Los que nunca pararon en Madrid: "Tenía una responsabilidad grande, podía traer el virus a mi casa"

Yolanda Hormigo, trabaja en una papelería donde no ha dejado de vender prensa. / Marta Maroto

“Te levantabas pensando en el miedo”. La voz de esta fisioterapeuta de una residencia de ancianos se quiebra al recordar los peores momentos de la pandemia, cuando cada día los muertos se contaban por cientos y los protocolos instaurados por el Gobierno de la Comunidad de Madrid bloqueaban los traslados a los hospitales.

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“Era complicado vestirse para ir a trabajar cuando mi coche era el único del garaje que se movía. Pensaba en que tenía una responsabilidad grande, podía traer el virus a mi casa y a la residencia”, continúa la trabajadora, que prefiere no ser identificada. 

Para muchas personas, no siempre de las ocupaciones consideradas como esenciales, el teletrabajo no ha sido una opción durante el centenar de días de estado de alarma. Cajeras de supermercado y alimentación, puntos de venta de prensa, transportes, tanto por tierra como por mar, educadores sociales… la lista de trabajadores que no pararon para que el resto pudiera quedarse en casa no tiene fin. 

Con un 40% de la población activa afectada por un ERTE, cese de la actividad o desempleo durante los periodos más duros de la pandemia, Juan agradece haber seguido trabajando en su gasolinera de Chamberí porque las facturas se tienen que pagar. Reconoce, sin embargo, que sin apenas coches ni nadie caminando, el aburrimiento y el miedo por las noches —“parecía una película de terror”— no le han hecho sentirse “esencial como sí han sido los trabajadores sanitarios”, porque la gasolinera se convirtió en una suerte de supermercado. 

Para Alejandra García, de 46 años, seguir trabajando también ha sido positivo, “no sentí ese encierro que sí han sentido los demás”, explica en un breve descanso en la cochera. Es conductora de autobús, y también dice temer más esta nueva normalidad que a muchos ha hecho olvidar que hubo un día en el que los hospitales colapsaron. 

“Estoy aterrorizada ahora porque antes no había nadie y entraban por la puerta trasera, no tenían que validar el abono, ahora la gente hace como si no pasara nada”, sostiene.

Yolanda Hormigo coincide en que el levantamiento del estado de alarma le produjo "todavía más miedo”. Es dueña de una papelería en Alcorcón que no cerró ni un solo día, “no lo hicimos por la economía, llevamos arrastrando la crisis desde 2008, sino por la comunidad y por dar la impresión de cierta normalidad a los vecinos”. 

Operada recientemente y con un estado de salud todavía frágil, Hormigo, de 49 años, cuenta que la decisión de seguir adelante cuando todo cerraba fue dura. Desde el otro lado de la pantalla transparente que protege su mostrador ponía cara e historias a las cifras de las que informaba la prensa que vendía. 

Las formas de trabajar han cambiado, el día a día ha tenido que adaptarse al virus no solo con barreras físicas e higiénicas, como mamparas o desinfecciones, también han tenido que reorganizarse los equipos para reducir al máximo el número de personas en un mismo espacio. 

José Manuel Rodríguez, de 58 años y responsable de un centro de distribución de la industria del automóvil, siguió yendo puntual a su oficina por “convicción personal”. Su empresa ya impuso medidas de higiene y protección desde febrero, extremando la precaución con los vehículos y chóferes procedentes de Italia, reforzando la limpieza e instalando hidrogeles, marchas en el suelo y controles de temperatura.

A quien le ha venido bien la paralización para agilizar su trabajo ha sido a Fernando Lozano, que transporta leche y zumos en su camión. “¿Tú sabes lo que es pasar París sin coches? Con circulación normal pueden ser 50 minutos, pero ahora que ya vuelven los atascos son más de tres horas”, hace un aspaviento en un área de servicio de la A2.

Junto a otro compañero camionero discuten lo complicado que ha sido encontrar comida y lugares para ducharse en la carretera porque todo estaba cerrado o porque en las áreas de servicio tenían miedo de atender a personas cuando todavía no se había extendido el uso de mascarillas o de otras medidas sanitarias.

“Lo podríamos haber cogido todos porque no se ha respetado nada”, recuerda de esas primeras semanas iniciales una cajera de un supermercado que prefiere no dar su nombre. “La gente sin mascarilla se ponía a hablarte muy cerca, o se la quitan para hablarte”, cuenta indignada. “Desde aquí ves la realidad, y es que no se ha cumplido el confinamiento, había gente que bajaba 5 o 6 veces a comprar al día”, sentencia tajante.

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Publicado el
1 de agosto de 2020 - 18:30 h

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