¡Que caigan las caretas!
Acierta el periodista Luis López cuando en su columna dominical de 'El Correo' advierte de que esta sociedad vasca ha normalizado cierto grado de violencia, especialmente si viene desde un sector de izquierdas y, por supuesto, identitario. Al menos así parece desprenderse de las recientes declaraciones del equipo de Gobierno de la EHU (ex UPV) valorando las violencias en los campus universitarios, donde inevitablemente ha quedado ya retratado.
Si pretendemos acabar con las violencias, va siendo hora de que vayan cayendo ciertas caretas, aquellas que esconden actitudes no democráticas, ocultas entre una mayoría que sigue mirando hacia otro lado, sin sentirse mínimamente responsable del silencio cómplice en la época terrorista. También deberán caer aquellas otras que bajo un aparente manto solidario y empático tan solo identifica a sus iguales.
Una pancarta incluida en la Korrika 2026 deja nítidamente claro quiénes tienen derechos de reunión y a quienes es mejor no acercarse. Y, así debe ser: hablar con claridad, evitar actitudes dubitativas que hagan pensar a quien no es bien recibido que, en alguna ocasión, puede sentarse con ellos o ellas, compartir ciertas reivindicaciones y hasta soñar con que eres aceptado plenamente, pero siempre bajo sus incuestionables preceptos.
El error, sin embargo, no es de quienes postulan tal exigencia; el desacierto parte de cuantas personas creen que sólo compartiendo ideas y reivindicaciones se convierten en ciudadanas o ciudanos de pura cepa, que pese a no poseer innumerables apellidos autóctonos son aceptados o aceptadas como iguales. El error es de quienes piensan que boicotear a un equipo ciclista que representa a un país genocida, implica ser defensor o defensora también de cualquier vulneración de los derechos humanos, incluido el derecho al empleo.
Quienes así nos sentimos -confusos- no hemos calibrado que siempre hay algún censor revisando si seguimos las doctrinas correctas, si insinuamos alguna desviación que debe ser reconducida o si terminamos por plantearnos justicia en la aplicación del uso del euskera.
Y es ahí donde todo empieza y termina, en el idioma, en el euskera. Vencidas guerras absurdas, como la historiográfica, donde tenaces pseudohistoriadores fabularon el origen milenario de una nación única e invencible, solo quedaba la defensa inequívoca e inquebrantable del euskera, como rasgo identitario.
Porque en este tema no caben medias tintas: o se está a favor o en contra. De ahí la dificultad para alcanzar un bilingüismo efectivo. Defender el euskera -tal y como argumentan desde cierto purismo ideológico- significa aceptar un sinfín de cuestiones ajenas a cualquier idioma, como denuncia de vulneraciones legales, pérdida de empleos o aceptación de realidades aculturales, imponiendo ritos; en fin, comulgar con un nacionalismo excluyente.
Aludir al tótem nos deja en la desnudez; “ciertos desmanes” en políticas lingüísticas nos exponen al linchamiento; buscar la igualdad de oportunidades nos recuerda que seguiremos siendo advenedizos en una sociedad identitariamente pura y monolingüe. Sí, deben caer las carteas de quienes únicamente ven la paja en el ojo ajeno, de aquellas personas que apoyan la multiculturalidad solo en carteles reivindicativos.
Deben caer todas las caretas, sí, porque sería tremendamente irresponsable que alguien más tuviese que recordarnos el triste poema de Martín Niemöller, “Vinieron por ellos y no hice nada”.
Sobre este blog
Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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