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Opinión - 'La encerrona perfecta', por Rosa María Artal

Si dejamos a un lado...

El portero de la selección española, Unai Simón, celebra la victoria contra Austria este jueves en el Mundial.
3 de julio de 2026 21:34 h

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Dejando a un lado que la FIFA es una organización siempre bajo sospecha, dirigida por un ser capaz de inventarse un galardón, una ridícula Medalla de la Paz, sólo para saciar el insaciable ego del demonio naranja a quien hace tiempo que vendió su alma, o que es capaz de llevar su mejor evento a casa del mayor postor, pasándose por el forro de sus balones si en esos lugares se respetan los derechos humanos, si hace un calor que derretirá a los jugadores o si los regímenes que gobiernan son crueles dictaduras... Dejando a un lado esas cosillas, un Mundial es un Mundial. Un Mundial de Fútbol es ese acontecimiento “deportivo” en el que, quitando a los imbéciles sectarios de siempre, quedan arrinconados, que no olvidados, los sesgos ideológicos de los ciudadanos, de los aficionados de un país que, durante noventa minutos, son sustituídos por una desenfrenada pasión común: su selección.

En el Mundial de este año, si dejamos a un lado que uno de los países anfitriones está liderado por un psicópata, que está sometiendo a las selecciones que le caen mal a un trato vejatorio, con la anuencia de la propia FIFA, por ejemplo obligando a los miembros del equipo de Irán a tener que hacer una barbaridad de kilómetros cada vez que tenían que jugar, porque no se les permitía pernoctar en Estados Unidos y tenían que marcharse a México y volver a pasar los controles de emigración cada vez que regresaban para disputar sus partidos, si dejamos a un lado esto, un Mundial es un mágico punto de encuentro en el que a David siempre le cabe una posibilidad de vengarse de Goliat sin derramar una gota de sangre y mandarlo a casa vencido y cabizbajo y eso para el público que no es partidario del gigante siempre es un aliciente añadido. Hay más emoción en apostar por lo improbable, porque si vence la recompensa es mucho mayor que si se toma partido por el favorito, por el grandullón, por el fuerte. Creer en el débil es una manera de intentar poner equilibrio en la balanza de la justicia universal.

Si dejamos a un lado la humillación a la que intentaron someter al mundo hispanohablante prohibiendo que en algunas ruedas de prensa y entrevistas se utilizara nuestra lengua, aunque luego tuvieran que dar marcha atrás en tan extravagante y absurda maniobra, si dejamos a un lado eso, un Mundial es una lugar de reunión, de identificación, de fiesta y de regocijo, un lugar de abrazos espontáneos y de lágrimas francas, de pasión, de delirio, de arrebato, un acontecimiento cargado de una de las cosas que nos distingue del resto del mundo animal, que es la capacidad de emocionarnos. Un oso hormiguero no se emociona si ve a un congénere darle una patada a una piña y colarla en un agujero, pero un ser humano sí.

Si dejamos a un lado que por orden del narcisista del ralo tupé teñido de rubio se le ha negado el visado a Michel Mboladinga, el congoleño que en cada partido de su selección, tieso como un palo y vestido elegantemente, homenajea a Lumumba, primer ministro del Congo Independiente y héroe nacional, cuando el imbécil presidencial ni siquiera debe de saber quién era, si dejamos a un lado eso, un Mundial significa la oportunidad de reivindicarse, de hacerse notar, de lanzar un grito al mundo y llamar su atención para gritarles a los necios e ignorantes que hay mundo más allá de sus fronteras.

Si dejamos a un lado que para la FIFA y sus adláteres empresariales el Mundial no es más que un instrumento para hacer caja y prueba de ello es el nuevo invento de la pausa de hidratación durante la cual lo que verdaderamente les importa es que se llene el espacio televisivo de anuncios y no la absorción de líquidos por parte del organismo de los futbolistas, si dejamos a un lado eso, un Mundial es un maravilloso escaparate en el que los genios del balón pueden exhibir sus artes, pasmarnos con sus regates, su velocidad, sus saltos inverosímiles para conseguir un remate de cabeza, su habilidad para el dribling, su juego de cintura, su golpeo de balón, sus despejes de puños, sus paradones... Un Mundial es la sala de exposiciones donde futbolistas desconocidos pueden dejar de ser promesas para convertirse en estrellas, en el centro de atención de los grandes clubes del mundo, es el teatro donde quienes fueron astros rutilantes puedan recibir el aplauso definitivo antes de decir adiós...

Si dejamos a un lado que al equipo de Uruguay les hacían formar en fila, les pedían que dejaran sus bolsas de deporte y sus maletas en el suelo, mientras perros entrenados para encontrar droga, armas o bombas las olisqueaban como si fueran presuntos terroristas o narcotraficantes, si dejamos a un lado esto, un Mundial es una oportunidad para mostrar decoro y humildad, que te hace capaz de superar estas humillaciones por el mero hecho de competir, de mostrar el orgullo de unos colores, de representar las aspiraciones y la honra de una nación entera y hacer que parezca que eso merece la pena.

Si dejamos a un lado que a muchos aficionados de Costa de Marfil, de República Democrática del Congo, de Senegal, de Haití o de Irán se les ha prohibido la entrada a EEUU por el mero hecho de ser aficionados de Costa de Marfil, de la República Democrática del Congo, de Senegal, de Haití o de Irán, sin más sospechas, si dejamos eso a un lado, un Mundial es inflarte a ver jugar al fútbol y disfrutar de un deporte maravilloso desde el sofá de tu casa sin necesidad de sudar la camiseta, con una cerveza y una bolsa de patatas fritas en la mesita, que es lo que debe de estar haciendo todos estos días el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, a quien se le denegó el visado para entrar en el país del capullo color mandarina y al que no le ha quedado otra que meter el silbato en el cajón de sus decepciones y pasar a ser un mero espectador más, así que sí, si dejamos a un lado algunas cosillas, un Mundial de Fútbol es siempre una aventura fantástica al alcance de casi todo el mundo.

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