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El 'tiro' del ministro Cuerpo

El ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo.
7 de enero de 2026 22:15 h

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Quedaban tres segundos de partido y los Bulls perdían por un punto cuando Michael Jordan recibió el balón. El 7 de mayo de 1989, en el quinto encuentro de la primera ronda de los playoffs, los Chicago Bulls se jugaban la eliminación de la NBA frente a los Cleveland Cavaliers.

Jordan botó hacia la derecha, se elevó ante Craig Ehlo y, ya en el aire, corrigió el tiro en el último instante, apenas unos milisegundos antes de que el cronómetro marcara el cero. La pelota entró limpia. La bocina sonó un momento después. Los Bulls ganaron el partido, la serie, y se clasificaron para la siguiente ronda en una jugada mítica que se convirtió en un clásico: 'The shot', el tiro.

Vivimos en un mundo tan complejo que es casi imposible que una sola jugada pueda resolver, de golpe, muchos problemas. Por eso deberíamos contener el aliento: el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, acaba de coger el balón y se dispone a intentarlo.

He argumentado en muchas ocasiones que la raíz de los problemas económicos del siglo XXI está en el ahorro. Somos herederos de un consenso de hace décadas que decía que ahorrar era un win-win para todos, casi una obligación de ciudadanía. “Guardar para el futuro” ofrecía seguridad, impulsaba la economía, aliviaba el coste de la jubilación para las arcas públicas e iba a permitir que una generación entera dejara de ser clase trabajadora y se convirtiera en clase media. El ahorro era la piedra angular de un modelo de sociedad.

Así que en casa, de pequeños, nos enseñaban a ahorrar con una hucha de cerdito y en clase de economía, en la facultad, nos contaban que el secreto de Alemania era que sus ciudadanos eran muy austeros, guardaban mucho y respaldaban la industria local con sus ahorros.

De todas las formas de ahorro, la más segura y la más rentable iba a ser la vivienda. Por eso en unas pocas décadas se construyeron decenas de millones en toda Europa, suficientes para que una generación entera pudiera ahorrar pagando la hipoteca. Fue la herencia universal de nuestros padres y nos trajo al siglo XXI creyendo que todo ahorro era virtuoso y que, por tanto, toda inversión merece una recompensa.

Pero todo este castillo ideológico tan aparentemente perfecto no podía vivir solo en la imaginación, necesitaba que la realidad lo respaldase. Para ser beneficiosa, la inversión debía ser productiva. El ahorro necesitaba un destino, una economía que produjera puestos de trabajo, crecimiento, recaudación fiscal y flujos económicos.

Mientras se construyó el parque, la inversión en vivienda cumplió ese papel. Cada euro gastado en una casa acababa (al menos, en gran medida) en los salarios de los obreros de la construcción y en materias primas que había que extraer y procesar. También en arquitectos, agencias de colocación, abogados e impuestos municipales. Como consecuencia había, además, otras inversiones productivas muy rentables, como las grandes industrias que fabricaban esa materias primas y los electrodomésticos que llenarían las casas.

Pero en 2008 todo eso cambió. La última Gran Recesión marcó un punto de inflexión en la trayectoria que nos había traído hasta aquí: la productividad se estancó, se dejó de construir, el empleo se precarizó y la desigualdad comenzó a dispararse. Más aún, la economía se fue digitalizando y las nuevas industrias del siglo XXI ya nunca más necesitaron el volumen de inversiones que habían sido necesarias para construir un mundo literalmente nuevo tras la guerra mundial.

Se produjo entonces un efecto dominó terrible.

A falta de inversiones productivas, los inversores profesionales (que en gran medida están compuestos también de los ahorros de los occidentales en forma de fondos de pensiones, de inversión colectiva y soberanos) encontraron una vía de rentabilidad en la contratación pública. Los estados, que no se pueden endeudar por encima de lo que les marca la ley, se ven obligados a externalizar infraestructuras (como carreteras, centrales energéticas o los hospitales de la comunidad de Madrid) a empresas privadas cuya principal función es financiar las operaciones: adelantar el dinero necesario para construir.

