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El mundo se derrumba y al PP se le cae el marco
Otra vez Trump. Otra vez una nueva patada a la legalidad. Y otra vez, aquí en España, un PP desnortado y con el paso cambiado ante el expansionismo del inquilino de la Casa Blanca, quien horas después de la operación militar durante la que secuestró en Venezuela a Nicolás Maduro, ya tiene en Groenlandia su próximo objetivo.
El mundo se derrumba y Feijóo se queda sin marco porque el foco informativo ha girado inexorablemente. Con Venezuela se quiebra la estrategia informativa de los de Génova. Koldo, Ábalos, Cerdán, Leyre y la concertada campaña de acoso y derribo de la derecha mediática y política han saltado por los aires. No hay otra que mirar, no ya sobre lo que está por venir, sino sobre lo que tenemos delante de nuestros ojos. Y ya no es Sánchez el que mete miedo ante la llegada de la ultraderecha, es una realidad que nos aplasta y que nos deja un panorama inquietante en el que se opera desde la fuerza y no desde la legalidad. Y aun así el ataque golpista de Estados Unidos sobre Venezuela fue recibido con entusiasmo por la derecha española, que no tardó ni 24 horas en ensalzar “sin ambages” la operación ilegal para capturar a Maduro y juzgarlo por una supuesta “conspiración para el narcoterrorismo”. Un fervor que, horas después, tornaba en desconcierto cuando Trump negó toda legitimidad a la laureada María Corina Machado para llevar las riendas de la transición y aupó al mando a Delcy Rodríguez, en una demostración de que ni la intervención de EE.UU. era una victoria para la oposición ni la captura de Maduro era el final del chavismo como había proclamado la derecha española.
A Feijóo le va a pasar con Venezuela y la vulneración del derecho internacional lo mismo que con Gaza y el genocidio, que quedará atrapado en el laberinto de sus propias palabras. Y cuando se disponga a encontrar una salida alineada con la del resto del mundo sobre el golpe de Trump, saldrá Ayuso a corregirlo como hizo el día que se fotografió con el equipo de Israel en la Vuelta Ciclista a España.
De nuevo, estamos ante un PP sin rumbo frente a un Pedro Sánchez que se presenta como antagonista del capo norteamericano y de ese nuevo orden global en el que ya impera la ley de la selva. El presidente del Gobierno no solo trata de marcar otra vez perfil propio en la UE, sino que además se ofrece como puente entre la oposición venezolana y el gobierno de Delcy Rodríguez ante la incapacidad de Bruselas para plantar cara a un Trump cuyo próximo propósito es apoderarse de Groenlandia. Una amenaza que para la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, hay que tomarse muy en serio.
En La Moncloa están seguros de que el tablero ha cambiado y que los españoles siguen con más detenimiento lo que pasa en el mundo que la agenda informativa que hasta enero impuso el PP con la inestimable ayuda de sus medios amigos, en los que no se hablaba de nada que no fueran los asuntos judiciales que afectan al PSOE y los casos de acoso sexual de algunos de sus dirigentes. Ni siquiera el tradicional día de la Lotería de Navidad, donde históricamente los informativos han abierto con la celebración de los premiados, hubo este año tregua en algún telediario, cuya portada volvía a ser el ex ministro José Luis Ábalos.
Tras haber sobrevivido a una pandemia, una crisis inflacionaria, la erupción de un volcán y hasta un apagón eléctrico, el Gobierno siente que este enero, a efectos informativos, es un émulo del pasado septiembre, cuando tras el encarcelamiento de su secretario de Organización, Santos Cerdán, Sánchez retomó el vuelo con su decidida posición contra Israel y el genocidio al erigirse en valedor de la solución de los dos Estados a nivel europeo.
