Trump, el gran prestidigitador
La primera vez que quebró, en 1991, el proyecto estrella de Donald Trump no llevaba ni un año en funcionamiento. Era un edificio de 51 plantas, el más alto de Atlantic City, una mole forrada en mármol blanco y coronada por decenas de cúpulas doradas y 70 minaretes dorados. En el interior, al que se accedía caminando entre seis elefantes de piedra de dos toneladas, albergaba el casino más grande del mundo: el “Trump Taj Mahal”.
El proyecto llegó a abrir, pero no sin controversias. Era el tercer casino que Trump inauguraba en la ciudad en unos pocos años y las deudas de las empresas promotoras eran tan extraordinarias que parecía imposible que fueran viables. Pero Trump le dijo a los reguladores del juego de Nueva Jersey que no había nada que temer, porque él tenía un montón de bancos pegándose por darle dinero a bajo interés, jamás firmaría un préstamo basura, porque tenían unos tipos de interés demasiado altos.
Siete meses después había firmado uno de esos préstamos usureros de casi 700 millones de dólares al 14% de interés (1700 millones a precios de 2025). Y eso solo para poder terminar la obra. 14 meses después no uno, sino dos de sus casinos estaban en bancarrota.
Pero Trump consiguió refinanciar la deuda. No una, sino tres veces más. Los casinos sobrevivieron 20 años y fueron a la quiebra en cuatro ocasiones. Durante todo ese tiempo, ejecutó una serie de piruetas financieras cambiando a unos inversores por otros y llegó incluso a sacar la empresa a bolsa. En cada bancarrota, los acreedores fueron aceptando una quita detrás de otra a cambio de no perder todo lo que habían invertido.
En 2009 le dio la puntilla: se desentendió de todo y reclamó que la empresa dejara de usar su nombre. Todavía le llevó al New York Times otros 7 años revelar en una investigación monumental lo que había ocurrido. “El señor Trump había montado su imperio de casinos con préstamos a un interés tan elevado –después de decirle a los reguladores que no lo haría– que el negocio no tenía ninguna posibilidad de prosperar”. No había plan de negocio (aunque se lo habían exigido en muchas ocasiones) que pudiera hacer frente a ese volumen de deuda. Nunca hubo una estrategia para hacer rentables los casinos.
Pero por el camino, con cada ronda de financiación, Trump se había ido llevando un buen pedazo de la recaudación a sus otros negocios mientras iba traspasando la deuda a sus acreedores, primero, y a un montón de incautos inversores particulares, después. Además, había aprovechado las pérdidas que daban los casinos para evitar pagar millones de dólares en impuestos por el resto de sus negocios, que sí eran rentables. Cuando la sociedad que gestionaba el Taj Mahal murió, Trump ya no tenía ninguna responsabilidad en el negocio.
Durante su construcción, en ese tono que ya hemos aprendido a reconocer, Trump había prometido que el Taj Mahal sería “un lugar increíble, la octava maravilla del mundo”. Lo que reveló en 2016 el New York Times fue que nunca hubo un floreciente negocio detrás de aquella maravilla: todo había sido un truco de magia. Un artificio para tapar el tejemaneje financiero con el que el millonario impulsaba sus empresas más rentables mientras descargaba la deuda en unos primos que se habían creído que estaban invirtiendo en algo importante.
Hoy los primos no son unos inversores, somos nosotros. Nada de lo que hemos creído ver en las últimas 48 horas es real.
Donald Trump no ha invadido un país. A esta hora, según ha confirmado Marco Rubio, no hay tropas americanas en suelo venezolano. Ni plan para que las haya, porque eso requeriría una autorización (y los fondos) del Congreso.
Tampoco ha habido un cambio de régimen. La mano derecha de Maduro ha ocupado instantáneamente la presidencia sin que nadie en el gobierno de EE.UU. parezca estar en desacuerdo. El propio Trump, en rueda de prensa, a escasas horas del secuestro, apuntaló su legitimidad nombrando a Delcy Rodríguez sucesora e interlocutora válida, por encima de María Corina Machado. En otro movimiento incomprensible, a pocas horas del golpe, el tribunal supremo de Venezuela dio carta de naturaleza a su gobierno a la espera de que la ausencia “temporal” de Maduro llegue a su fin.
