Rutte y la reencarnación de Chamberlain
Entre el aluvión de historias que nos llegan de Estados Unidos, resulta casi imposible decidir cuál es la más terrible. Pero yo tengo una candidata. La noticia más terrorifica de estas semanas no ha sido la del asesinato de Renée Good, ni la ejecución pública de Alex Pretti. Ni siquiera la detención del pequeño Liam Conejo, con su gorrito. La noticia que me quita el sueño es la historia que ha contado una periodista que intentó, sin ocultar su identidad, ser reclutada por ICE.
Laura Jedeed fue a una feria de empleo, se sentó allí mismo ante un reclutador, respondió a unas preguntas básicas —nombre, edad, experiencia militar— y se marchó. La entrevista duró menos de seis minutos. No firmó ningún documento, no pasó ningún filtro ideológico, no completó los formularios exigidos ni autorizó una investigación de sus antecedentes. Aun así, recibió un correo con una oferta provisional. Se sometió entonces a un test de drogas después de haber consumido cannabis y siguió dando igual: días más tarde descubrió que el sistema administrativo la daba por contratada, con fecha de incorporación incluida. Cuando preguntó cómo era posible, la respuesta fue aún más inquietante: nadie lo sabía con certeza.
El fascismo, como explica Robert Paxton, no es una ocurrencia de un pirado. Pirados hay muchos, pero no suelen llegar a dirigir países enteros. Si tienen éxito, a veces son figuras en la televisión o, en el peor de los casos, psicópatas o terroristas.
Para cristalizar en un régimen político, el fascismo debe ser un fenómeno social, un movimiento, una corriente en la que una parte de una población se convence a sí misma de que es víctima de una injusticia que solo puede resolverse mediante la demolición del orden liberal. Así, se produce una especie de naturalización del cinismo, por la cual dejan de tener sentido las normas y las libertades. Y es que, si unos son víctimas, los de enfrente han de ser necesariamente los verdugos. Y no hay por qué respetar los derechos humanos de los verdugos. Por eso Trump y toda su caterva se han dedicado estos días a pintar a Good y a Pretti como “terroristas” empujados por “la izquierda”.
Solo cuando existe esa parte de la sociedad que está dispuesta a pasar por encima de la humanidad de la otra parte puede producirse el pacto que da lugar al fascismo; ese arreglo donde unas élites políticas y económicas, para mantenerse en el poder a toda costa, terminan apoyar a un pirado que pasaba por allí y consigue encarnar todo el movimiento. El pacto que alumbra al fascismo solo se puede sostener sobre una sociedad que ha mandado al carajo los principios más elementales y ha naturalizado el desorden, la sumisión jerárquica y la violencia como métodos. El führer, el duce o el caudillo no son la causa, sino la consecuencia de la deriva fascista; la manifestación última de un proceso social más profundo.
He argumentado en muchas ocasiones que Trump está en caída libre. No solo sus números en las encuestas van cada día peor, sino que ha incumplido la promesa que lleva 40 años haciéndole a los americanos y que consistía en devolver a EE.UU. a un pasado idílico parecido a 1960. A estas alturas, me apostaría una cena con todos los lectores a que perderá las “midterms”, las elecciones que en 9 meses renovarán la mitad del Congreso y del Senado. Entonces, perderá el control del legislativo y será mucho más débil. Si no ocurre antes, ese será el momento en que las élites republicanas le abandonarán para que no los arrastre en su caída. Pero dará igual, porque Estados Unidos seguirá infectado de fascismo por muchos años, quién sabe si hasta su propia desintegración.
La segunda noticia más terrorífica de la semana es un europeo diciendo que “Europa no se puede defender sola sin EE.UU.” Yo no sé si Rutte ha estudiado mucha historia, pero sus palabras son idénticas a aquella cantinela que repetía incansablemente Neville Chamberlain, el primer ministro británico que se empeñó en “apaciguar” a Hitler: “no somos lo suficientemente fuertes”, “Tenemos muchos hombres, pero no están entrenados ni equipados”, “Carecemos de armas de ataque y defensa. Sobre todo, nos falta poder aéreo”, “Si logramos superar este año, creo que podremos corregir nuestras mayores deficiencias.”
