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La rebelión de los pequeños y el nuevo orden del fútbol mundial

Vozinha, el portero de Cabo Verde que se ha convertido en un ídolo por su actuación en el Mundial.

Alfonso Alba

5 de julio de 2026 21:41 h

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Durante el Mundial de 2026, Gary Lineker ha tenido que actualizar su icónica frase sobre el fútbol de selecciones: “El fútbol es un juego simple. Veintidós hombres persiguen una pelota durante 90 minutos y al final los alemanes ya no siempre ganan. La versión anterior queda relegada a la historia”. Lineker, un icono en Inglaterra, fue el máximo goleador del Mundial 86 y es ahora uno de los comentaristas deportivos más reputados en Reino Unido. Un 4 de julio de 1990, en Turín, Alemania Federal eliminaba en la tanda de penaltis a la Inglaterra de Lineker. A pie de campo, el inglés dejó para la posteridad una sentencia que definió un deporte durante décadas: “el fútbol es un juego de once contra once en el que siempre gana Alemania”.

En aquel Mundial de Italia la sorpresa fue la Camerún de Roger Milla, que se coló en cuartos de final. Del sueño la despertó precisamente Inglaterra, que venció a un equipo de futbolistas que apenas había salido de África, formados en campos de tierra y con escasos recursos. Aquella Camerún fue mítica y es difícil encontrar a algún aficionado al fútbol que no fuese con ellos, desde el partido inaugural frente a Argentina hasta aquellos octavos de final en Nápoles en los que eliminaron a Colombia.

En 2026, la invencible Alemania se llevó el primer susto con Curaçao, un país que es más pequeño que muchas ciudades españolas. En su debut mundialista, Curaçao le llegó a empatar a Alemania en el minuto 21, con un gol de Livano Comenencia celebrado en todo el planeta futbolístico. Los alemanes se repusieron y acabaron respondiendo con seis goles más. Pero cayeron en su último partido en el grupo frente a Ecuador y se marcharon a casa en dieciseisavos tras perder su primer tanda de penaltis de la historia de los mundiales, frente a Paraguay. Fue ahí cuando Lineker tuvo que actualizar su frase.

El 7 de julio de 1974, el Estadio Olímpico de Múnich acogió una de las grandes finales de los mundiales: Alemania occidental frente a la Holanda de Cruyff. Aquel partido convirtió a estas dos selecciones en la aristocracia del fútbol. Alemania tiene cuatro Mundiales y Holanda una sola Eurocopa, pero dos finales y la certeza de que la Naranja mecánica de 1974 cambió la forma en que se practicaba ese deporte en todo el mundo. Unas horas después de que Alemania perdiera en los penaltis frente a Paraguay, Holanda también hacía las maletas. Derrota frente a Marruecos. Y en otra tanda de penaltis.

La pentacampeona Brasil tuvo que sudar para remontar el gol inicial de Japón en el partido soñado por Oliver Atom y su ficticio amigo Benji Price. Y Harry Kane se inventó un golazo por la escuadra para levantar un partido que a Inglaterra se le había atragantado frente al Congo. Bélgica remontó en cinco minutos ante Senegal y Noruega también necesitó del mejor Haaland para vencer a Costa de Marfil. Solo México, Francia y España han resuelto con solvencia sus partidos en unos dieciseisavos de final en los que ha quedado claro que “si la pelotita no quiere entrar no hay rival pequeño”, como dejó dicho Di Stefano.

Pero la admiración en esta Copa del Mundo la provocó Cabo Verde, otro país debutante. En la madrugada del sábado se vistió de Camerún en 1990 y puso contra las cuerdas a la todopoderosa Argentina de Messi, campeona del mundo en 2022 y candidata a revalidar el título. Los africanos forzaron la prórroga y en el minuto 103 Lopes Cabral marcó el gol del Mundial con el que empataba de nuevo la eliminatoria. Solo un gol de Borges en propia puerta (que no jugaba para Argentina, sino para Cabo Verde), impidió la que podía haber sido la gran gesta del campeonato. Y quizás de los últimos mundiales.

Los futbolistas de Cabo Verde celebran uno de los goles frente a Argentina.

El fútbol siempre es un deporte de once contra once, en el que gana el que más goles marca y menos encaja. Es un aforismo sencillo pero difícil de mantener incluso cuando la calidad de los once de enfrente es abrumadoramente superior. En pleno 2026 y con la globalización del deporte, no solo han evolucionado los futbolistas sino también las tácticas. En un Mundial en el que uno de cada cuatro futbolistas ha nacido en un país diferente para el que juega (muchos se han formado en las grandes escuelas europeas), los planteamientos tácticos de algunos entrenadores pueden llegar a complicar mucho la vida a las favoritas.

La BBC analizó al detalle el partido de España (que figura entre las candidatas a ganar el Mundial) frente a Cabo Verde, un país 200 veces más pequeño. Pero también actuaciones como las de la propia Curaçao o Ghana, que han logrado sorprender a rivales de mayor fuste mediante sistemas defensivos muy compactos, evitando caer en la presión que buscaban provocar equipos claramente dominadores. Mantener juntas las líneas, cerrar los espacios interiores y renunciar a una presión constante ha permitido a estos conjuntos neutralizar buena parte del potencial ofensivo de sus adversarios. Las selecciones modestas que mejores resultados están obteniendo combinan esa solidez defensiva con una salida de balón valiente y bien planificada. En lugar de recurrir únicamente al juego directo, atraen la presión rival con pases cortos para después buscar envíos largos hacia espacios libres, una estrategia que ha generado numerosas ocasiones de peligro. Y desatado la emoción en las gradas.

Moha Gerehou se planteaba antes del Mundial si África estaba despertando en los mundiales o directamente ocupando el lugar que le corresponde. Y recordaba que la primera opción que tuvo el continente de disputar uno fue en 1966, en Inglaterra, cuando la FIFA decidió que había una sola plaza para África, Asia y Oceanía. Y la ganó Corea del Norte. En 2026, con un Mundial de 48 selecciones, África ha logrado clasificar para los dieciseisavos a nueve de sus diez equipos. Solo ha fallado Túnez. Europa ha metido a 13 selecciones en los cruces. Y África ha superado a la Conmebol (cinco), a la Concacaf (Estados Unidos, Canadá y México), a Asia (Japón) y a Oceanía (Australia).

Gran parte de los futbolistas africanos juegan en Europa (el 80% aproximadamente del total). E incluso algunos de los que actualmente lo hacen en África o se han formado o alguna vez han jugado en el continente europeo. Enric González escribía sobre el nuevo orden del Mundial y recordaba cómo la potencia futbolística europea está en los clubes. Es una generación que ha nacido en Europa, o ha crecido viendo los vídeos de Weah, Drogba, Eto'o o Essien. Que ha aprendido táctica en las mejores academias y que cada fin de semana se foguea contra los mejores clubes del mundo.

Al Mundial más largo de la historia aún le quedan los octavos, cuartos, semifinales y final para determinar cuantos Goliats más van a caer y hasta dónde puede llegar algún David. O si la balanza del fútbol seguirá inclinada hacia esos grandes países que acumula estrellas sobre su escudo.

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