José Precedo, periodista: “Las mentiras en el periodismo español no se inventaron con las redes sociales, tenemos ejemplos muy clamorosos”
El Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia ha otorgado -por votación de los colegiados- su Premio Liberdade de Prensa a José Precedo (Oroso, Galicia, 1976), adjunto a la dirección de elDiario.es. La organización colegial de los periodistas gallegos ha destacado que, “ante el cuestionamiento de la fiabilidad de los testimonios periodísticos, supo defender la dignidad y la credibilidad del periodismo que respeta los procedimientos y la deontología”. Se refería al juicio contra el fiscal general, en el que Precedo compareció como testigo después de haber dirigido las investigaciones de este periódico que desvelaron los problemas con Hacienda de la pareja de Isabel Díaz Ayuso y sus negocios millonarios durante la pandemia. “Lo que descubrí en mi comparecencia como testigo es que no todos somos iguales ante el Tribunal Supremo”, explica en una entrevista en la que también se detiene en las dificultades y desafíos de su oficio: “Las mentiras en el periodismo español no se inventaron con las redes sociales, tenemos ejemplos muy clamorosos”.
El premio se llama Liberdade de Prensa, ¿corre peligro?
Puede estar más o menos en peligro, pero desde luego hay que defenderla cada día. En el contexto actual hay un interés por confundir el periodismo con otras cosas que no lo son y la situación se agrava. Y también es cierto que ahora el interés de mucha gente en confundir, en mezclar, en tergiversar y en manipular tiene muchas más herramientas a su alcance.
La distinción del Colexio de Xornalistas sirve de alerta.
Quiero agradecerlo por lo que significa de cariño de los compañeros. Seguramente lo merecían más Mary Bruce o los compañeros perseguidos en Nicaragua, pero la empatía a menudo se demuestra con la gente que tienes más cerca. En todo caso, un premio que defiende la libertad de expresión nunca puede ser individual cuando el trabajo es colectivo. Y, en este caso, es un premio al trabajo de una redacción que hizo una investigación muy seria durante mucho tiempo y que, después de eso, fue insultada y amenazada en privado, pero sobre todo, y más importante, en público, nada menos que en la sede del Tribunal Supremo, sin que nadie parase los pies a quien insultaba.
Decía que hay interés en confundir el periodismo con otras cosas que no lo son, ¿a qué se refiere?
Me refiero al espectáculo, me refiero a la propaganda, me refiero a las intoxicaciones del poder y me refiero a esa metáfora tan manida de que, igual que en las inundaciones lo primero que falta es agua potable, este exceso de comunicación, de redes, de portales, de pódcast, de vídeos, de todo tipo de formatos que la tecnología facilita como nunca antes en la historia ha hecho proliferar mensajes falsos y nocivos para las democracias.
¿Tiene solución?
No creo que haya que inventar nada muy nuevo, sino volver a lo que siempre ha sido nuestro oficio. Que era un oficio humilde, de contar cosas que otra gente no quería que se supiesen, y hacerlo con rigor, comprobándolo, y no en función de lo que aspire a recibir el lector, sino de unos mecanismos muy testados desde hace muchos años y que los que nos enseñaron este oficio tenían claros.
Algunos de esos elementos que, afirma, se confunden con el periodismo -el espectáculo, la propaganda, las intoxicaciones- no son nuevos en el periodismo. Existían antes de las redes sociales, antes del ascenso de la ultraderecha. ¿Qué ha cambiado?
Efectivamente, los grandes bulos que se han publicado, y ahora nos podemos ceñir a la prensa española, o a lo mejor es más preciso decir madrileña, no necesitaron redes sociales. Se han publicado mentiras flagrantes mantenidas en el tiempo porque eran rentables política y económicamente para esos medios. Ahora lo que hay son más instrumentos para ponerlos en funcionamiento. Pero efectivamente: las mentiras en el periodismo español o en el anglosajón o en el que sea no se inventaron con las redes sociales. Y en España tenemos ejemplos muy clamorosos.
