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Kaiser Kuo: “Para entender a China, empecemos por comprender cómo piensan los chinos”

Kaiser Kuo, periodista, profesor asociado de la New York University (Shangai) y músico chinoestadounidense.

Hernán Garcés

2 de abril de 2026 22:05 h

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Una reciente encuesta del think tank European Council on Foreign Relations señala que el 45% de la ciudadanía de la Unión Europea considera a China un socio necesario, que el 24% la percibe como rival, el 8% como adversario y el 5% como aliado. En Brasil, el único país de América Latina encuestado, el 46% ve a China como socio necesario y el 27%, como aliado. En este cambio histórico urge profundizar nuestro conocimiento de una civilización milenaria desde una mirada de respeto. Una de las voces más interesantes es la de Kaiser Kuo, periodista, profesor asociado de la New York University (Shangái) y músico chinoestadounidense, puente entre dos mundos y director del pódcast Sinica. Se le reconoce como una referencia para seguir con rigor la actualidad china, reunir a los principales expertos, aportando contexto, matices y claves para entenderla más allá de titulares sensacionalistas y alarmistas.

Entrevistamos a Kaiser Kuo con motivo de la publicación El gran replanteamiento: lo que Occidente debería aprender de China, un largo ensayo que, según numerosos y eminentes académicos, fue uno de los mejores de 2025 y ha abierto un debate estimulante sobre los marcos de análisis occidentales aplicados a China.

Según dice, que Occidente reconozca los logros de China no implica que deba abandonar sus valores, declarar superiores los sistemas autoritarios ni imitar servilmente rasgos del modelo de gobierno chino. Al mismo tiempo, reconoce que es un desafío intelectual ¿Por qué?

La empatía emocional ordinaria es la capacidad de comprender cómo responden otras personas ante situaciones emocionales básicas. Por ejemplo, si me dicen que tu madre acaba de morir —la mía murió hace unos años—sé lo que se siente y sabré cómo reaccionar. Sin embargo, la empatía cognitiva es algo diferente y no surge de manera natural, sino de la capacidad de comprender a alguien de un entorno cultural completamente distinto, con experiencias históricas diferentes y con valores, creencias y hábitos mentales moldeados por otro mundo. Cuando te pones en los zapatos de otra persona no estás renunciando a tus valores porque en cualquier momento puedes volver a ponerte los tuyos.

La narrativa dominante asume que toda potencia en ascenso quiere dominar: sustituir a EEUU como hegemón global y luego reconfigurar el mundo a su imagen. Eso es proyección: como es lo que nosotros hicimos, o hemos hecho, damos por hecho que cualquiera actuaría igual. Es una falacia lógica

¿Qué logros deben ser reconocidos?

Son muchos, pero por citar algunos. Desde principios de los años ochenta, según el Banco Mundial, China ha sacado de la pobreza extrema a casi 800 millones de personas, lo que representa, aproximadamente, tres cuartas partes de la reducción mundial de la pobreza en ese periodo. La esperanza de vida, que en 1960 era de apenas 33 años, llegó a 78 en 2023; en EEUU la esperanza de vida al nacer en 2023 fue de 78,4.

Desde hace alrededor de una década, casi todos los hogares cuentan con acceso a electricidad. La matriculación en educación secundaria es hoy prácticamente universal. Además, el ingreso per cápita pasó de unos pocos cientos de dólares a finales de los setenta a más de 13.000 dólares en la actualidad. En apenas dos décadas ha construido una red ferroviaria de alta velocidad que supera los 50.000 kilómetros. Finalmente, en torno al 90% de los hogares chinos es propietario de la vivienda en la que vive.

¿Cómo explica que una parte de Occidente no los reconozca?

El temor de que si se reconoce que se han hecho cosas bien suponga una traición a los valores de la Ilustración y del liberalismo: lo que no es cierto. Se suma la creencia de que su colapso es inminente. Se supone que los sistemas autoritarios son frágiles, que el Partido Comunista carece de legitimidad y que la mayoría detesta a su Gobierno. Cuando eso no ocurre se lo ve como una anomalía: no como una refutación de la premisa, sino como una excepción. Ese es el problema.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente de China, Xi Jinping, en una imagen de archivo tomada en Busán, Corea del Sur, el 30 de octubre de 2025. EFE/EPA/YONHAP SOUTH KOREA OUT

¿Qué relación tienen los chinos con su gobierno?

