50 AÑOS DEL WATERGATE

Todas las mujeres del presidente

Martha Mitchell en un evento de recaudación en Washington en noviembre de 1970.

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Martha was right” (“Martha tenía razón”). Eso se lee en la espalda de la camiseta que el podcast Slow Burn dedicado al Watergate vendía en una de sus emisiones en directo en un teatro de Chicago en 2018. Martha era Martha Mitchell, influyente estrella conservadora, esposa del fiscal general y jefe de campaña de Nixon, y una de las primeras personas que denunció la responsabilidad del presidente en el escándalo del Watergate.  “Si no hubiera sido por Martha, no habría habido Watergate”, le dijo Nixon al periodista británico David Frost en una célebre entrevista en 1977.

Slow Burn era un podcast que produjo para Slate el periodista Leon Neyfakh, que por su edad y experiencia no había vivido el Watergate (nació en 1985 en la Unión Soviética) y que se acercaba por ello a la historia con ojos frescos. El primer episodio se llamaba “Martha” y contaba la historia que más le había llamado la atención y de la que menos había oído hablar sobre el escándalo. Ese capítulo ha inspirado ahora la serie Gaslit, en la que Julia Roberts interpreta a Martha y que se emite en torno al 50º aniversario del asalto a la sede demócrata en el complejo de oficinas y viviendas del Watergate de Washington el 17 de junio de 1972.

Los incontables libros que cuentan el escándalo, incluidos los de Bob Woodward y Carl Bernstein, habían dejado a menudo a Martha Mitchell en una mención menor y pasajera sin importancia en comparación con los que parecían los únicos protagonistas, desde el consejero de la Casa Blanca que se quitó de en medio y testificó sobre lo que estaba pasando, John Dean, hasta el equipo de fieles de Nixon, entre los que estaba al menos al principio John Mitchell, y por supuesto Mark Felt, el número dos del FBI que reveló en 2006 que él fue Garganta Profunda, la fuente de Woodward. 

Sin embargo, sorprende cómo el relato de la historia dejó de lado a alguien tan omnipresente y poderoso entonces como Martha Mitchell. En 1972, era una de las mujeres más famosas y reconocibles en la política en Estados Unidos. Solía salir en los programas de más audiencia. Su acento de Arkansas, su risa fácil y su talante bromista hacían que fuera una entrevistada atractiva y una de las mujeres más presentes en la campaña para la carrera presidencial de Nixon. Teddy White, cronista político que se hizo famoso por sus libros sobre las campañas presidenciales, la definía como “una gran anfitriona sureña”. Era un personaje constante en las portadas y los titulares hablaban de ella por el nombre de pila. En un programa de comedia política en televisión dijo: “John y yo tenemos el acuerdo perfecto. Él lleva la Fiscalía General y yo llevo el resto del país”. 

“En una era en la que los hombres lo dirigían casi todo, ella decía lo que quería y hacía lo que quería. Puede que estuviera casada con uno de los hombres más famosos en Washington, pero se negó a ser descrita como la ‘mujer de’ alguien”, escribe el periodista Manuel Roig-Franzia en el artículo del Washington Post en el que Woodward revela ahora que Martha le llamó y le pasó documentación crucial unos meses antes de la dimisión de Nixon. 

“Cuando las mujeres de más alto nivel todavía estaban consideradas oficialmente meras extensiones de sus maridos, la idea de que Martha diera noticias por su cuenta fue casi una revolución social en sí misma”, escribe Garrett Graff en Watergate: A New History, el relato más completo de lo que pasó antes, durante y después del Watergate con la información disponible y contrastada hasta ahora y recién publicado en inglés. 

La historia de cómo su marido y el entorno del presidente intentaron mantenerla callada es también demasiado extraordinaria para ser olvidada. 

Secuestro en California

Martha, con su tono expansivo y exagerado, hablaba sin parar con los periodistas, en largas llamadas telefónicas donde solía contar algún secreto que no debía. Muchos atribuían su verborrea al exceso de martinis y a su deseo de atención, en una mezcla de realidad y caricatura típica de la época para cualquier mujer que se saliera del molde. Era republicana, pero desconfiaba de Nixon y su campaña de apoyo tenía más que ver con las ganas de ayudar a su marido, con quien tenía una relación apasionada que acabó en violencia física y tortura psicológica.