¿Cuáles?
Se está juzgando ahora mismo la Operación Kitchen. En ese caso hubo comisarios corruptos y hubo periódicos que publicaron dosieres falsificados contra rivales políticos del Partido Popular. Y a veces se da la anomalía de que quienes publicaron todas esas informaciones falsas que procedían de comisarios corruptos intentan darnos lecciones a quienes solo contamos la verdad. Y no solo eso, sino que, en el caso del fiscal general, editorializan con supuesta gravedad sobre que una filtración es algo muy grave y penalmente perseguible. La filtración, que es como se llama a las exclusivas de los demás, es grave cuando la hacen los demás aunque la información sea cierta, pero es periodismo cuando la hacen otros aunque la información sea falsa y parta de comisarios corruptos.
¿Cuándo empezaba en el oficio imaginó alguna vez que acabaría en el Supremo declarando?
No. Y cuando empezaba en el oficio, la primera vez que tuve que ir ante un juez sentí mucho agobio. Primero, porque el periodista, por lo menos era así lo que yo aprendí, no quiere ser protagonista, y menos en un tribunal. Lo que sí descubrí en el Tribunal Supremo en mi comparecencia como testigo es que no todos somos iguales ante el Tribunal Supremo. Más allá de lo que diga la sentencia, que todavía tiene recorrido y que probablemente se dirimirá en el Constitucional o en instancias europeas. A algunos testigos se les permitió insultar y arrastrar el nombre de una redacción y a otros no se nos permitió defender el trabajo riguroso de esa redacción.
Un magistrado también le advirtió que no lo amenazase cuando usted expuso que sabía que el fiscal era inocente.
Cuando escuché al presidente del tribunal decir “no nos amenace”, pensé que se había confundido de palabra y que estaba diciendo algo así como “entiendo su libertad para no revelar las fuentes, pero no nos lo restriegue”. Después, leída la sentencia, empecé a dudar y a pensar: lo que estaba diciendo el presidente del tribunal es “no nos amenace porque va a haber una sentencia y usted puede tener la tentación de revelar la fuente y podría quedar desbaratada la sentencia”.
Usted defendió en el juicio la inocencia del fiscal general.
Cuando dije que sabía que el fiscal general del Estado era inocente, no lo hice para exculparlo, lo hice porque el Tribunal Supremo había estipulado unas semanas antes que, si una información circula por las redacciones aunque no haya sido publicada, ya no tiene la condición de secreto y no puede haber revelación de secretos.
¿Era el caso?
Yo sabía que esa información circulaba por las redacciones antes de que llegase a manos del fiscal. Después el Supremo cambia de criterio y determina que, si esa información circulaba por las redacciones, todavía era secreta contradiciendo sus tesis anteriores. Cuando dije que sabía que era inocente no era porque supiera las fuentes de mis compañeros de otros medios, era por el criterio anterior del Supremo.
¿Qué ha aprendido de la experiencia?
Cuando te sientas ante el Tribunal Supremo, lo primero que te preguntan es si tienes relación de amistad o enemistad con las partes. Yo cuando me senté ahí no tenía toda la información. Pero semanas después, en elDiario.es descubrimos que uno de los magistrados había dirigido la tesis del abogado de la acusación. Que dos de los magistrados habían cobrado de la acusación por dar unos cursos. Seguro que el abogado del periódico no me lo recomendaría, pero, periodísticamente, a uno le gustaría repreguntar: y ustedes, ¿tienen alguna relación de amistad o enemistad con alguna de las partes?
Existe el tópico de que el periodismo resiste o se enfrenta al poder, aunque muy a menudo es al contrario. Pero en ocasiones sí sucede, como fue este caso. ¿Cómo se aguanta esa presión?