Muchos no perciben al Estado como una imposición opresiva. La legitimidad se basa en su eficacia: en la satisfacción de necesidades materiales básicas, en el orden, en el renacimiento nacional y en un sentimiento de dignidad. No es necesario suscribir esa visión para reconocerla. Deng Xiaoping solía decir: “Buscar la verdad en los hechos”. Creo que es un método útil. Si de verdad queremos entender a China, debemos empezar por comprender qué creen realmente los chinos.

Usted entrevistó recientemente a Adam Tooze, eminencia en el estudio de la arquitectura del sistema capitalista. Tooze afirma en su entrevista que “China no es solo un problema analítico”, sino “la clave maestra para comprender la modernidad”. También la describe como “el mayor laboratorio de modernización organizada que ha existido o que existirá”. ¿Qué opina al respecto?

En Occidente, la modernización se asocia a la Ilustración: la emancipación del individuo frente al Estado y al dominio opresivo de la Iglesia Católica. En China, la urbanización, la industrialización, la digitalización y la descarbonización se han comprimido en apenas unas décadas y se han llevado a cabo, desde la perspectiva occidental, con un grado inusual de coordinación estatal. China es fundamental si queremos entender cómo funcionan realmente las sociedades modernas a gran escala: qué funciona, qué no y qué compromisos exige

El temor de que si se reconoce que se han hecho cosas bien suponga una traición a los valores de la Ilustración y del liberalismo: lo que no es cierto. Se suma la creencia de que su colapso es inminente. Se supone que los sistemas autoritarios son frágiles, que el Partido Comunista carece de legitimidad y que la mayoría detesta a su Gobierno

Señala que “el sistema que impulsa su éxito es una aleación extraordinariamente compleja de confucianismo, leninismo, autoritarismo tecnocrático, capitalismo de Estado y mecanismos de mercado”. En Occidente esto es difícil de comprender porque el sistema aspira a una coherencia.

China no funciona así. Existe una larga tradición de sincretismo: durante siglos fue perfectamente normal que alguien fuera confuciano en su vida social, familiar y política; que, al pensar en el sufrimiento y la muerte, asumiera valores budistas y que fuera taoísta en lo relativo a la naturaleza, la salud o la cosmología.

¿Pero son compatibles?

Lo que importaba no era la consistencia teológica, sino cómo funcionaba en la vida cotidiana. Siempre hubo mucha polinización y mezcla entre distintas escuelas de pensamiento; lo que se traslada a la gobernanza china contemporánea. Por un lado, hay sistemas confucianos de jerarquía y obligación: los deberes y responsabilidades del gobernante y de los gobernados. Por otro lado, convive con la disciplina organizativa leninista y con mecanismos de mercado muy neoliberales, junto con una lógica de pericia tecnocrática, al estilo de Singapur. Todo ello articulado por una estructura política autoritaria que lo mantiene unido.

¿Qué rol juega la ideología?

El sistema actual no busca la pureza ideológica como sí lo hizo en el pasado con un comunismo doctrinal estricto. En la actualidad busca lo que realmente funciona y esa disposición a convivir con tensiones no resueltas es una parte importante de cómo ha logrado cambios de una escala extraordinaria.

Cita al historiador J. Levenson, de la universidad de Berkeley, quien en Confucian China and Its Modern Fate (1968) sostuvo que la aspiración de China era encontrar un camino que permitiera alcanzar riqueza y poder de un modo a la vez auténticamente chino y objetivamente eficaz.

Según Levenson una civilización es estable cuando lo propio y lo verdadero permanecen en armonía: cuando los supuestos heredados de una sociedad sobre cómo funciona el mundo se ajustan a la realidad observable. La inestabilidad surge cuando dejan de coincidir, cuando lo que la tradición afirma que debe ser verdad ya no concuerda con lo que se puede ver claramente. China no fue una sociedad estable cuando, a mediados del siglo XIX, entró en colisión con el Occidente que se industrializaba y con las Guerras del Opio. El reconocimiento de que las certezas confucianas sobre la centralidad de China y su superioridad civilizatoria no podían explicar los barcos de guerra en el rio de las Perlas. Para Levenson, desde entonces, la gran búsqueda de los intelectuales chinos ha sido intentar encontrar una forma de alcanzar riqueza y poder sin caer en una negación cultural de sí mismos.

Una ventaja de China es que no hay negacionistas del cambio climático. EEUU se ha retirado, por segunda vez, del Acuerdo de París, y ha acabado con la limitación de gases de efecto invernadero. Es difícil no concluir que EEUU ha optado por la abdicación antes que por el liderazgo

¿Cuál ha sido el resultado de la búsqueda?

