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La verdad sobre los therians

Frank Luntz, durante una entrevista con elDiario.es en 2022
25 de febrero de 2026 22:19 h

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¿Alguna vez te ha ocurrido que has subido en un avión y te ha dado miedo que se estrellara? ¿Te preocupó, cuando viste las imágenes del accidente de tren en Aldamuz, que aquello te pudiera pasar a ti? ¿Cuando subes a un ascensor, te agobia que se caiga?

La verdad es que esas cosas no pasan, son una ocurrencia estadística. En 2024, el último año para el que hay datos, hubo en todo el mundo 7 accidentes de avión entre 41 millones de vuelos. Y las víctimas mortales en viajes de tren en España –sumando los fallecidos en este año a los del accidente del Alvia en 2013– no llegan a 10 al año, de entre los miles de millones de viajeros que usaron ese medio de transporte en el mismo periodo. ¿Y en los ascensores? La verdad es que se producen tan pocos accidentes que no hay ni estadísticas. 

Ni el riesgo de volar, ni de ir en tren, ni de que se caiga el ascensor son reales. Igual que no lo son los therians, ese nuevo fenómeno que algunos medios llevan amplificando toda la semana. Pero el miedo que producen todas esas cosas sí es verdadero. Tan real como el nudo en el estómago que sentimos durante unas turbulencias. Y no deberíamos ignorarlo, ni hacerle luz de gas.

Casi al contrario. Merecería la pena prestarle atención, porque nos muestra un patrón: cada vez ocurre más a menudo que un fenómeno que es una irrealidad estadística –como la okupación de viviendas, o las agresiones sexuales protagonizadas por inmigrantes, o las denuncias falsas por violencia de género, o los crímenes, o los pájaros muertos por aerogeneradores– se vuelven virales y acaban calando el sentido común de la gente. 

¿Cómo puede ser que, pese a que somos la versión de la humanidad mejor instruida de la historia, sigamos dejándonos llevar por todas estas creencias sin fundamento? 

El libro de comunicación política más manido de los últimos 25 años se llama “No pienses en un elefante”. En él, George Lakoff argumenta que el pensamiento humano se organiza en torno a varios ‘marcos mentales’ en competencia. De manera que da igual cuál sea nuestra opinión sobre un tema: lo que configura nuestra percepción del mundo es el asunto mismo de la conversación. Si las ondas y las portadas de los periódicos están copadas por los therians darán igual los datos o las estadísticas. Al mencionarlos, estaremos activando automáticamente un marco mental que asocia las identidades que escapan a las normas clásicas con la desviación y la locura. No se puede ganar en ese marco, dice Lakoff, lo que hay que hacer es salir corriendo y llevar la discusión a otro sitio. 

Por esa razón, cada vez que surge un asunto como este de los therians, un ejército de gente muy bien intencionada intenta cambiar el tema y reconducir la conversación: hablar de la concentración de la riqueza, o de la desigualdad o de los accidentes laborales.

El problema de Lakoff –y de esta forma de entender la política– es que ese libro es de 2004 y en aquel momento –quizás– todavía existía la posibilidad de controlar los marcos mentales que habitaban la cabeza de la gente. Hoy eso ya no es posible.

La característica común de todos los partidos de la extrema derecha en el mundo es la explotación del miedo como arma de comunicación política. Y el miedo es irracional. Con todo el sentido, porque si hubiéramos tenido que racionalizar las cosas antes de salir corriendo, nos hubiera devorado un león mucho antes de que saliéramos de la Sabana africana. Como los ratones, como los gatos, los humanos somos una especie que ha aprendido a huir primero y racionalizar después. 

Así que las cosas que dan miedo llaman más nuestra atención que las que no. Y nuestra atención produce audiencia y clicks hasta que el miedo termina por inundar todas las pantallas. Y en este debate de la identidad subyace quizás el miedo más arraigado de nuestro tiempo: 

El mundo cambia muy rápido y de maneras que no entendemos, que no podemos entender, porque ya nadie, por sí solo, puede comprender toda la complejidad del mundo. Además, muchas personas piensan que su realidad hoy es mejor que la que tendrán mañana. Que su bienestar depende de que las cosas se queden como están. Así que a mucha gente, –¿quizás a todos un poco?– le dan miedo los cambios. Tenemos miedo al futuro.

Todos los mensajes de la extrema derecha tienen, en su fondo, ese mismo marco: ese miedo al futuro. Ese terror es el que está detrás del ‘debate’ de la inmigración (‘los inmigrantes te van a reemplazar’), o de la criminalidad (‘el mundo es cada vez más inseguro’), o el de las energías renovables (‘están contra el mundo rural tradicional’). 

Por eso, en mi opinión, el mejor libro de comunicación política para el día de hoy no es el de Lakoff, sino otro que se llama “Words that Work” y que no es tan conocido (quizàs porque es muy difícil de traducir, quizás porque lo escribió un republicano). En él, Frank Luntz propone que los marcos mentales no son preexistentes, sino que hay que hacerlos con palabras. 

Su jefe, George Bush ganó dos elecciones y consiguió que su pensamiento se volviera hegemónico cuando instaló la idea de que bajar los impuestos era una forma de “alivio fiscal”. En esa misma noción estaba implícito no sólo que el Estado mismo era un malestar que merecía ser aliviado, sino que quien traía ese desahogo era un médico, un benefactor. Los demócratas eran una enfermedad y los republicanos eran la sanación. En dos palabras, “alivio fiscal”, se escondía una cosmovisión política completa.

La política es el arte de crear marcos, dice Luntz; de darle forma a nuestra percepción del mundo. Por eso este ‘debate’ sobre los therians, como el de la inmigración, como el del feminismo, no se pueden ganar ni cambiando de tema, ni a base de explicarle a nadie que los datos no respaldan su visión del mundo. Para ganarle al miedo es necesario un marco de optimismo y confianza en el futuro.

Es evidente que la identidad (ni mucho menos solo la de género) está cambiando. Y que lo está haciendo en el mejor de los sentidos posibles: se está ampliando para albergar la posibilidad no solo de ser trans, o no binarie, o de género fluido, sino también para ser un hombre sensible o una mujer poderosa; un ejecutivo vulnerable o una vieja divertidísima. Incluso, si queremos, para ser muchas cosas distintas a lo largo de la vida. Este fenómeno de ampliación de la identidad es, quizás, el movimiento más ilusionante de este siglo XXI. Uno que no solo no tiene por qué fragmentarnos, sino que nos libera de los moldes que nos habíamos impuesto. Que nos permite elegir y nos hace más libres. 

Lo que nos falta no es renunciar a esa expansión, sino aprender a narrarla como lo que es: una ganancia neta para toda la humanidad. Más allá de las nubes negras que tan a menudo nos nublan el pensamiento, hay un mundo de abundancia hay fuera. Solo hace falta que lo reclamemos: es nuestro.

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