Una vez que lo hacen, los ingresos están garantizados porque los gobiernos, en las licitaciones, se comprometen a que el privado alcance unos objetivos de rentabilidad. Y si no lo hace, como ocurrió con las autopistas de peaje en la Comunidad de Madrid, está obligado a indemnizarles. Así que los fondos de inversión se están quedando con los únicos flujos de ingresos que están garantizados por los estados (o sea, por usted y por mí), con unos rendimientos fantásticos en muchos casos.

Las familias, por su parte, lo metieron todo en la vivienda. Como consecuencia, hoy lo que llamamos “riqueza” es, en un 60%, activos inmobiliarios, en un 50%, viviendas. Y los gobiernos, que no quieren decirle a la gente que, además de unos ingresos estancados, también tienen que dejar de confiar en el ahorro, decidieron comprometerse con una rentabilidad desproporcionada de la vivienda a base de protecciones legales y límites a lo que se puede construir.

El resultado de estas políticas es el embrollo en el que nos encontramos hoy. Desde hace 20 años, mientras la productividad sigue estancada y el PIB per cápita de los países crece a una velocidad mucho menor que hace 50 años, la riqueza aumenta a toda velocidad. Como consecuencia, hoy todos dedicamos la parte más importante de nuestros ingresos no a remunerar la creación de valor, sino a retribuir la riqueza. Todos somos inquilinos.

La razón de fondo de la brecha generacional es esta. Eso que consideramos “riqueza” es un stock de viviendas, propiedades y de acciones de grandes empresas que se crearon y se vendieron originalmente en la segunda mitad del siglo XX.

Y cuando se compran y se venden esos activos no hay creación de valor: no hay empleos, no hay flujos económicos, no hay más que dinero que cambia de manos en el mercado inmobiliario. De manera que todos los que vinimos después en lugar de invertir en crear nuevo valor, vivimos obligados a retribuir a las generaciones anteriores. Y no solo por el alquiler, sino fundamentalmente comprando las mismas propiedades por mucho más dinero.

¿Y la inversión productiva? En todos los países, pero sobre todo en España, la inversión en innovación tiene dificultades para encontrar fondos.

Por eso la crisis de la vivienda, de la asequibilidad, y también la brecha generacional, son fundamentalmente crisis de la riqueza: son fracturas en cómo obtenemos y repartimos el patrimonio. Y la solución no puede ser inmobiliaria, tiene que ser financiera.

Así que comprenderán que esté dando palmas con las orejas. El ministerio de Economía ha anunciado que va a crear una cuenta en la que las familias podrían invertir sus ahorros para financiar la autonomía estratégica europea. Ese producto, si se diseña bien, podría servir al mismo tiempo para que los ahorros de las generaciones mayores obtengan una rentabilidad generando empleos y valor en una nueva economía europea, y para que los grandes fondos extranjeros no se lleven las rentas de las grandes infraestructuras y los proyectos de país (como la inversión en defensa).

Y en ese mismo intento podría haber muchos más recursos para que las entidades que fomentan la innovación en España, como el CDTi, que hacen un trabajo extraordinario, pudieran llegar más allá.

Y si lo acompañan de una buena legislación que amplíe la posibilidad de construir muchas más viviendas, elimine las bochornosas desgravaciones fiscales de las que disfruta el alquiler y limite drásticamente los usos no autorizados, esta idea podría reorientar las “inversiones” que hoy no producen nada en el mercado inmobiliario y dirigirlas hacia sectores productivos. Este pequeño tanto, este tiro bien dirigido, podría resolver el problema de la vivienda.

Por eso me encuentran hoy en esta grada, mordiéndome las uñas, en ese gesto de casi, casi levantar el culo del asiento para celebrar el tanto, entre el miedo a que se quede en nada y la excitación de que podría ser, podría ocurrir que, en el último minuto, en una jugada magistral, ganemos el partido. ¡Vamos, ministro!

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