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Respuestas y consejos. Por la psicóloga Mónica Manrique. Lee todos sus artículos en este enlace

Pecados capitales. Hombres vs. Mujeres: La lujuria

Tres momentos del video

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Mujer lujuriosa: Guarra, puta, zorra. 

Hombre lujurioso: Don Juan, follador, truhán, señor.

La doble vara de medir en cuanto a la lujuria puede ser la más obvia y la que atraviese el resto de desigualdades a la hora de evaluar y juzgar el mismo comportamiento en hombres y mujeres.

Pongamos primero el foco en el lenguaje. La RAE incluyó el año pasado la palabra “Gif” en su diccionario, el mismo en el que, a 2026, no han tenido a bien cambiar las diferentes acepciones para hombres y mujeres. Aquí, dos ejemplos: “hombre público” (hombre que tiene presencia e influjo en la vida social) frente a “mujer pública” (prostituta); y “hombre de la calle” (persona normal y corriente) mientras que “mujer de la calle” en su segunda acepción significa “prostituta que busca a sus clientes en la calle”. También podemos encontrar la definición de “mujer del partido” como prostituta y la de “mujer mundana” como... prostituta.

Como señala María Martín, en el diccionario, la definición de “ninfómana” es “mujer que padece ninfomanía” y “ninfomanía” se define como “apetencia sexual insaciable de la mujer”; sin embargo, la palabra “ninfómano” directamente no existe.

La relación entre el lenguaje y la cultura es bidireccional: la cultura genera lenguaje y el lenguaje es capaz de modificar nuestra manera de pensarnos y sentirnos a nosotras mismas y a los demás, modificando en consecuencia la forma de relacionarnos.

A lo largo de nuestra socialización de género hemos ido incorporando normas que imponen restricciones a nuestro deseo y comportamiento sexual. Llevamos un despiadado juez interno que censura nuestros deseos. Freud se equivocó al decir que las mujeres nacemos castradas —a las mujeres nos castran—, pero acertó al afirmar que lo que más tememos no es la pérdida del orgasmo, sino la pérdida del amor, el temor de ser abandonadas o repudiadas. Así, nuestro objetivo es ser amadas y para ello debemos vivir con nuestro deseo amputado (Erika Adánez, 2022).

A los hombres siempre se les ha permitido actuar conforme a su propio interés; aparte de en otros ámbitos, como el económico, de manera muy destacada en el sexual. Pero para nosotras, priorizar nuestro interés sexual ha sido tabú e incluso algo terminantemente prohibido (Katrine Marçal, 2012). Así, la que se atreve a criticar la visión dominante del erotismo, o a ponerse a sí misma como sujeto del relato amoroso o sexual, es percibida como una amenaza que se neutraliza ridiculizándola y convirtiéndola en una criatura grotesca (Mona Chollet).

Desde el principio:

“Desde el momento en que nacemos, la sexualidad femenina se vuelve del revés para que la 'belleza' pueda ocupar su lugar, para que las mujeres mantengan siempre la mirada puesta en su propio cuerpo y la levanten única y exclusivamente para comprobar su reflejo en los ojos de los hombres.” (Naomi Wolf, 1991/2002)

A partir de la pubertad, la mujer tiene la experiencia de un cuerpo que se ha convertido en objeto antes incluso de poder ser un cuerpo para sí misma; esto es lo que explican las reacciones de incomodidad y repugnancia de muchas jóvenes en la pubertad, que rechazan ese cuerpo nuevo que atrae sobre ellas unas atenciones a menudo incomprensibles (Mona Chollet, 2022).

Las mujeres no nos construimos como agentes activos de nuestra propia sexualidad, sino que nuestro deseo queda sujeto al deseo del varón; no nos pertenece.

“Ser deseada por este ser viril, garante de la potencia y la individualidad, es un medio a través del cual conseguir un sentimiento de valía y estima personal. La búsqueda de esta mirada viril supone ser reconocida en su individualidad, de manera que esa búsqueda no es un deseo genuino, sino la voluntad de ser deseada, admirada y reconocida.” (Mona Chollet, 2022)

Los hombres nos miran; nosotras nos observamos siendo miradas. 

En consecuencia, nuestro poder no reside en la capacidad de liberar nuestro propio deseo, sino en la capacidad de suscitar el deseo ajeno, lo que otorga una falsa y peligrosa sensación de poder y control. Pero, ¿es realmente poder lo que conseguimos al cosificarnos para obtener el deseo y la validación masculina?

El reconocido médico y experto en trauma Gabor Maté afirma que:

“La sexualización de la mujer es otra fuente de problemas de salud. Que una persona se valore por el uso que otros pueden hacer de ella es una agresión al yo. Las niñas y las mujeres son mucho más propensas a atenerse a ello, e incluso a adoptar la seductora idea de que es una señal de empoderamiento.”

Maté cita una entrevista con Alanis Morissette, quien le habló de la “embriaguez de poder”. Describe cómo: “Allá donde fuera, mi intelecto y mi ser se veían disminuidos, si no borrados por completo. Al mismo tiempo, de repente tenía un gran poder siendo cosificada o sexualizada.” Con los años se dio cuenta de que cuando sentía ese “gran poder” era una menor siendo abusada.

Para no quedarnos con este mal sabor de boca, echemos mano de la etología. El zoólogo Frans de Waal nos cuenta cómo las investigaciones y sus interpretaciones no son neutrales, y tampoco lo son cuando se plantean preguntas del tipo: ¿Para qué sirve el clítoris? ¿Realmente lo necesitamos? Así, el clítoris de la hembra bonobo ha merecido especial atención por su equivalente humano y ha suscitado un acalorado debate dentro de la comunidad científica. Las respuestas a estas preguntas varían en función del lugar que cada ideología entiende que le corresponde a la mujer. De Waal nos expone dos hipótesis:

  • La primera hipótesis supone que las mujeres no necesitan buscar sexo; basta con que lo acepten cuando llama a su puerta. El clítoris no sería más que un “glorioso accidente” de la evolución.
  • La segunda establece que el clítoris evolucionó para permitir experiencias orgásmicas que convirtieran el sexo en un placer adictivo. Aquí se presupone una sexualidad femenina activa que busca hasta encontrar lo que le gusta.

Por mucho que le pueda importunar a la RAE, a Freud y a todo el sector conservador y machista, el mundo animal está repleto de hembras sexualmente emprendedoras, y la hembra humana tiene pinta de ser una de ellas; no se está quedando con los brazos cruzados. Siempre hay espacio para la esperanza.

Así, al entender el cine como modelo y espejo de nuestras vidas, nace el concepto de “female gaze” (mirada femenina) como herramienta de análisis, nacida en la teoría cinematográfica feminista. Este enfoque propone una forma de observar y representar el mundo desde nuestra perspectiva, alejándose de los estereotipos y la objetivación tradicional.

Tanto en el cine y el teatro como en la literatura (y también en redes sociales, tirando de sátira), se nos muestra —y nos mostramos— cada vez más como sujetos autónomos con motivaciones propias, más allá de ser objetos de deseo o accesorios de los personajes masculinos. Ahora, en la producción cultural y en redes sociales, somos nosotras las que sentimos y buscamos satisfacer nuestro legítimo deseo sexual de manera activa.

Pero, ¿cuánto camino nos queda por recorrer si estos productos son hechos por y para mujeres, mientras que lo hecho por hombres sigue siendo para “el público general”?

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