Luis Sánchez Martín, escritor: "En esta 'poesía del desnudo' he encontrado la mejor terapia con la que podía soñar"

"Intento que mis autores lleguen a sus lectores, a los lectores que merecen tener"

Editor pluriempleado, melómano, influencer (sin ironía lo digo), crítico literario en la carretera y voz insobornable contra la mezquindad y filisteísmo de nuestros mandantes. El inclasificable Luis Sánchez Martín, escritor y hombre orquesta de Boria Ediciones, se lanza por el camino de la poesía con 'Carrera con el Diablo' (Lastura), y aprovechando la presentación en Murcia (jueves 19, 19:30 horas, en Libros Traperos) charlamos con él de edición, de referentes musicales, de descensos a los infiernos y redenciones posteriores… de literatura, en suma.

¿Sigues creyendo en la posibilidad de llevar el libro adecuado al lector adecuado?

Trabajo más bien en el otro sentido: Intento que mis autores lleguen a sus lectores, a los lectores que merecen tener (que deberían ser muchos más, pero mi capacidad de promoción y distribución está muy limitada).

¿Qué ocurre cuando lo consigues?

Es maravilloso. Es un sello muy pequeño donde enseguida nacen lazos de amistad entre los autores y yo, y entre ellos, y cuando me entero por la distribuidora que se han vendido ejemplares de un libro, qué se yo, en Zaragoza o País Vasco o Extremadura, enseguida lo comentamos y especulamos cómo ha podido ser, si por una reseña, o porque lo han visto en una librería y ha gustado la portada o la sinopsis…

En un sello como Boria (a día de hoy, trabajo para que eso cambie) es muy difícil salir del círculo personal/geográfico del autor, y conseguirlo es motivo, como poco, para unas risas y un par de cervezas.

¿Y qué hay de la institución? ¿Hay apoyo detrás de esa especie de boom literario -y editorial- murciano?

Si lo hay, a mí no me llega (o no me entero, que todo es posible). Creo que ha habido un par de ferias del libro en los últimos años, pero en la primera me pedían mil euros por participar y ya no seguí el proyecto. Ahora creo que es más razonable, pero yo estoy a otras cosas.

El apoyo está en locales como El Sur o Ítaca, donde los autores pueden recitar, en librerías como la tristemente desaparecida Colette, Libros Traperos o La Montaña Mágica, donde presentamos y están bien visibles nuestras obras, y en los medios como el que reproduce esta entrevista, y los blogs donde nos reseñan y nos permiten colgar fragmentos de las obras. Yo le debo mucho a El Coloquio de los Perros, Resaca/Hankover, Libros y Literatura o el blog de Héctor Castilla, entre otros.

¿Qué te lleva de la narrativa a la poesía? ¿Esto no era al revés, comúnmente?

Desconozco el camino que han seguido los demás, para mí ha sido la senda normal, pues mi escritura es paralela a la lectura. Uno ante todo es lector, escribir es la consecuencia. Yo leía novelas y relatos cuando sentí la necesidad de escribir, y de ese modo empecé y ahí me mantuve muchos años hasta que descubrí, hace relativamente poco, un tipo de poesía que me cautivó, de autores muy próximos a mí tanto geográfica como generacionalmente (Vicente Velasco, Héctor Castilla, tú mismo, Diego Sánchez Aguilar…).

La lectura de estos autores y de los que conocí gracias a ellos, por recomendaciones en sus redes o blogs, fue el disparador para contar las cosas de otra manera. Y aunque no he dejado de lado la narrativa (ahora ando a vueltas con una novela que lleva años en modo «primer borrador»), admito que en ‘Carrera con el Diablo’ no sólo está lo que llevo años queriendo contar, sino también cómo quería contarlo.