Lo llamativo es que nunca ha abandonado esta búsqueda. Continuó pese a numerosos fracasos: revolución, colapso, catástrofe y reinvención. Desde la era de las reformas, muchos intelectuales y personas influyentes sostienen que se cumplen esas condiciones. Xi Jinping incluso le pone un nombre: “Socialismo con características chinas para una nueva era”. Que uno apruebe o no este desenlace es otra cuestión, pero es una resolución de problemas históricos a una escala que no todas las civilizaciones han afrontado y logrado.

Es difícil comprender la política exterior de EEUU sin su excepcionalismo. Señala en su ensayo: “Muchos intelectuales chinos con los que he hablado o a quienes he leído, por patrióticos que sean y por mucha confianza que tengan en los logros de su país, todavía parecen no estar preparados para afrontar lo que esos logros significan”. ¿Podría desarrollar?

Muchos de ellos siguen operando con un modelo mental moldeado por la debilidad, la humillación, la necesidad de ponerse al día y por la ansiedad respecto de la soberanía y del estatus en el mundo. Durante unos 180 años, las élites chinas estuvieron condicionadas a ver a su país como rezagado frente a Occidente y a un Japón industrializado. China tiene su propia versión del excepcionalismo, y supongo que incluso podría sostenerse que, a su manera, es igual de arrogante; pero es muy diferente.

¿Puede explicarlo?

El excepcionalismo de EEUU es universalista. Parte de la premisa de que los valores y las instituciones de EEUU deberían valer para todo el mundo y en cualquier época, como norma y molde para la civilización. El excepcionalismo chino es particularista.

Muchos no perciben al Estado como una imposición opresiva. La legitimidad se basa en su eficacia: en la satisfacción de necesidades materiales básicas, en el orden, en el renacimiento nacional y en un sentimiento de dignidad. No es necesario suscribir esa visión para reconocerla

¿En qué sentido?

China ve los valores y las instituciones como producto de su propia historia, de sus condiciones específicas y de su experiencia civilizatoria; es decir, como algo distintivo y no exportable. Además, nunca ha mostrado un afán de proselitismo: no es una fe misionera como a menudo lo es el excepcionalismo estadounidense. Esta diferencia incide mucho en cómo las élites chinas piensan el poder: en términos de responsabilidad y de lo que el éxito de su país significa para el resto del mundo. También hay una cierta preferencia cultural por la humildad y la modestia. Si uno observa la manera en que se comportan muchas personas, no suele celebrarse al individuo estridente, avasallador o agresivo; se valora más a quien es discreto, reservado y contenido. Es, en parte, una cuestión de estilo y de códigos culturales.

Un estudio reciente publicado en la revista International Security, una de las más prestigiosas en relaciones internacionales, sostiene que existe una lectura dominante según la cual “China tiene objetivos expansivos para dominar no solo Asia, sino el mundo” y “busca sustituir a EEUU como hegemón global”. El estudio cuestiona esa lectura y sostiene que las prioridades de China se centran en la seguridad del régimen y en el desarrollo socioeconómico. ¿Qué opina?

La narrativa dominante asume que toda potencia en ascenso quiere dominar: sustituir a EEUU como hegemón global y luego reconfigurar el mundo a su imagen. Eso es proyección: como es lo que nosotros hicimos, o hemos hecho, damos por hecho que cualquiera actuaría igual. Es una falacia lógica.

Las prioridades de China son sobre todo internas: la supervivencia del régimen, la estabilidad interna, la integridad territorial y mantener el desarrollo económico. Eso no significa que sea pasiva ni completamente benigna. Puede mostrarse muy firme cuando percibe en juego sus intereses vitales y su poder, sobre todo para sus vecinos o para quienes dentro de China no pertenecen a la mayoría han, puede resultar intimidante, incluso amenazante. Pero no parece dispuesta a asumir los costes y responsabilidades de un papel hegemónico, ni tiene la ambición ideológica de ejercer de ‘policía global’. El riesgo, a mi juicio, es leerla inevitablemente con ese prisma. El riesgo es en interpretar a China bajo el prisma de una hegemonía inevitable

Archivo - La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, se reúnen con el presidente de China, Xi Jinping, en el marco de la cumbre UE-China.

¿Por qué?

Si proyectamos sobre China las mismas ambiciones que extraemos de nuestra propia experiencia histórica occidental, corremos el riesgo de provocar el conflicto que decimos querer evitar. Acabamos respondiendo a una intención imaginada, en lugar de a conductas observables o a prioridades reales.

El profesor Hugh White, una figura destacada en relaciones internacionales y gran conocedor de China, ha señalado recientemente que el Comité Permanente del Partido Comunista ha leído todos los grandes libros de la geopolítica occidental. Tengo la impresión de que, en general, la élite intelectual y política china posee un conocimiento más profundo de Occidente que viceversa. ¿Está de acuerdo?

