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Hortalizas con conciencia

Rus in Urbe emplea personal con discapacidad intelectual para mantener a punto huertos urbanos en la ciudad de Madrid al servicio de los urbanitas con ganas de conectar con la tierra

Los trabajadores de Rus in Urbe

Los trabajadores de Rus in Urbe

Campo en medio de la ciudad. De la gran ciudad. En la capital madrileña se han abierto unas islas verdes que no son los parques municipales. Son espacios interactivos entre la ciudadanía y las plantas. Huertas en Madrid. Rus in Urbe es un proyecto de la Fundación Carmen Pardo-Valcarce y liderado por Sandra Carretié y Tesa de la Quadra-Salcedo que pone a disposición de los urbanitas la posibilidad de criar sus hortalizas para olvidar por un rato el ritmo de la capital.

Sandra explica que esta posibilidad ofrece a las personas una vía para "meter las manos en la tierra". Pero un huerto precisa cuidados constantes. Y la vida laboral y urbana no da ese tiempo todos los días. Ahí es donde aparece un grupo de personas con discapacidad intelectual: el equipo de guardia. Son once chicos y chicas que mantienen lahuertademontecarmelo y la tienen a punto para que cuando los titulares acudan la encuentren dispuesta y perfecta. Ellos en la Huerta de Montecarmelo "han pasado a ser el experto. Son la persona a la que llega cualquiera de los usuarios y le pregunta cómo hacer las cosas. Es muy importante sentir que eres la persona a la que escuchan cuando en el mundo de la discapacidad tú eres la persona a la que ayudan, explican y atienden. Ese cambio de rol da un empujón de autoestima y te hace sentir muy válido", cuenta Sandra con rotundidad.

La Huerta de Montecarmelo (asesorada por Momentum Project, programa apoyado por BBVA y ESADE) nació en 2011 en ese barrio de Madrid. Su origen está en un programa de inserción laboral para personas con discapacidad en vivieros de plantas llevado  a cabo por la fundación. Con la crisis económica, la actividad disminuía, comentan las coordinadoras. Así  que pasaron a reorentar ese trabajo y montaron Rus in Urbis. "Los chicos tuvieron que readaptar su habilidades porque no es lo mismo el cultivo repetitivo de un viviero que la hortocultura", pero la jugada salió perfecta ya que esta dinamica "más creativa y variada", satisface mucho más a los chavales.

Cada huerto tiene 20 metros cuadrados y las instalciones para hacerlo brotar. Los empleados te lo dejan fetén para cuando puedas escaparte. La actividad está funcionando tan bien que quieren trasplantarla a otras zonas de la ciudad donde acoger a un mayor número de cultivadores permanentes y esporádicos. Teresa resume su manera de funcionar: "Solo ser responsables, respetuosos y con sentido común".

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