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Viento del Norte es el contenedor de opinión de eldiarionorte.es. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

¿Educación obsolescente?

Vista de un aula vacía. EFE/Quique García

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Gonzalo Larruzea ha hecho en su blog recientemente una entrada de lo más sugerente. Bajo el título “Educar en el ser” nos traslada emotivamente a esa adolescencia en la que conocimos los estudios de los filósofos griegos y, ya con más edad y criterio, a las reflexiones sobre el esperanzador proyecto del Informe Delors, “La educación encierra un tesoro”. Sin embargo, ambas referencias no son sino el envoltorio en el que Larruzea protege su argumento principal: la necesidad de generar una educación tranquila, abierta a los cambios necesarios que cada época impone, pero que no olvida los principios argumentales que conforman nuestro propio ser. Insiste, con precisión, en no dejarnos llevar por cantos de sirena posmodernos que nos alejen inevitablemente de nuestra Ítaca particular.

Educar es siempre una tarea difícil, complicada, que requiere de personal especializado en su disciplina de enseñanza-aprendizaje, en coordinación con el mundo en que vivimos. No puede desligarse del ambiente que rodea al alumnado al que se dirige, pero no debe dejarse tentar por modas pasajeras, mediáticamente intencionadas, que, probablemente, busquen un rédito político-económico que responda a sus fines. Como concluye el propio Larruzea, “…hay que preparar para navegar por los cambios, sí. Pero habiendo aprendido a vivir conectados con las fuentes que habitan en el fondo de nuestro ser”.

Acierta el autor al recordarnos la fugacidad, las prisas, el escaso espíritu crítico con el que diariamente vivimos. Nos hemos acostumbrado a sentir que sólo el cambio continuo garantice nuestro bienestar, las formas de subsistir en esta sociedad capitalista que no cesa de inquirirnos capacidad de adaptación a los buenos tiempos. 

Hemos permitido que nuestros mayores, aquellas personas que han fundamentado la mayoría de las facultades que nos conforman como seres humanos, queden relegados a un ínfimo papel social. Hemos avalado la proliferación de geriátricos y residencias de mayores como solución ideal a un problema familiar molesto. Les hemos alejado de las nuevas tecnologías, convencidos de que su época había pasado, en vez de dedicarles tiempo y cariño ante los innumerables retos que la realidad actual les colocaba por delante.

Pugnamos con nuestra contemporaneidad por ser las personas mejor adaptadas al ritmo que nos imprime el neoliberalismo que nos gobierna. Quien no comenta la última novedad tecnológica, quien no está suscrito, al menos, a un par de plataformas audiovisuales, quien aún no ha recibido un servicio de venta online está perdiendo la ola que le permite seguir surfeando en la modernidad líquida actual. 

Es difícil evitar la tentación de estar a la última, de ser el/la mejor informado/a, de perder el tren de la instantaneidad, sin no ser consumido/a por la sensación de pérdida del tren. La intercomunicación, el exceso de información simultánea nos genera una tensión desmedida que, si no se controla, podemos acabar trasladando a las aulas.

Hemos renunciado a la tranquilidad por el estrés, al diálogo por el ruido mediático

Nos hemos familiarizado con términos tan abruptos como la obsolescencia programada, hemos aceptado que la vida de los instrumentos cercanos de los que nos rodeamos no dure más de unos poquísimos años. Esperamos con cierta ansiedad las campañas promocionales de moda estacional, como si los armarios se encontrasen vacíos. La impaciencia nos domina, acuciadas/os por un mercado que quema cualquier producto en cuanto se encuentra ya promocionado. Hemos renunciado a la tranquilidad por el estrés, al diálogo por el ruido mediático. Nos alejamos de quien prefiere analizar, comparar, comprender si eso supone ralentizar nuestro ritmo de vida. Y es contagioso, aunque con ello estemos renunciando a parte de nuestra libertad, a mantener el control de todos y cada uno de los actos, cediendo espacio a quienes ya deciden por nosotras/os, a quienes controlan mediáticamente nuestras constantes vitales, a quienes nos aplauden cada vez que superamos un reto personal deportivo.

Nuccio Ordine lo expresaba recientemente en un artículo: “La velocidad es cada vez más la expresión del poder social, la eficacia, el ahorro del tiempo. Frenar hoy significa “perder tiempo”. Y, sin embargo, si lo pensamos bien, el conocimiento, las relaciones sociales necesitan sobre todo “lentitud”.

Es importante frenar de vez en cuando, mirarse en el espejo y preguntarse, como ha hecho Larruzea si estamos educando también además de en la cuatro C clásicas del argot pedagógico en otras cuatro, tan necesarias como las anteriores: confianza, calma, concentración y contemplación.

También J.A. Marina en su última obra (“Proyecto Centauro”) coincide del peligro que supone la falta de libertad actual, ocasionada por una abdicación voluntaria del sujeto y no por formar parte de un sistema coactivo -aunque, también, apostillo-. De ahí que sea necesario una recuperación de la personalidad activa, aquella que podemos fomentar desde la escuela.

La educación -probablemente junto al fútbol, tema principal de debate social que cuente con más expertos/as sin conocimientos específicos- está en una encrucijada de la que debe salir sin prisas, pero sin pausas. Tan necesario es avanzar en los cambios que aporten mejoras al sistema, como mantener las esencias de nuestra columna vertebral educativa: equidad, solidaridad, empatía, libertad, espíritu crítico y protagonismo del profesorado. La nueva ley, la LOMLOE, tiene muchos defectos que habrá que intentar diluir en los desarrollos normativos posteriores; pero es una nueva oportunidad para demostrar que sin educación estamos condenados/as a repetir nuestros defectos. 

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Publicado el
14 de diciembre de 2020 - 20:56 h

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