En 'Carrera con el Diablo' aparece el repertorio clásico de la literatura beat (y, de paso, del rock’n’roll): Alcohol, desarraigo, miedo al fracaso y al vacío, crisis existenciales… para vehicular una particular lucha -brutalmente honesta- con los demonios personales que dan título al poemario. Háblanos un poco de tus referentes -de tus herramientas- en la música y la literatura, o al menos de quienes has invocado en este texto

Pues en la portada tenemos a Gene Vincent (‘Carrera con el Diablo’ es el título de una de sus canciones), que estando medio cojo por un accidente de moto se pegaba unos meneos en el escenario que ya quisiera Michael Jackson. Para conseguirlo se anestesiaba a base de botellas de Whisky y tubos de aspirina. Imagina cómo las gastaba en el escenario que muchos cantantes de la época incluían una cláusula en sus contratos para no tener que salir después de él.

Luego tenemos a Chuck Berry, que llevando dos mil dólares en el bolsillo cenaba hamburguesas y dormía en su coche. Hay varios poemas sobre Bukowski, el autor que más me transmite tanto en prosa como en verso; están James Dean, que vivió deprisa y murió joven, y mi padre, que vivió despacio y murió viejo; y Jack Lemmon, que tardó lustros en conseguir el Oscar a mejor actor protagonista. Todo eso es ‘Carrera con el Diablo’: pastillas para dormir, cerveza para desayunar, comprar en la gasolinera, matar al padre, despertar del sueño, agarrarse a un sonido ardiendo.

Abel Santos resalta desde el prólogo que el libro está construido como un viaje en dos direcciones: Un descenso a los infiernos y una redención final gracias al amor y al arte. ¿De qué nos salva la literatura?

A mí de todo. La música, el cine y la literatura han impedido que me vuelva loco (más aún). He pasado años muy oscuros por una familia que no le deseo ni a mi peor enemigo y que hizo que tuviera que salir a buscarme la vida cuando aún no tenía madurez suficiente ni para echarle de comer a los peces, y cuando era consciente de estar llegando al borde del abismo y me escondía debajo de la cama durante meses siempre tuve discos, películas y libros que evitaron que me cayera por el precipicio. Afortunadamente, porque no sé de dónde ha salido (no la he heredado, eso está claro), tengo una voz interior que desde siempre me ha dicho que no tenga alcohol en casa. No quiero pensar qué hubiera pasado si en lugar de leer o ver cine hubiera seguido con la cerveza y las ideas autodestructivas.

'Carrera con el Diablo' es, ante todo, un libro crudísimo construido con fantasmas personales, un recorrido por las cicatrices de un autor abierto en canal en el texto ¿Dónde pones el límite entre poesía y vida? ¿Dudaste en algún momento?

Creo que no hay límite. Cuando escribo narrativa procuro ir improvisando sobre una base real y, cuando veo que he contado demasiado, vuelvo atrás, borro y corrijo. Pero con la poesía no soy capaz de meter ficción. Y bueno, al principio me preocupaba, no sólo al escribir, sino en mi vida real, donde llegué a inventar varias vidas paralelas para contar si me cruzaba con alguien, me invitaban a algún sitio o tenía una entrevista de trabajo. Aquello fue muy nocivo y me hundió, hicieron falta cinco años de psicoterapia (coincidiendo con mis primeros escritos, por cierto) para aceptar mi vida y dejar de esconderme, tanto en el cara a cara como detrás de un papel.

Seguiré inventando historias para mis relatos y novelas, aunque tengan base real, porque esa, en parte, es la labor del escritor, pero en esta 'poesía del desnudo' he encontrado la mejor terapia con la que podía soñar, y si alguna vez dudé, ya no lo hago. Que el apocalipsis cuqui (guiño-codazo) arrase con otros, mi vida no es un sobre de azúcar ni una patética y artificial cuenta de Instagram, y si alguien no quiere ver ni escuchar la verdad, que sea él quién se esconda.

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18 de diciembre de 2019 - 14:01 h

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