buena sobremesa, con una charla y una copa, o quizá con una discusión, con un disgusto, con un nuevo proyecto o una desilusión, con una gran noticia.

La comida es nuestra seña de identidad, nos define como persona, como hogar, como región, es utilizada por las administraciones para crear una imagen de país. El ajoarriero, el marmitako, el cocido montañés o el pescaíto frito nos llevan mentalmente con tan sólo pronunciar su nombre a los lugares donde se cocinan. Los sabores forjan nuestros recuerdos y nuestros gustos, nos trasladan a la infancia, a aquellas vacaciones, a las comidas de los domingos en casa de la amama. La comida también se globaliza. El vino de Rioja Alavesa se vende en Texas, las grandes marcas de 'fast food' están presentes hasta en el lugar más recóndito del planeta, la industria de platos precocinados toca la tecla de nuestros recuerdos para vendernos sus pimientos rellenos, los mangos vienen de Perú y las papayas de Costa Rica para dar un toque exótico a nuestro postre. Afortunadamente, aún no todo es uniforme. Quedamos para comer un 'pintxo pote' (una consumición con tapa en Euskadi) y al otro lado del mundo alguien se mete a la boca un saltamontes frito con chile picante. Se nos hace la boca agua con unos buenos txipirones en su tinta y un inglés probablemente no entiende cómo nos puede gustar algo tan negro.

Sobre la comida pivota nuestra vida y también el mundo. El 14% de la población mundial sufre desnutrición y 25.000 personas mueren a diario por enfermedades asociadas a ésta, según datos de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), siempre fuera de los países que, quienes vivimos en ellos, llamamos con soberbia primer mundo. También según la ONU, “mil millones de adultos tienen sobrepeso, y más de 300 millones son obesos. Cada año mueren, como mínimo, 2,6 millones de personas a causa de la obesidad o sobrepeso”.

La comida genera intereses, mueve masas, construye modas, se convierte en una obsesión, divide el planeta. Empresas como Monsanto controlan casi la totalidad de la semilla transgénica en Estados Unidos y un gran porcentaje de la plantada en otros países del mundo, también en los más desfavorecidos. Esa soja y ese maíz manipulados genéticamente, que acabarán con el hambre en el mundo, según defienden quienes lo producen, pero que en realidad se cultiva en lugares donde falta para comer y en los que se trabaja a destajo para que comamos nosotros. Semillas sujetas a un contrato, que no pueden volver a cultivarse, que sólo pueden tratarse con químicos comercializados por las mismas empresas, que contaminan cultivos que intentan salir adelante en ecológico y un buen día se encuentran con una demanda judicial porque la naturaleza ha querido que alguna abeja haya fecundado la planta que no debía. Los alimentos ya no son sólo comida, sino un producto especulativo más. Y las variaciones de la bolsa de Chicago (que dependen de si alguien se ha levantado con resaca o de buen humor) deciden si mañana los egipcios podrán permitirse comer pan o los guatemaltecos tortas de maíz.

Dicen los afines a la soberanía alimentaria que tenemos el poder de ‘votar’ tres veces al día, desayuno, comida y cena. Tenemos la capacidad de elegir qué alimentos consumimos, si han sido producidos cerca de nosotros o muy lejos, si en el proceso se han respetado los ciclos naturales, los derechos de los trabajadores o la infancia, si los compramos en una gran superficie o en un mercado o en una tienda de barrio. Es decir, nuestra cesta de la compra, que ahora mismo nos da tantos quebraderos de cabeza, puede cambiar las cosas o dejarlas como están. La comida también decide nuestro futuro. ¿Qué decides tú?

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