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Una tarde en las calles de Madrid con más inmigrantes: “Usera sigue siendo un barrio obrero, pero del siglo XXI”

Un hombre sale del restaurante de comida china, latina y española Sudamérica.

Constanza Lambertucci

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Al sur del río Manzanares, los alrededores de la estación de Metro de Usera ofrecen una instantánea del distrito. En la plaza de cemento, conviven pegados un bar manchego, una panadería ecuatoriana y un local que vende té de burbujas, una bebida asiática popular entre los jóvenes, que beben con entusiasmo en vasos de plástico de medio litro. La decena de calles que parten desde esa esquina de Madrid delimitan la sección de la ciudad con más porcentaje de extranjeros: 6 de cada 10 habitantes son inmigrantes, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

En esa sección censal, que es una división administrativa pequeña, viven 1.651 personas. Aunque el INE no publica en detalle los países desde donde llegan esos residentes, las cifras globales del distrito dan una pista. En Usera, el segundo distrito de Madrid con más extranjeros después del Centro, la mayoría de los inmigrantes llegan de China (9.900 personas), Bolivia (2.770) y Rumanía (2.200).

Las diferentes procedencias se notan en la variedad de comercios y en los acentos que se escuchan en las calles. Una joven española entra a comprar pan ecuatoriano; una latina hace cola en un supermercado asiático; dos chinos toman café en un bar español con 60 años de historia en el barrio.

La efervescencia de la plaza del Metro se diluye en las calles cercanas por la tarde, donde algunos comercios acumulan polvo tras haber cerrado definitivamente y otros abren a partir de las cinco de la tarde. Hay inmobiliarias, agencias de viajes, salones de estética, estudios de fotografía, mercerías, locutorios, fruterías y restaurantes. Las calles están decoradas con faroles y los carteles, escritos sobre todo con caracteres asiáticos. “Es China”, zanja un vecino.

Allí compran vecinos del barrio, pero también residentes de otros puntos de Madrid que buscan productos que no encuentran en otros lados. Xing, una mujer de 30 años nacida en Madrid pero con orígenes chinos, necesita un papel especial para pintar carteles decorativos con tinta negra y ha llegado desde Alcorcón; Ling, de 36, ha entrado en un local a enviar un paquete con maquillaje, ropa y vinos a su familia, que está el país asiático.

En uno de esos locales trabaja Jon, un hombre de 34 años que llegó hace una década a España desde el sudeste de China. Es cocinero y hace cuatro años abrió su propio restaurante, donde prepara comida típica de Szechaun, característica por el sabor picante. El local está decorado con pequeñas postales de paisajes de esa zona del país asiático cercana al Tíbet y vecina a Chongqing, un municipio que se separó de la provincia en 1997. Para hablar español usa el traductor del móvil y hace un esfuerzo para explicar qué es Chongqing: “Casi como Catalunya”.

Al principio, sus clientes eran sobre todo personas de origen chino, pero en los últimos años “más y más españoles” han empezado a comer allí, según cuenta. Este fin de semana, en el que el barrio será el epicentro de las celebraciones por el Año Nuevo Chino, el año de la rata, tiene las reservas completas. Jon vive en el barrio con su esposa y su hija de ocho años, que asiste a un colegio bilingüe en el que da clases en español e inglés. Él tiene su vida allí, no se queja de la relación con sus vecinos, y vuelve a China cada verano para visitar a su familia.

Yan, de 34 años y nacida en la provincia Zhejiang, al este de China, también ha abierto un local en esa sección de Usera porque vio que ahí la demanda era buena. En la calle Nicolás Sánchez “casi todos son chinos”, dice. Vende tartas de colores, té de burbujas, bowl de frutas de Hong Kong. Todos los ingredientes que necesita los consigue en el barrio, cuenta en un español trabado que aprendió hablando con clientes: “Quiero aprender español, pero necesito ganar dinero. Los chinos vivimos aquí por trabajo y no nos queda tiempo [para estudiar]. Los jóvenes sí aprenden porque tienen muchos amigos”.

Ellos son algunas de las pocas personas que han aceptado hablar para este reportaje, una treintena no ha querido por las dificultades para expresarse en español, según han respondido. “La frontera idiomática complica la comunicación”, explica por teléfono el director de teatro Fernando Sánchez-Cabezudo, que desde 2011 trabaja con la comunidad china en el barrio y ha desarrollado el proyecto Historias de Usera para recopilar vivencias de los inmigrantes del país asiático y de los familiares que que quedaron en el extranjero. “Eso se supera con aproximación y escucha”, señala.