Las élites chinas, especialmente en política exterior, tienden a estudiar mucho la historia occidental, el pensamiento político y la gran estrategia. Institucionalmente, el canon occidental se estudia muy en serio, aunque sea por puro realismo: ‘conoce a tu enemigo’. Si eres un ‘desarrollador tardío’ como China, estudias a quienes hicieron las reglas: su historia te muestra cómo acumularon y conservaron el poder, y también cómo lo perdieron, sobre todo si aspiras a convertirte tú en el que dicta las reglas.

En China hay sistemas confucianos de jerarquía y obligación: los deberes y responsabilidades del gobernante y de los gobernados. Por otro lado, convive con la disciplina organizativa leninista y con mecanismos de mercado muy neoliberales, junto con una lógica de pericia tecnocrática, al estilo de Singapur. Todo ello articulado por una estructura política autoritaria que lo mantiene unido

¿Qué conocimiento tiene Occidente de China?

Cuando crees que tú eres quien dicta las reglas, no hay mucho incentivo para hacer esa lectura atenta. Empiezas a asumir que tu propia experiencia es universal; volvemos, en el caso estadounidense, al excepcionalismo. Aunque hay excepciones, como Kevin Rudd, ex primer ministro australiano, no es lo habitual. Con frecuencia, políticos y comentaristas se acercan a China a base de resúmenes y abstracciones, más que de un estudio serio de su historia y sus debates; cuesta justificarlo: existen excelentes recursos.

Sin embargo, la asimetría funciona en ambos sentidos. A veces me sorprende hasta qué punto algunas élites chinas interpretan mal a EEUU: no parecen comprender cosas básicas sobre sus intenciones, su política o su cohesión interna. En parte, fallan porque EEUU es demasiado abierto y transparente. Desde China se busca una línea coherente —‘¿cuál es la posición de EEUU sobre esto?’—, pero no existe una única fuente de voluntad o de ‘mente’ estadounidense.

¿En qué sentido?

¿Es la Casa Blanca? ¿El Consejo de Seguridad Nacional? ¿El Departamento de Estado? ¿El Senado? ¿La prensa, o es el consejo editorial del New York Times? A veces esas voces coinciden y, visto desde Pekín, eso puede parecer coordinación, incluso una conspiración: como si todos siguieran instrucciones de un mismo centro. Pero, en realidad, suele ser algo mucho más difuso: respuestas paralelas a valores compartidos, a un consenso cultural y político que se forma en el debate público, más que a una dirección centralizada.

El cambio climático es una de las grandes amenazas para la humanidad. Adam Tooze ha afirmado que “solo China puede liderar hoy al mundo en la lucha contra el cambio climático”. Usted ha entrevistado a numerosos expertos sobre este asunto: ¿qué políticas está impulsando China y cómo se comparan con las de EEUU?

Una ventaja de China es que no hay negacionistas del cambio climático. EEUU se ha retirado, por segunda vez, del Acuerdo de París, y ha acabado con la limitación de gases de efecto invernadero. Es difícil no concluir que EEUU ha optado por la abdicación antes que por el liderazgo: se apoya en los combustibles fósiles y no avanza de forma significativa en renovables.

China se ha movido en la dirección opuesta. Ha formulado objetivos de largo plazo: alcanzar el pico de emisiones en 2030 y lograr la neutralidad de carbono en 2060. China está intentando refundar su modernidad industrial sobre la electricidad renovable y como señala Tooze, no se trata solo de recortar emisiones, sino de reorganizar la base energética de la industria y, con ella, la idea misma de poder y desarrollo.

¿Qué entiende por poder y desarrollo?

Hay una creencia bastante extendida, simplificadora, según la cual las grandes potencias han estado ligadas al sistema energético dominante de su época: los Países Bajos en la era del viento, Reino Unido en la del carbón, EEUU en la del petróleo. Muchos piensan que China aspira a ser la potencia dominante en la era de la electricidad, y en particular de la electricidad renovable.

La observación de Tooze la leo como una constatación empírica. El abaratamiento de las renovables tiene mucho que ver con la capacidad china para producir a gran escala (polisilicio, paneles fotovoltaicos, aerogeneradores), con planificación de largo plazo y con ejecución industrial. Sin China, la descarbonización global no es plausible; no salvará por sí sola al mundo, pero al menos le da una oportunidad real. Por eso me sorprende la irritación en torno a la supuesta “sobrecapacidad” china: el mundo, objetivamente, necesita más de esa capacidad, no menos.

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