El feto como súbdito y la mujer como incubadora
Hay una manera muy eficaz de imponer una idea: convertirla en sentido común. Que nadie tenga que argumentarla porque “es de cajón”. Eso es lo que está haciendo la derecha con la “ley del concebido no nacido”: vender como puro sentido común algo que en realidad es una jugada ideológica de enorme calado. ¿Quién va a estar en contra de “ayudar a las mujeres embarazadas”? Ese es exactamente el truco, disfrazar de obviedad lo que es una operación política de fondo, para que cuestionarla te haga parecer la mala de la película.
Isabel Díaz Ayuso la aprobó en Madrid con PP y Vox y el feto pasa a contar como uno más de la familia desde la semana 14, con becas y ayudas incluidas. Veremos cómo encaja esto con el principio de “prioridad nacional” de la ultraderecha que el PP ha asumido rápidamente. Alberto Núñez Feijóo promete llevarla a toda España. Que nadie se confunda: esto no es una ley de familia.
El sentido común que nos quieren colar es que “el feto ya es de la familia, faltaría más”. Suena bonito. Pero toda la vida el derecho ha distinguido, con buen criterio, entre proteger la vida en camino y decir que ya hay una persona completa con estatus propio ahí dentro. Esa distinción no era un simple tecnicismo, era lo que permitía que existieran a la vez el cuidado del embarazo y el derecho de la mujer a decidir. Borrarla de un plumazo, disfrazándolo de “ayuda a la maternidad”, no es cariño, es allanar el terreno.
Es la misma jugada que se hizo en Estados Unidos antes de tumbar el derecho al aborto. Es ir sembrando aquí y allá la idea de que el feto “ya es alguien” en leyes que nada tienen que ver con el aborto, hasta que ese debate ya está medio ganado sin que nadie lo haya discutido de cara. No se ataca la ley del aborto de frente. Se la rodea poco a poco, con “sentido común”, hasta que se cae sola.
Y se ha hecho no con un debate público sobre el aborto, sino con una ley de “ayudas a la familia”, aprobada a toda prisa fuera del periodo normal de sesiones, para que nadie tuviera tiempo de mirarla con calma. Eso no es cuidar a las familias. Es usar a las familias de tapadera para colar otra cosa.
Mientras tanto, a la infancia ya nacida que le den. Se legisla con solemnidad por un embrión de tres meses, pero en Madrid no hay comedor gratis ni escuela infantil pública de verdad. Un feto no pide sueldo, no hace huelga de cuidados, no reclama conciliación ni denuncia el techo de cristal. Por eso sale tan barato y tan rentable.
Al final esto es muy simple, y no hay que dejar que lo compliquen para que parezca inofensivo: la mujer deja de ser quien decide y pasa a ser el trámite por el que el Estado reconoce a “otro” antes que a ella. No es un debate de becas ni de burocracia. Es la pregunta de siempre: ¿quién manda sobre tu cuerpo, tú o el Estado que ahora te vigila desde el tercer mes con la excusa de que te quiere? Cada vez que se acepta como normal que “el feto ya cuenta”, se acepta también, sin decirlo, que la mujer embarazada cuenta un poco menos.
Desde Euskadi esto puede quedarnos lejos. Es fácil verlo como el incendio en casa del vecino. Pero Feijóo no quiere esta ley solo para Madrid: la quiere “nacional”. Y las encuestas de cara a 2027 señalan que PP y Vox suman hoy mayoría absoluta en el promedio de sondeos. Eso significa una ley también en Euskadi, sin que el autogobierno sirva de escudo: derecho civil y derechos fundamentales son competencia estatal, y ahí no hay Estatuto ni Concierto que blinde nada. Lo que hoy se ensaya en Madrid con nombre de trámite administrativo, mañana puede votarse en el Congreso. Lo demás es batalla cultural pagada con dinero público y disfrazada de obviedad. Y las mujeres, otra vez, el campo de batalla.
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