Claro que entonces también parecía que Hitler sería un fenómeno pasajero. Chamberlain pensaba que “Hitler [había perdido] el tren en septiembre en 1938 [cuando] podría haber asestado a Francia y a Inglaterra un golpe terrible, quizá mortal” . y que “Esa oportunidad no volvería a repetirse.” Entonces los gobiernos de Londres y París intentaron, como hoy Rutte y tantos otros líderes europeos, apaciguar al tirano. Enarbolaron la prudencia como coartada para esconder la cobardía como estrategia. Arrastraron los pies ante el avance de los nazis, confiando en que la amenaza se disipara sola. Por el camino dejaron abandonada a la España democrática y permitieron que Alemania fundara un ejército que casi acaba con nuestro modo de vida.
El fascismo no es una ideología: es una enfermedad del estado liberal. Por eso cursa con los mismos síntomas desde hace 100 años. Por eso Hitler, igual que Trump, descansaba su estrategia sobre la certeza de que podía amedrentar a los burócratas como Chamberlain y como Rutte. Sabía que ese tipo de políticos, a quienes solo les preocupa su propia supervivencia, venderían a su madre por la posibilidad de salvarse. “Un apaciguador es quien alimenta a un cocodrilo, con la esperanza de que lo devore al final”, decía Churchill.
No hace falta explicar que aquella estrategia fue una catástrofe. No puede quedar nadie en este continente que piense que Chamberlain tenía razón. No solo no tenía razón, sino que era un lamebotas miserable, indigno de la tradición de su país.
Y los europeos no debemos cometer ese mismo error dos veces. Como aprendimos de Churchill (y de Manuel Azaña), no hay ninguna manera de ganar una guerra que no pase por comparecer en el campo de batalla. Uno no puede enfrentarse a un bully sin asumir el riesgo de que le partan la cara.
En estos años que vienen los europeos, y todas las personas que creemos en la democracia liberal, vamos a tener que ir a la guerra. Con suerte no será una guerra armada, sino comercial, tecnológica, informacional, económica. Pero será una guerra igual.
Los bandos ya están definidos. En el papel de los Aliados habrá una “Coalition of the Willing”, tal y como la describió hace unos días el primer ministro de Canadá en Davos. Esa coalición de voluntarios reunirá a los países que, por decisión propia y sin esperar a un mandato universal, se comprometan a defender la democracia liberal y el orden internacional frente a quienes quieren destruirlos.
En el papel del Eje estarán los movimientos pre-fascistas que nos atacan desde muchos lugares cerca y lejos de casa: en EE.UU., en Rusia, en Israel, y también desde dentro de nuestras fronteras.
Y la victoria consistirá en desarrollar de una vez por todas los anticuerpos para esta enfermedad del fascismo. En recuperar la soberanía militar y tecnológica, en aislar diplomáticamente a los países que den alas a la reacción y en abolir la amenaza de la violencia dentro de nuestras propias sociedades. La próxima década, tanto si ganan los demócratas en EE.UU. como si no, debe ser la que desvincule a la “Coalición de voluntarios” de los países que se están infectado del virus del fascismo, gobierne quien gobierne.
En estos días he vuelto a ver una película maravillosa sobre el momento en el que el parlamento británico, harto de los tejemanejes de Chamberlain, fuerza su dimisión y nombra primer ministro a un improbable Winston Churchill. Se llama “The Darkest Hour” —“La hora más oscura”--- y cuenta como el nuevo premier cambió el rumbo de la historia con un compromiso: el de hacer la guerra “por mar, tierra y aire, con todas nuestras fuerzas y con toda la energía que Dios pueda concedernos; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, jamás superada en el oscuro y lamentable catálogo de los crímenes humanos.”
Si tienen un rato este fin de semana, no dejen de verla. Esa es la moral que necesitamos hoy. La de ir a la guerra.
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