En cuanto Mitchell y la camarilla de Nixon se enteraron de que habían arrestado a los asaltantes del Watergate, una de sus obsesiones fue mantener a Martha, que estaba en California de viaje, alejada de las noticias para que no pudiera reconocer a ninguno de los asaltantes, entre ellos el agente James McCord, que había sido su guardaespaldas. . 

Durante varios días, Steve King, el ex agente del FBI que custodiaba a Martha en California bajo la dirección de su marido junto a varios guardias, la mantuvo encerrada en una habitación, lejos de los teléfonos y medio drogada. Cuando intentó llamar desesperada a la periodista Helen Thomas, entonces en la agencia UPI, le arrancaron el teléfono de la mano. Lo último que escuchó Thomas fue “aléjate de mí, aléjate de mí”. 

Según contó después Martha, los guardias la empujaron, golpearon y sedaron a la fuerza. Un médico de urgencias la atendió varias veces por quemaduras y otras lesiones, y estuvo varios días con el cuerpo amoratado. Ella intentó escaparse por el balcón, pero la pillaron y la durmieron con una inyección que le pusieron a la fuerza tirándola al suelo.

El responsable de la misión y de las palizas, según Martha, fue King, que lo sigue negando y es ahora un empresario y donante republicano. Donald Trump lo nombró embajador en República Checa en 2017 (fue sustituido con la llegada de Biden en 2021). El propio James McCord, ex agente de la CIA, jefe de seguridad de Nixon y uno de los condenados por el encubrimiento, dijo en 1975 al New York Times que la historia que contó Martha era verdad. “Básicamente, la mujer fue secuestrada”, dijo.

La crónica con la información de UPI se publicó en periódicos de todo el país, pero muchos de ellos tabloides. “Quiero mucho a mi marido, pero no voy a aguantar las cosas sucias que están pasando”, dijo Martha Mitchell a Thomas cuando consiguió hablar con ella. El Washington Post ni siquiera mencionó esta historia en su cobertura. 

El poco caso que se le hizo entonces es “una demostración de hasta qué punto la ciudad ya la había cancelado”, escribe Graff. “No tenía un papel de poder. Era entretenimiento”. La mayoría de la cobertura estaba concentrada en páginas de famoseo o asuntos “de mujeres”. “Los editores pensaron que era sólo otro caso de Martha siendo Martha, y que era noticia sólo porque revelaba una disputa en una pareja muy pública”, escribió la periodista Helen Thomas en su biografía. 

Martha fue una de las primeras personas del entorno de Nixon en testificar aunque fue a puerta cerrada, probablemente por las maniobras de su marido. Aun así, sus palabras seguían siendo poderosas.

“Hombres que pueden borrar países enteros de la faz de la tierra a voluntad, o hacernos saltar a todos por los aires hasta la extinción, se quedan sin poder si Martha Mitchell coge el teléfono. Puede que sea ridiculizada, pero no la ”silenciarán“. No puede desaparecer. Estos hombres olvidan que en una república verdadera la realidad es que, como dice Solzhenitsyn, una palabra de verdad pesa más que el mundo entero”, escribió el New Yorker en un comentario editorial en mayo de 1973.

Pero con los años, casi la única imagen que quedó de Martha fue la de su inestabilidad emocional, su abuso del alcohol y sus peleas violentas con su marido, que fue condenado por conspiración en el caso Watergate. Martha murió a los 57 años en 1976 antes de poder limpiar su nombre. Hoy “el efecto Martha Mitchell” es una expresión que se usa en psiquiatría para referirse al diagnóstico equivocado de un paciente que parece sufrir paranoia y tener alucinaciones que en realidad resultan ser verdad.

