Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Carla Boyera

0

Es imposible saber a ciencia cierta la cantidad de películas de miedo en las que figura la madre como dispositivo que permite desarrollar ficciones de pesadilla. Como las madres somos seres de luz por antonomasia y a la maternidad se le presupone dulzura, abnegación, ternura y enamoramiento infinito de sus criaturas, la anti-madre resulta un personaje muy jugoso para el cine de terror. La anti-madre es un artefacto que funciona muy bien en el imaginario colectivo para desencadenar auténtico pavor: es antinatural, es anormal, es monstruosa. Es, ante todo, sorprendente, pues lo esperable es lo que prescribe la maternidad femenina, siempre dulce, cándida e incondicionalmente amorosa. La madre es el ejemplo paradigmático del espacio seguro, una indefectible fuente de vida, y cuando se convierte en lugar de peligro y origen de muerte las narrativas que desencadena son extremadamente perturbadoras. Es aquí, en la madre maligna y no en otro lugar, donde opera el espanto que se activa en este gran clásico de terror y suspense.  

La película gira en torno a dos figuras femeninas: una presente y otra ausente. La presente es Marion (Janet Leigh), una empleada que verá en el robo de 40 mil dólares la posibilidad de dar una continuación económicamente cómoda a su historia de heteroamor romántico. Hitchcock se adentra, como un ladrón-voyeur por la ventana, en la intimidad post-penetración de la heteropareja para presentarnos, en bragas y sujetador, a su rubia protagonista. Cuarenta y siete minutos más tarde, nos despediremos de ella para siempre (esta vez completamente desnuda, inerte y doblada sobre el borde de la bañera) en otra escena con una penetración diferente, aunque no por eso vacía de erotismo, pero a eso volveré más adelante.

La otra figura protagonista del film es la madre que no está y a la que no vemos, pero que despliega toda su presencia y poder a través de su hijo, Norman Bates (Anthony Perkins). Intentamos vislumbrar su figura a través de las ventanas de las habitaciones encendidas de esa tétrica casa que miramos de lejos, recortada en la oscuridad de la noche con nubes y lluvia: la madre-casa donde Norman vive. Sabemos que es una madre posesiva, territorial, una madre castradora que tiene las narrativas de la suciedad y el pecado asociados a la mujer desconocida y que no duda en identificar a Marion con la mujer-Saturna devorando a su único hijo (“Ve y dile que no vas a saciar su feo apetito ni con mi comida ni con mi hijo”), Marion devenida vagina dentata. Esta versión de madre dominante trae, en la otra cara de la moneda, a un hijo pusilánime (“¿Voy a tener que ir y decírselo yo porque a ti te faltan agallas? ¿Tienes agallas, chico?”): la pusilanimidad es el terror de cualquier hombre que en las narrativas patriarcales no puede permitirse jamás mostrarse débil ni vulnerable, pues estas categorías están asociadas (positivamente, eso sí) a la feminidad o a la homosexualidad (negativamente, por supuesto).

El personaje del taxidermista Norman Bates nos recuerda que los tíos majos, agradables, educados, solícitos, sonrientes y hasta tímidos pueden ser psicópatas asesinos, reforzando la idea de la eterna indefensión de las mujeres y nuestra posibilidad constante de convertirnos en cualquier momento en víctimas: el hombre como lugar de violencia para la mujer es el plot twist y spoiler que os traigo hoy, atentos hombres: es el patriarcado el que os vende como lugares de peligro y no el feminismo ¿Qué se desprende, si analizamos la inquietante trama, de la experiencia vital de Norman Bates? Que es un hijo sin padre. La narrativa de la madre culpable (fracasada en su maternidad) se ve acrecentada por el hecho de que no haya una figura paterna presente: la vertiente sana y estable desde el punto de vista de la familia hegemónica viene garantizada por un marco heteronormativo, y la premisa de un padre ausente (entendemos) da paso libre a los desmanes, la patologización, la crueldad o incluso el abuso. El padre en la familia sería (intuimos) freno y equilibrio a la maldad de la madre.

La ausencia del padre desde la infancia de Norman Bates (tenía sólo 5 años cuando su padre murió) será, pues, el pistoletazo de salida de sus traumas y del horror que se nos revela en pantalla. El determinismo con el que el propio Bates suma dos más dos en el relato de su propia vida como una ‘trampa’ de la que no puede escapar es verdaderamente escalofriante y terrorífico. Una narrativa perversa sobre los cuidados no desde el amor, el apoyo y el cariño mutuos, sino desde la dependencia, la soledad y el desvalimiento, lugares desde los que se articula el chantaje emocional y la culpa. El vínculo insano entre madre e hijo se verá reflejado en la frase más icónica de la película “El mejor amigo de un chico es su madre” (Gracias, Marion, por esa cara de OMG que pusiste al escuchar semejante espanto).

Queda por comentar la mítiquísima escena de la ducha en la que Bernard Herrmann sólo necesitó dos violines, una viola y un chelo para destrozarnos los nervios. Durante casi tres minutos, vemos fundirse los planos de lo erótico/la muerte: Marion cierra los ojos, entreabre orgásmicamente la boca y hasta sonríe recorriéndose con las manos el cuello, las clavículas y los brazos mientras le resbala el agua por el blanquísimo cuerpo. Sólo a la misoginia más perturbada se le puede ocurrir la idea de hacer erótica una escena de insistente violencia (se pueden contar más de diez cuchilladas); el cuerpo deseado pasa a ser el cuerpo inerte (quizás también deseado): la boca entreabierta gozando la ducha es ahora la boca abierta para gritar mientras el falocuchillo penetra su carne. Este recrearse y regodearse en el cuerpo de Marion (cuyo rostro de expresión serena se desliza tranquilamente por la pared del baño mientras muere, ajeno completamente a la violencia que se le ha perpetrado) no tiene nada que ver con el apuñalamiento del detective, rápido, sin jolgorio ni regocijo, (obviamente el respetable señor iba vestido y no le goteaba lascivamente nada por el cuerpo) que cae por las escaleras sin erotismo ni gracia alguna. Sólo a las mujeres nos está reservada la muerte sexy. Al lado del impresionante apuñalamiento de Marion, la pequeña e insignificante muerte del detective Arbogast es fácilmente olvidable y pasa por la pantalla sin pena ni gloria.

Alfred Hitchcock revolucionó el cine con sus movimientos de cámara y pasó a la historia como el maestro del suspense y el puto amo del thriller psicológico. Sin embargo, sólo tiró de clichés para conformar el personaje de Marion y el de la madre trastornada de Norman. Sabía, eso sí, que la maternidad patriarcal se performaba: la madre quedará performada para siempre en este clásico inolvidable por el (in)creíble Anthony Perkins.

Etiquetas
Etiquetas
stats