El presidente se aferra otra vez al marco internacional para recuperar la iniciativa política, cree que el tiempo juega a su favor y se dispone a desplegar una estrategia de pedagogía sobre lo que pasa en el mundo y las consecuencias que las decisiones de Trump tendrán sobre España y Europa. Intenta así recuperar posiciones en el marco nacional y aguantar, como siempre dijo que tenía previsto, hasta 2027, pese al anhelo de las derechas de un anticipo electoral. Cuestión distinta es que sus planes tengan efecto inmediato en las elecciones que en este primer semestre de 2026 tendrán lugar en Aragón, Castilla y León y Andalucía, donde las perspectivas para el PSOE no son muy halagüeñas.
De momento, ya se ha situado a la vanguardia de Bruselas al hablar de “violación del derecho internacional” frente a unas instituciones europeas tibias con la operación militar desplegada por EE.UU. sobre Venezuela. En La Moncloa entienden la falta de reacciones inmediatas por algunos estados miembros por la dependencia que sus gobiernos tienen de los partidos ultras con los que Trump se ha alineado abiertamente, pero en ningún caso eso frenará la estrategia de Sánchez de situarse como punta de lanza de un frente anti-Trump que ayude a reactivar al hasta ahora alicaído electorado progresista.
“El respeto a la soberanía y la integridad territorial de todos los Estados es un principio innegociable. De Ucrania a Gaza, pasando por Venezuela”, escribió el presidente en su cuenta de X, donde también subrayó que “España estará siempre en el compromiso activo con Naciones Unidas y en la plena solidaridad con Dinamarca y el pueblo de Groenlandia”.
Que Donald Trump no es personaje que amilane a Sánchez ya se demostró cuando el presidente del Gobierno se plantó ante la imposición del norteamericano a que los países de la OTAN aumentaran un 5% el gasto en Defensa. Y, aunque en este momento, en el Gobierno español saben que están “decididos a decir lo que pensamos sin llamar demasiado la atención de Trump”, están dispuestos a mantener el perfil antagonista siempre desde la defensa del derecho internacional, la soberanía de los estados, la Carta de las Naciones Unidas y la resolución pacífica de los conflictos, como ya ha dicho el ministro de Exteriores, José Manuel Albares.
Y todo ello sabiendo que el PP de Feijóo ha quedado fuera de juego ante un asunto de vital trascendencia en el que ni está ni se le espera, salvo para convertir Venezuela en materia de desgaste del Gobierno de España, como ha hecho históricamente y pese a tratarse de una crisis inequívocamente de dimensión internacional, que es donde Sánchez se ha ofrecido como mediador. Primero, con el documento impulsado por España con Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay para rechazar las “acciones unilaterales” de EE.UU., que crean un “precedente terrible y muy peligroso”. Y después al lograr este martes que Alemania, Francia, Italia, España y el Reino Unido, entre otros países, dieran apoyo a Dinamarca ante la amenaza anexionista de Trump sobre Groenlandia.
Es, en definitiva, en el marco internacional en el que Sánchez se mueve con más destreza, como ha demostrado desde que llegó al Gobierno. Lo hizo con el impulso a los fondos Next Generation de la UE, la reforma de las reglas fiscales en el nuevo marco de gobernanza económica o la excepción ibérica, pero también con la organización de la Cumbre de la OTAN de 2022 en Madrid o la revalorización del multilateralismo y la acción exterior coordinada con la UE.
Un balance en materia exterior que en La Moncloa creen que nada tiene que ver con el que dejó el PP en sus diferentes gobiernos siendo el del apoyo de Aznar a la guerra de Irak en 2003 y su alineamiento incondicional con EE.UU. y Reino Unido sin respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU, el más señalado, pero no el único. En el imaginario colectivo queda también la crisis del islote de Perejil con una respuesta militar simbólica, pero innecesaria para un incidente menor, el deterioro de los canales diplomáticos con Rabat o el perfil en la UE bajo la presidencia de Mariano Rajoy, donde España perdió el liderazgo en debates estructurales y pasó de actor impulsor a actor reactivo en el Consejo Europeo.
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