Una historia olvidada

Ni en la película Todos los hombres del presidente ni en muchos de los libros que se publicaron Martha Mitchell tenía un papel tan relevante como el que tuvo en los años 70. De hecho, el episodio del podcast Slow Burn que cuenta la historia del secuestro de Mitchell unos días después del asalto al Watergate arranca así: “Voy a empezar con una historia que probablemente nunca hayas escuchado”, dice Leon Neyfakh, que descubrió a Mitchell gracias al libro del periodista  J. Anthony Lukas Nightmare: The Underside of the Nixon Years de 1999. “No me podía creer que nunca hubiera oído hablar de esta historia antes… Si seguiste el Watergate cuando pasó, seguro que habrás leído sobre Martha Mitchell. Pero si tu conocimiento del escándalo viene sobre todo de la versión de la película Todos los hombres del presidente, seguramente no tienes ni idea de quién es”. 

Incluso libros más recientes apenas mencionan a Martha Mitchell y la definen casi exclusivamente con palabras como “inestable” (Washington Journal de Elizabeth Drew de 2014), “alcohólica” y “caso perdido” (One Man Against the World de Tim Weiner de 2015), “amante de los cócteles en eventos públicos” y “una mujer borracha, molesta, astuta y problemática” (Nixonland de 2008 de Rick Perlstein, que alude al secuestro y ha asesorado ahora la serie Gaslit). 

La gran editora

En la película y en muchas de las crónicas de los años 80 y 90 tampoco aparece como protagonista la mujer que en muchos sentidos propició la exclusiva periodística más famosa de la historia, Katharine Graham, la editora del Washington Post

Y no sólo por haber defendido la publicación del escándalo cuando el Post estuvo casi solo en el seguimiento de la información, sino por haber tomado la decisión crucial que apuntaló la confianza de su redacción y derivó en una de las sentencias con más impacto sobre la libertad de prensa: la publicación un año antes, en junio de 1971, de los papeles del Pentágono. Ella lanzó la orden de publicar apoyando a la redacción y en contra de la opinión de abogados y otros miembros del consejo de administración en mitad de la salida a bolsa de su empresa, cuando apenas había llegado al puesto tras el suicidio de su marido (a quien el padre de Katharine había dejado encargado del periódico, en lugar dejarlo en manos de ella) y cuando todavía seguía la costumbre de retirarse con las mujeres después de las cenas para que los hombres hablaran de negocios. 

La exclusiva de los papeles del Pentágono, que documentaba años de mentiras de los políticos de los gobiernos de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, la había dado en primer lugar el New York Times, pero una orden preventiva del Departamento de Justicia había hecho que el diario interrumpiera la publicación. La decisión de Graham de publicar la información cuando el Post consiguió los papeles pese a la orden contra el Times provocó una cascada de publicaciones en diarios de todo el país y en última instancia un caso más fuerte contra el Gobierno de Nixon que llevó a la victoria de la prensa contra los intentos de secretismo del Gobierno. La valentía de Graham fue precursora de gran parte de lo que pasó después en su periódico. 

Cuando, al principio de la cobertura del caso Watergate, Carl Bernstein llamó a John Mitchell para que diera su versión sobre la existencia de un fondo secreto con el que se financiaba el espionaje a los demócratas, Mitchell tenía bastante claro quién era la responsable última de las portadas. Después de que el reportero le leyera por teléfono un par de párrafos de lo que iba a publicar, Mitchell estalló: “¿Vais a poner toda esa mierda en el periódico? Se ha negado todo. Katie Graham se va a pillar las tetas en un escurridor gigante si eso se publica. Por Dios. Es lo que más asqueroso que he oído nunca”. Bernstein, algo confundido, le preguntó al director, Ben Bradlee, si debía incluir la frase literal de Mitchell. Bradlee dijo que la podía utilizar, pero que quitara la palabra “tetas”. El director no le preguntó a la editora antes de publicar porque “era demasiado bueno” para no incluirlo. 

Graham cuenta en su autobiografía que se quedó “bajo shock” al escuchar las palabras completas de Mitchell al día siguiente cuando se encontró en la redacción a Bernstein por “el nivel personal y ofensivo de la amenaza”. Años después, Graham cuenta que le regalaron un colgante en forma de escurridor dorado y otro en forma de teta. Solía llevarlos los dos colgados juntos. 

