Buffalo Vil
William Frederick Cody era el nombre real de Buffalo Bill, así apodado por su habilidad como cazador de bisontes con el fin de proveer de carne a los trabajadores del ferrocarril. Lo que Buffalo Bil cazaba no eran búfalos sino bisontes que durante siglos fueron el principal recurso para la alimentación de los indios de las grandes praderas. Y sus enemigos no eran los búfalos, sino los indios que fueron asesinados, expulsados de sus tierras, encerrados en reservas y convertidos en despreciables espectáculos de circo. Buffalo Bill creó el suyo y en él hizo escarnio público del jefe indio Toro Sentado quien recorrió Estados Unidos, Canadá y Europa representando el ocaso de su propio pueblo.
La humillación pública es marca de la casa norteamericana y una tradición que continúa, como estamos viendo estos días, con la imagen de Nicolás Maduro vestido con un chándal y exhibido como un trofeo de caza, trasladando la idea de un pobre hombre sometido a un hombre rico. Y lo más irritante es que la sociedad del espectáculo que nos habita reproduce la vejación y la mercantiliza comprando ese chándal que una multinacional de prendas deportivas vende en tienda física y online por 200 euros.
El nuevo Buffalo Vil preside una democracia defectuosa que camina hacia la autocracia poniendo obstáculos para votar, sobre todo a las minorías, y en la que el dinero sucio se convierte en un arma fundamental para acceder al poder. Estados Unidos es la única democracia presidencial en el mundo en la que el presidente no es elegido directamente por los votantes, sino por un Colegio Electoral y el único supuesto sistema democrático del mundo en el que los magistrados del Tribunal Supremo mantienen el cargo de por vida, algo que se decidió cuando la esperanza de vida era mucho menor, pero ellos nunca traicionan a la tradición sino que la veneran hasta el absurdo. Ese mismo Tribunal Supremo ha permitido a empresas y a otros agentes externos gastar sin límite en campañas electorales puesto que se pueden recibir donaciones anónimas de organizaciones opacas a las que, con una naturalidad pasmosa, denominan “dinero oscuro”. Y en vez de incentivar la participación de los ciudadanos en las elecciones como se hace en cualquier democracia que quiera serlo, en Estados Unidos resulta difícil inscribirse para votar u obtener información sobre cómo votar. Además se vota en un día laborable y el derecho al voto no figura en la Constitución.
Esta democracia tan peculiar acostumbra a hacer justicia a lo Buffalo Bill, mediante asesinatos y secuestros, actuando al margen de la ley, sin orden judicial ni aprobación de su propio Congreso. Y en nuestro país hay irresponsables políticos que lo aplauden sabiendo que aquí sería inconcebible porque la justicia sin ley es la forma más perversa de injusticia. Hay que tener mucho cuidado porque lo que hoy se jalea por estrategia política puede convertirse en un precedente muy peligroso puesto que la barbarie comienza con pequeñas cobardías de grandes matones. Si Maduro se lo merece hagamos la lista interminable de los merecedores del mundo y no habrá suficiente Sexta Flota para tanto bombardeo.
El lingüista y activista Noam Chomsky, creador de la Gramática Generativa, publicó hace unos años un ensayo titulado La quinta libertad: La intervención de Estados Unidos en América Central. En él sostenía que si Franklin D. Roosevelt hablaba de las cuatro libertades fundamentales para Estados Unidos (la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad para vivir sin necesidad y la libertad para vivir sin temor) omitió la quinta y más importante: la libertad de saquear y explotar a todos los pueblos que a Estados Unidos le convenga. Una libertad para agredir sistemáticamente a otras naciones mientras invocan fantasiosos peligros de agresión ya sea el narcotráfico o el comunismo con el objeto de dar golpes de Estado, llevar a cabo operaciones encubiertas, invasiones militares o apoyo a dictaduras.
La última intervención ha sido un secuestro con setenta y cinco muertos llevada a cabo por un nuevo Buffalo Vil que se parece al otro Buffalo Bill en que también pasea su espectáculo por el mundo mientras nosotros somos sus marionetas. Aquí tiene algunos animadores como el torero Fran Rivera, cuyas luces se quedaron todas en su traje, quien felicitó a Donald Trump por la actuación contra Venezuela y, además, le invitó a hacer lo mismo en España. Y como contra la tontuna no hay vacuna la estupidez se va contagiando y los entusiastas de formar parte del espectáculo de Buffalo Vil se envilecen tanto que su servilismo produce cierto sonrojo hasta al mismo matón.
Nada peor que el sometimiento ante un narcisista. Lo supo Corina Machado que dedicó de forma humillante su Premio Nobel de la Paz al Saturno naranja y éste la devoró enrabietado: “Si ella lo hubiera rechazado y hubiera dicho: 'No puedo aceptarlo porque es de Donald Trump', hoy sería la presidenta de Venezuela”, señalaron fuentes próximas a la Casa Blanca al diario The Washington Post. Y si Corina Machado hubiese leído Las venas abiertas de América Latina del gran Eduardo Galeano se habría dado cuenta de la razón que hay tras las sinrazones del insolente maniático que creía ser su amigo. La estructura del despojo constante que exige la vergonzosa acumulación de algunos exige despojarse de los otros cuando de acumular riquezas se trata. Esa es su idea de la democracia y por eso Bufallo Vil en su discurso tras el secuestro de Nicolás Maduro pronunció veintidós veces “petróleo” y ninguna “democracia”. Todo necio confunde valor y precio afirmó otro Machado hace unos cuantos años, palabras que resultan hoy de una vigencia palmaria.
Deberíamos tomar nota y no jugar frívolamente a indios y vaqueros con el nuevo Bufallo Vil al modo del viejo Bufallo Bill. Ellos solo son leales a sí mismos y resultan tan peligrosos porque ni siquiera saben quiénes son, por eso buscan acabar con el resto, como búfalos viles pero sin la nobleza de los búfalos extintos. Se dice que con la dignidad no se come, pero sin ella te acaban comiendo. Y, como en tantos otros momentos de la historia, toca pensar qué vida queremos vivir y cómo merece la pena ser vivida.
0