Algo huele mal en la democracia
Era un olor tan nauseabundo que los diputados empapaban las cortinas de sus despachos en cloro para mantenerlo a raya. El nuevo edificio del parlamento de Westminster se había convertido, en aquel verano de 1858, en el epicentro del hedor; su fachada sur colgando, imponente, sobre el Támesis.
A mediados del siglo XIX Londres era la ciudad más grande del mundo y la que más rápido crecía. Los primeros compases de la Revolución Industrial habían multiplicado su población por tres en unas pocas décadas hasta los 2,5 millones de personas, una cifra que nunca antes había alcanzado ninguna ciudad. Nadie había planificado semejante transformación. Tampoco nadie sabía cómo hacerlo.
La noción de que mantener una gran ciudad costaba dinero ni existía. Así que los londinenses elegían a los gobiernos municipales que prometían ser más low-cost: los que cobraban menos impuestos y hacían menos inversiones. Como consecuencia, en aquel verano de 1858 Londres seguía siendo en todo, menos en su dimensión, una ciudad medieval. Algo así como una megaurbe del tamaño del área metropolitana de Barcelona, pero en la que no existía el planeamiento urbano y, lo que es más importante, no había saneamiento. Los orines, los excrementos y los desechos de las viviendas se acumulaban, como se había hecho siempre, en unas fosas sépticas que unos “hombres de los desechos nocturnos” (“night soil men”) vaciaban de cuando en cuando.
¿Y qué hacían estos hombres con el contenido de las fosas? Lo echaban al río.
Pero ni el Támesis, en toda su grandeza, podía hacerse cargo de las 250 toneladas diarias de residuos que producía el crecimiento de la población, sumado a las nuevas tecnologías que llevaban el agua corriente hasta las casas –multiplicando la cantidad de líquido que acababa en las fosas– y a la proliferación de fábricas y mataderos que, para abastecer a todos esos nuevos habitantes, se habían instalado en la ciudad. El río que un día fue navegable se había convertido en una sopa repugnante; un caldo de heces, vísceras y aceites industriales; una cloaca a cielo abierto por donde desfilaban, entre ratas y cosas peores, los desechos del progreso económico.
Aquel episodio pasó a la historia como “The Great Stink”, “El gran hedor”; el primer momento en el que la trayectoria que traía el capitalismo pareció venirse abajo. Pero no fue, en realidad, el mal olor lo que puso en jaque la vida urbana y hasta la industrialización. La costumbre de tirar los residuos a las fuentes de agua producía brotes de cólera y la “peste azul” se había cobrado, solo en la primera mitad del siglo XIX, centenares de miles de vidas en la capital inglesa; millones en todas las recién nacidas ciudades del mundo. Pero entonces nadie sabía que esa enfermedad se contagia al beber agua contaminada: los londinenses todavía creían que los brotes eran causados por el “miasma”, los vapores malolientes que producen los desechos en descomposición. Por eso aquel verano de 1858 en el que unas temperaturas inusualmente altas volvieron el hedor insoportable, los diputados, que tenían sus despachos encima del río, empapaban sus cortinas en cloro con la esperanza de que mantener el olor a raya alejara también la enfermedad.
Hoy, 200 años después, vivimos un momento muy parecido a aquel. La explosión de los cambios sociales que todavía no comprendemos del todo, sumada a las consecuencias de las formas de vida que arrastramos de otro tiempo han contaminado las aguas de las que bebe nuestra sociedad hasta enfermarnos. Por eso se tambalean las estructuras sociales y los acuerdos que parecían sólidos se derrumban. Algo apesta en la política y en la democracia.
Pero apuntar a la extrema derecha como responsable de esta avería sería cometer el mismo error que los ingleses con el miasma. La ultraderecha no es ni la causa, ni siquiera la enfermedad de la sociedad contemporánea, es el hedor: el síntoma, el vapor pestilente que no nos deja respirar, es la consecuencia de algo que se está pudriendo debajo.
¿Cuál es la causa profunda de esos vapores?
Nuestro Támesis es la economía productiva. Hasta hace unas décadas, ese sistema era capaz, si no de proveer un buen lugar para cada persona, al menos de prometer que lo tendría. Después, que sabría utilizar el ahorro para producir más inversión productiva que a su vez iba a repercutir en mejores puestos de trabajo y nuevos bienes y servicios. Pero hoy la economía, como el Támesis, no tiene capacidad para absorber toda la riqueza que se produce: la economía digital no requiere las mismas inversiones que la industria. Y, sin embargo, el patrimonio mundial se ha multiplicado: hoy representa seis veces el tamaño de la economía. Como consecuencia, la mayor parte de la riqueza ha dejado de servir para crear más economía productiva y ahora se dedica a lo contrario: a extraer riqueza en forma de rentas.
Nuestra mierda, como los desechos en el Támesis, es hoy una montaña de capital que colapsa las vidas de la gente exigiendo rentas del alquiler, comprando hospitales, carreteras y centros de mayores, haciendo subir los precios y concentrando el poder y los medios de comunicación en unas pocas manos.
Es muy probable que, si el gobierno de Londres no hubiera tomado cartas en el asunto, ninguno estaríamos aquí. Porque en los siguientes 50 años su población se volvió a multiplicar por tres. Pero tampoco hubiera servido para nada seguir culpando a los olores, ni fabricar desodorantes. Ni empapar de cloro las cortinas.
Hubo un científico, llamado Jon Snow, que descubrió que los casos de cólera se producían en torno a las fuentes de agua. Hoy es conocido como el fundador de la epidemiología. Y hubo un ingeniero, que se llamaba Joseph Bazalgette, que estudió las conclusiones de Snow y propuso que la ciudad no podía seguir creciendo sin una planificación para ordenar la vida en común.
En lugar de seguir intentando tapar los olores, bajo su mandato, en los 16 años siguientes Londres construyó una colosal red de alcantarillado: Levantó más de 130 km de colectores principales conectados con 2.100 km de alcantarillas secundarias que drenaban toda la ciudad y con cuatro enormes estaciones de bombeo y dos plantas de tratamiento para expulsar los residuos lejos del río. Todavía hoy ese sistema está en uso.
Hoy, como entonces, la respuesta al desbordamiento de nuestra realidad no puede ser atacar el hedor de la extrema derecha. Tiene que ser la misma: conocimiento e infraestructuras; ciencia y un esfuerzo colectivo para adaptarnos a la nueva realidad.
En estos días estamos todos pendientes del debate sobre la unidad de la izquierda. Y es importante. Pero esa unidad tiene que ser para hacer infraestructuras colectivas de progreso: para avanzar en la agenda de la energía renovable, de la educación, de la renta universal de crianza. Para hacer de una vez por todas una propuesta sobre vivienda que comprenda que el parque inmobiliario es el accionariado de un país y no se puede quedar en manos de una mitad de la población mientras la otra está condenada a ser arrendataria toda la vida, porque eso es tanto como vivir en una sociedad feudal.
Quedarse en el “antifascismo” y en “combatir a la extrema derecha”, sin invertir en la infraestructura social de los próximos años, es igual que echar cloro en las cortinas.
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