Las que se atrevieron a denunciar

Entre las mujeres clave que sirvieron para destapar la operación de encubrimiento de la Administración estaba Peggy Gleason, una empleada del comité para reelegir al presidente, que alertó a un agente del FBI de la implicación de personas de la campaña en el asalto. El agente la había entrevistado y ella apenas había dicho nada por el control del abogado de campaña sentado a su lado, pero Gleason llamó al agente después desde una cabina. Quedaron y le contó lo que sabía mientras daban vueltas durante horas en un coche para evitar ser escuchados. 

Una de las fuentes clave para Woodward y Bernstein también fue Judy Hoback, que llevaba las cuentas de la recaudación para la campaña. Ella también aceptó hablar con el FBI y confesó que Gordon Liddy y John McCord, artífices del asalto, tenían acceso a ese dinero. Hoback también le pasó información a Bernstein que el Post consideró “la vuelta de tuerca”.

Las fieles a Nixon

También hubo mujeres en el oscuro entorno de Nixon, entre ellas Rose Mary Woods, la secretaria que aseguró haber borrado por accidente 18 minutos de grabaciones del presidente y que al intentar demostrar cómo había sido al coger el teléfono mostró que en realidad era imposible coger el teléfono y darle al pedal con el que borrar la grabación. Woods, que murió en 2005, siempre se consideró una amiga y se mantuvo fiel al presidente

La persona que tal vez tuvo más que ver con la manera en que Nixon y su entorno se empezaron a comportar desde antes de llegar a la Casa Blanca fue Anna Chennault, la mujer que más dinero había recaudado para la campaña de Nixon y lobbista pro-china republicana que intercedió ante la embajada de Vietnam del Sur cuando Nixon era candidato en 1968. Los detalles de qué pasó exactamente durante la campaña todavía son contradictorios, pero Chennault posiblemente ayudó a torpedear las conversaciones de paz que Johnson tenía avanzadas para acabar con la guerra de Vietnam y cuyo éxito podría haber beneficiado al rival demócrata de Nixon, Hubert Humphrey, en unas elecciones ajustadas. Las circunstancias siguen sin estar claras y Johnson, que se enteró de las maniobras del equipo de Nixon, no quiso desafiar públicamente al candidato republicano por lo que creía que estaba haciendo, entre otras cosas porque parte de la información venía de pinchazos telefónicos y del seguimiento de Chennault. Johnson podía acusar a Nixon de “traición”, pero tendría que utilizar información de pinchazos y hacerlo unos días antes de unas elecciones presidenciales, alterando probablemente el resultado. “Si cruzamos esa línea, seremos otro tipo de sociedad”, le dijo el entonces secretario de Estado. 

Walt Rostow, consejero de Seguridad Nacional de Johnson, estaba convencido, como cuenta Graff, de que “el escándalo Chennault fue claramente el precursor del Watergate”. Una de las obsesiones de Nixon era eliminar cualquier rastro que pudiera tener la Administración anterior sobre las maniobras de Chennault, y así fue como algunos miembros de su equipo entraron en contacto con los artífices años después del asalto al Watergate. La principal lección del asunto Chennault fue la impunidad entonces, según Rostow: “Se salieron con la suya”.

No sería así con el Watergate, que acabó en un proceso de impeachment interrumpido por la dimisión del presidente en agosto de 1974. Nixon temió las conclusiones cuando se enteró de que los republicanos estaban convencidos de que el presidente era culpable de encubrimiento. Lo habían visto claro en la Comisión de Asuntos Judiciales de la Cámara de Representantes, que tenía un equipo de investigadores y abogados. Entre ellos, el abogado responsable de gestionar el impeachment quiso reclutar a un joven recién graduado en la Universidad de Yale llamado Bill Clinton. Él no aceptó porque quería volver a Arkansas y hacer carrera política para presentarse a gobernador, pero le dijo: “¿Y por qué no contratáis a mi novia?” Así una de las cuatro mujeres de aquel equipo de 43 abogados fue Hillary Rodham.

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