Tampoco parece que vaya a ocurrir que las empresas americanas vayan a tomar el control del petróleo venezolano. Para empezar, porque esa posibilidad ya estaba encima de la mesa la semana pasada, sin necesidad de quitar de en medio a nadie. Para seguir, porque no sería un buen negocio. El petróleo venezolano ya no es lo que era y Estados Unidos es exportador neto de crudo y no puede tener ningún interés en que, como dijo Trump, aumente la producción. Si no me creen, créanse las cotizaciones de los futuros del petróleo de hoy, que no se han movido, porque los inversores no piensan que vaya a haber mucho cambio en el sector.
No me puedo sacudir la sospecha de que Maduro tampoco haya sido secuestrado. De que haya habido algún tipo de pacto –si no explícito, tácito al menos– entre el régimen chavista y el gobierno de EE.UU. Un acuerdo que habría sido urdido con la colaboración quizás de Rusia o de Qatar y que consistiría en sacar a Maduro del país ileso junto a su mujer, a cambio de avalar la continuidad del régimen.
Solo así se explica que hoy la “presidenta encargada de Venezuela” se haya desayunado ofreciendo su colaboración a EE.UU. y que ayer Maduro apareciera indemne y haciendo el payaso mientras era trasladado a prisión, en una escena disparatada, mucho más propia de una sitcom que de un drama geopolítico.
Mientras tanto, el mundo entero observa con una profunda sensación de irrealidad. Como si no estuviéramos seguros de lo que acabamos de ver. La misma que se te queda cuando ves a un ilusionista ejecutar un truco de magia y no sabes cuánto hay de verdad y cuánto de trampa en lo que acaba de hacer. En la mejor expresión de este desconcierto, el Financial Times lanzó ayer una encuesta con una pregunta: “¿Fue la incursión sorpresa para capturar a Maduro un golpe necesario contra un líder ilegítimo al frente de un ”narco-cártel“ o una peligrosa violación de la soberanía?”
¿Dónde está la bolita?
Lo que estamos viendo es un truco de magia, un golpe de efecto de un gran prestidigitador, del ilusionista en jefe, de un hombre que lleva toda la vida haciendo el mismo show y que es un experto en desviar la atención para tenernos a todos, al mismo tiempo, confundidos y enganchados a su espectáculo.
Y el programa siempre consiste en lo mismo, sea con los aranceles, las amenazas de anexionarse Canadá o de invadir Venezuela: Mover mucho las manos, decir burradas, remover todos los miedos que guarda la izquierda para que le saquen, indignados, en sus medios y prometer resorts llenos de brilli-brilli. Lo de menos es que sea en Atlantic City o en la franja de Gaza.
Con tanto aspaviento, intenta que no le prestemos atención a lo que hay detrás del truco y, en concreto, a dos cosas muy relevantes que ocurrieron el mes pasado. Por una parte, sus tasas de aprobación entre los votantes de clase trabajadora que le dieron la presidencia tocaron mínimos históricos. Hace meses que las filas republicanas no están tan prietas en torno a un presidente que cada vez es menos popular.
Por otra, se publicaron varios archivos y fotografías que parecen demostrar que su relación con Jeffrey Epstein iban mucho más allá de lo que el presidente había mantenido hasta el momento. Entre los archivos, algunas imágenes del presidente rodeado de grupos de niñas con las que traficaba Epstein provocan preguntas muy incómodas para el presidente de EE.UU.
Para recuperar el control de la narrativa, el ilusionista en jefe necesita más trucos de magia: nuevos asuntos que produzcan indignación: que generen víctimas, sangre, miedo, rabia y, a ser posible, impactantes imágenes para la televisión.
Donald Trump está en un momento de debilidad, no de fortaleza y, como hizo en todas las ocasiones en que quebraron sus casinos, está buscando incautos para que se queden con sus deudas.
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