En su experiencia, ha encontrado una comunidad “hospitalaria, accesible, con vivencias emocionales y cercanas”. “Siguen con sus relaciones dentro del barrio y mantienen un vínculo, sobre todo, con los abuelos, que han quedado en China”, explica el dramaturgo. Daniel Tarriño, un fotógrafo criado en el barrio, que ha pasado los últimos dos meses registrando los preparativos de la comunidad para la celebración del Año Nuevo, ha observado algo similar: “La comunidad china desconfía, pero después se entrega mucho”. Cree que esa desconfianza se genera porque “hay mucho racismo”. “Dicen que no se adaptan, que no se saben comportar, pero yo descubrí una comunidad muy activa, muy orgullosa de su cultura”, añade.

Algunos vecinos, sin embargo, atribuyen a los chinos y otros migrantes todos los males de un distrito con la segunda renta media más baja de la capital y una tasa de paro del 11%, tres puntos por encima de la media en Madrid, según datos del Ayuntamiento de 2017. Si las calles están sucias, si la calzada está rota, si hay robos, señalan hacia cualquiera que no sea español.

Concha, una pescadera del mercado municipal de Usera que ha vivido toda la vida en el barrio, asegura que ya no reconoce la zona. “Antes no hacía falta salir del barrio. Era obrero, pero con buenos comercios, con floristerías, zapaterías… Ahora no hay nada”. La mujer tiene la percepción de que todos los comercios que abren son de chinos. “No sé qué condiciones tendrán…”, especula y un cliente la frena para aclararle que “los impuestos son los mismos”. Es uno de los bulos que circulan, pero los ciudadanos chinos, como el resto de personas que tienen un comercio en España, pagan impuestos. El cierre de comercios tradicionales, por otro lado, es una tendencia que trasciende Usera.

En una panadería tradicional del barrio, otro hombre apunta más bien al “olvido” de la Administración. “Es el sur, y bueno”, lamenta Carlos, de 53 años, que ahora vive en Plaza Elíptica y vuelve al barrio a comprar palmeras. “Se acuerdan solo cuando es el Año Nuevo chino y luego nada”, critica. En la misma calle, unos metros más adelante, Santos, de 58 años y dueño de un bar, apunta con el dedo hacia afuera: “Las casas de apuestas nos han hecho mucho daño”. En el local que señala, que ahora tiene una fachada negra con letras luminosas verdes, había un supermercado. “Había familias y más movimiento. Esto no genera nada para el barrio. Ahí les dan todo gratis y a jugar”, observa.

Pero vuelve a enzarzarse con los extranjeros. “Ya no hay españoles, que son los que beben”. Su percepción es exagerada porque el 40% de los residentes son madrileños o personas que han llegado desde otras comunidades autónomas. En su bar, a esa hora de la tarde, hay tres clientes –dos chinos y uno español– y la empleada, que es colombiana. En otro bar, Cristian, de 32 años, también se queja porque “no queda nadie de aquí”. “Yo vivo de ellos, pero seguramente estaba mejor antes”, aventura. Es votante del partido de ultraderecha Vox, que en las elecciones del 10 de noviembre obtuvo un 14,6% de los votos en el distrito y quedó en cuarto lugar después de PSOE, PP y Unidas Podemos.

“Los que no los entienden muestran rechazo”, opina, en cambio, Olivia, una española de 19 años que trabaja en el barrio como niñera, mientras estudia Derecho. Sale de comprar la cena en una panadería ecuatoriana y el barrio ya está oscuro. Las luces de neón se encienden y las calles se animan un poco más, sobre todo, en los alrededores de uno de los supermercados asiáticos, donde la gente que llega desde diferentes puntos de Madrid compra lo necesario para la cena de fin de año. El ruido de los escáneres de la cajas, de los envases de aluminio y de las conversaciones en idioma extranjero llenan el lugar.

Rosa, una profesora de arte mallorquina de 26 años, se mudó al barrio hace seis meses atraída por la “confluencia especial” de cultura asiática, latina y española. “Enriquece, es como viajar sin salir de Madrid”, valora. Para ella, la llegada de inmigrantes ha reconfigurado el barrio, pero en “esencia” continúa siendo lo que era: “Sigue siendo un barrio obrero, pero del siglo XXI”.

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