Con una defensa colectiva. Primero del medio de comunicación y de su dirección, de los lectores y de una comunidad de socios que apoya este tipo de periodismo. Pero también con todos los profesionales que formaron parte de una investigación muy larga. Esto no fue un papel que pasaron a elDiario.es, fueron semanas de trabajo, de mirar registros mercantiles, de acudir a oficinas en Sevilla para ver quiénes eran esos empresarios que estaban fabricando facturas, de explicarlo en un pódcast, de hacer vídeos, de moverlo en redes sociales. Es una tarea colectiva. Y la defensa de la profesión, que yo creo que se hace básicamente publicando, no dejando de publicar por muchas que sean las presiones, por mucho que te digan que te van a cerrar el periódico, es una defensa siempre colectiva. Y, luego, es fundamental no revelar las fuentes.
Un principio básico.
Hay lectores de elDiario.es o compañeros de otros medios que me reprochan que no revelase la fuente cuando había una persona que podía ir a la cárcel -al exfiscal le pedían seis años de cárcel- y a la que han arruinado su prestigio y descabalgado del puesto de sexta autoridad del Estado. Entiendo esa crítica, pero no podíamos hacer otra cosa. El dilema que se planteaba no era revelar la fuente o no, era revelar la fuente y dejar la profesión. Porque una vez que revelas una fuente, tú no puedes presentarte ante otra persona para que confíe en ti. En la conversación que tuve con Ignacio Escolar [director de elDiario.es], me dijo: “No es que tú tengas que dejar la profesión, es que elDiario.es no podría seguir como medio, porque es un medio que no protege a quien le trae noticias”.
Antes precisó que, más que de prensa española, habría que hablar de prensa madrileña. Una parte importante de su carrera periodística transcurrió en Galicia y luego se fue a Madrid. ¿Qué diferencia esos dos ecosistemas mediáticos?
Galicia es un sitio más cerrado, con menos medios, donde el poder económico y el político, si es que fueran cosas diferentes, mantienen atenazados a buena parte de los medios. A muchos periodistas gallegos que estamos en Madrid nos habría gustado seguir nuestra carrera en Galicia, donde también hay periodismo valiente, lo ha habido siempre. Pero, con eso y con todo, creo que en Galicia el día a día es un poco más respirable, si tienes la suerte de poder trabajar en un medio libre.
¿Qué sucede en Madrid?
Hay una mayoría los medios influidos por un poder político que manda mucho en la comunidad. Por el mero tamaño también hay más medios independientes o con otras líneas editoriales, pero el ecosistema es más irrespirable. Es irrespirable como es irrespirable el ambiente político en Madrid. Si sales cien kilómetros en cualquier dirección, ves que eso ya no es tan así. Y, tengo que decirlo, en esta ciudad he visto cosas que se camuflan como periodismo que nunca había visto.
¿Por ejemplo?
El deterioro de la profesión y del oficio en algunos profesionales, sin generalizar por medios de comunicación, no lo había visto nunca. Y creo que explica bien por qué el periodismo tiene la valoración que tiene por parte de la ciudadanía. Todos hemos cometido errores alguna vez, lo que distingue a los periodistas decentes de los que no lo son es que cuando cometes un error pides perdón y te disculpas. Aquí he visto publicadas verdaderas barbaridades y nadie ha perdido perdón.
A su juicio, ¿qué es lo más importante para el periodismo?
No me siento con capacidad para dar lecciones a nadie, más allá de las que a mí me enseñaron: intentar trabajar con rigor y honestidad, y respetar los códigos del oficio. Es difícil decirle a los periodistas lo que tienen que hacer y cómo hacer su trabajo. Pero es bastante fácil decir lo que no tienen que hacer. Todos los periodistas sabemos lo que no debemos hacer. Por citar a alguien que nos ha enseñado a todos, Iñaki Gabilondo decía que en los trenes no hay carteles de prohibido escupir en el suelo y no porque no se pueda escupir, sino porque hemos asumido que no se escupe en el suelo. Pues creo que ahora en el periodismo va a haber que poner los carteles de prohibido escupir en el suelo.
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