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El último Mundial del viejo mundo

Modric y Perisic celebran la victoria contra Panamá junto a compañeros de Croacia que lucen camisetas en homenaje a su partido número 200 con la selección.
9 de julio de 2026 22:53 h

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Este Mundial esconde una curiosidad estadística que, en realidad, cuenta una historia irrepetible. Lo digo porque será, con toda probabilidad, la última Copa del Mundo en la que han competido jugadores nacidos en países que ya no existen, los últimos vestigios futbolísticos de un viejo orden político. Luka Modrić, Ivan Perišić, Manuel Neuer, Vladimír Darida o Utkir Yusupov llegaron al mundo antes de que el mapa de Europa cambiara para siempre. Todos ellos son los últimos embajadores balompédicos de una geografía abolida.

Los últimos yugoslavos

Ningún caso simboliza mejor esa transformación que el de la antigua República Federativa Socialista de Yugoslavia. Durante décadas fue una de las grandes potencias futbolísticas de Europa. Alcanzó dos semifinales mundialistas, conquistó títulos olímpicos y formó generaciones de enorme talento, antes de que las guerras de los Balcanes y la desintegración del país cambiaran para siempre el destino de la región. El fútbol, lógicamente, no se pudo quedar al margen del conflicto; de hecho, algunos consideran que todo estalló tras el infame enfrentamiento entre el Dinamo Zagreb y el Estrella Roja en mayo de 1990, partido que degeneró en una batalla campal entre ultras y policía.

En ese país que ya daba síntomas de desmoronamiento nació Luka Modrić, el 9 de septiembre de 1985, en Zadar, ciudad de vientos de bora. Croacia era entonces una de las seis repúblicas constituyentes de la antigua Yugoslavia que seis años después ardería en una brutal guerra de independencia. La infancia de Modrić quedó marcada por ese fuego. En el pueblo de Kruševo, en las faldas del Velebit, su abuelo Luka —de quien heredó el nombre— fue asesinado por milicianos serbios a pocos metros de la puerta de su casa. La familia huyó y encontró cobijo en un hotel reconvertido en alojamiento de emergencia para desplazados. Fue en el aparcamiento de ese hotel, entre sirenas y asedio, donde Modrić aprendió a golpear un balón durante horas contra una pared. El futbolista terminaría siendo el símbolo deportivo del Estado que emergió de esas ruinas, pero su punto de partida fue el cemento gris de un parking de hotel sitiado. Así que su carrera resume como pocas el tránsito entre dos épocas: nació en un país que desapareció y también acabó simbolizando el éxito deportivo del Estado que nació de sus ruinas.

Ivan Perišić, nacido en Split en 1989, pertenece a la misma generación perdida. O Ante Budimir, que llegó al mundo en 1991 en Zenica, hoy Bosnia y Herzegovina, aunque toda su carrera la desarrolló vistiendo la camiseta croata. Bosnia sí tuvo a Edin Džeko. Nacido en Sarajevo en 1986, su infancia coincidió con el asedio más largo que ha sufrido una capital europea desde la Segunda Guerra Mundial. Su familia vivía hacinada en el apartamento de sus abuelos mientras la guerra convertía los barrios en una línea de frente. Años después, Džeko recordaría cómo un proyectil cayó sobre uno de los descampados donde solía jugar al fútbol. Para Bosnia, que durante décadas buscó afirmarse como nación en el escenario internacional, Džeko fue algo más que un delantero: fue el rostro de un país que intentaba reconstruirse y encontraba en el fútbol el lenguaje común para hacerlo.

Los últimos del divorcio de terciopelo

Mientras Yugoslavia se desintegró entre sangre y fuego, Checoslovaquia protagonizó uno de los divorcios políticos más civilizados de la historia reciente ante las irrenunciables posturas de los líderes de ambas regiones. El 1 de enero de 1993, el país que había dado al mundo a Kafka y a Hašek se dividió en dos: la República Checa y Eslovaquia, con los bienes nacionales repartidos de forma proporcional. Pero antes de este pacto habían nacido Vladimír Darida, Jaroslav Zelený y Vladimír Coufal. Los tres futbolistas son checos según su pasaporte, pero nacieron en Checoslovaquia según su partida de nacimiento. Son ciudadanos de un país que se esfumó.

Los últimos alemanes de la Guerra Fría

Hay algo simbólico en que Manuel Neuer, el portero más influyente de su generación, pertenezca técnicamente a la última camada de ciudadanos de la República Federal Alemana anterior a la reunificación. Nació el 27 de marzo de 1986 en Gelsenkirchen, ciudad industrial del Ruhr, cuando el Muro de Berlín todavía dividía Europa en dos bloques y la RDA entrenaba a sus atletas con métodos que infundían terror.

Cuatro años después, el 3 de octubre de 1990, las dos Alemanias se reunificaron. Neuer tenía cuatro años y ya se situaba bajo palos en el campo. Fue precisamente a esa edad cuando descubrió que le resultaba más cómodo saltar hacia la izquierda que hacia la derecha para atajar. Neuer creció y se empezó a formar, pues, en la Alemania unida, pero nació en el último suspiro de la dividida. Con 40 años, este Mundial ha sido su despedida.

El seleccionador Nagelsmann apostó por Neuer en este campeonato, arriesgándose al poner fin a dos años de retiro internacional del portero para desbancar a Oliver Baumann, el sólido arquero de 36 años que quizás nunca vuelva a jugar un Mundial. Curiosamente, Baumann nació unos meses antes del 3 de octubre de 1990, así que comparte con Neuer ese raro privilegio cronológico.

Los últimos soviéticos

Hay un caso que ha pasado más desapercibido, pero que quizá sea el más significativo desde el punto de vista histórico. Uzbekistán ha disputado su primer Mundial y lo ha hecho con dos jugadores nacidos todavía bajo bandera soviética: Utkir Yusupov y Farrukh Sayfiev, que llegaron al mundo apenas once meses antes de que la URSS firmara su disolución el 25 de diciembre de 1991. Su presencia en este Mundial ha tenido una dimensión casi arqueológica.

El fútbol, espejo del orden mundial

Los mundiales siempre han sido un retrato del momento político del planeta. La desaparición de la URSS multiplicó de golpe las selecciones europeas y asiáticas. La fragmentación de Yugoslavia convirtió una única potencia futbolística en media docena de naciones que aprendieron a competir por separado, con resultados a veces más brillantes, como Croacia en el 98. La reunificación alemana operó en sentido inverso: donde los Balcanes dividieron, Alemania fusionó dos tradiciones futbolísticas que habían evolucionado en paralelo durante cuatro décadas bajo una sola camiseta blanca. El divorcio checoslovaco creó dos federaciones independientes que tomaron caminos propios. Todo ese reordenamiento del mapa encontró su reflejo en las convocatorias mundialistas de las décadas siguientes. El fútbol procesó en tiempo real lo que los historiadores tardarían años en analizar. Este Mundial marca el cierre definitivo de ese ciclo.

La noche en la que Modrić jugó su último partido con Croacia, esa eliminatoria fatídica ante Paraguay en la que Neuer dejó para siempre los guantes, o el momento en el que Džeko, Darida o Perišić se despidieron del escenario mundialista, en esos instantes desapareció algo más que una generación de futbolistas, desapareció también la última hornada futbolística nacida en un mundo que ya no existe.

El siguiente Mundial ya pertenecerá por completo al siglo XXI.

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