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Rubén Bleda, escritor: “Siempre venimos de algún mito, de algún sueño, de alguna idea”

Rubén Bleda

José Daniel Espejo

9 de mayo de 2025 11:01 h

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El joven escritor murciano Rubén Bleda se estrena en el mundo editorial con un libro inclasificable, a medio camino entre el diario, la ficción, el ensayo y el artículo de opinión. ‘Iba yo a ninguna parte’, recién aparecido en la prestigiosa casa balear Sloper, dialoga tanto con una idea secular de la cultura europea como con la pura contemporaneidad, y sitúa a Bleda como uno de los autores actuales más sensibles a la zozobra de la identidad individual en los albores del siglo XXI. Charlamos con él a propósito del libro a la espera de su inminente presentación (el sábado 10, a las 12h, en la murciana Libros Traperos). 

Antes de empezar a preguntarte por el libro en sí, permíteme que te lance una cortita y al pie: ¿eres consciente de lo raro que es ‘Iba yo a ninguna parte’, las tremendas vibras de contrapelo que provoca?

No. Al contrario, pienso que he escrito un libro para el placer, y el placer necesita cierto grado de comodidad, de familiaridad. Los libros radicalmente raros no producen placer, sino algo distinto. Creo, no obstante, adivinar a qué te refieres. Si bien es cierto que 'Iba yo a ninguna parte' puede enmarcarse en una muy nutrida corriente actual de literatura sin género, o de género fluido, se desmarca de ella en el estilo y en las estructuras. Mi prosa es barroca, de un barroquismo formalmente clásico (hay muchas formas de ser o de hacer barroco), que se caracteriza por la densidad gramatical y sintáctica, la profusión de imágenes, los juegos de palabras, las aliteraciones, los ritmos sincopados, quebrados, la variedad de tonos y tonalidades. En cuanto a la mirada, asumo que es, debe ser, original en cada autor y siempre sorprende en alguna medida. ¿Vibras de contrapelo? Sean lo que sean, estoy encantado de provocarlas. Celebro la expresión; es descaradamente barroca.  

Diario, ensayo, relatos cortos, selección de posts, cuaderno de notas, narración difusa... ¿qué se va a encontrar un lector que no te conozca de nada al abrir este libro?

El lector encontrará algo de todo eso que mencionas. También un aire de columna literaria, de artículo de opinión, presente sin duda en los cuatro últimos y en algunos de en medio; estoy pensando en 'Que vuelva el Carnaval' o 'El buen verano', por ejemplo. Es en ellos donde más se me nota la vena umbraliana. Nunca tuve intención de practicar ningún género en concreto. Solo me interesaba hacer prosa breve, literaria y confesional. Me gusta decir que 'Iba yo a ninguna parte' es una colección de estampas. Me gusta esa palabra, estampa, me transmite el quietismo y el carácter centrípeto de mi escritura, que tiende a plegarse sobre sí misma, al acabado macizo y conclusivo. Estampas reflexivas, memoriales, divagantes… Por ponerme más contemporáneo, las podría definir como selfies literarios. Pero selfies con máscara veneciana y un fondo de cortinas de terciopelo... raídas, naturalmente. 

¿Qué distancia hay entre la voz que emiten en primera persona los textos de ‘Iba yo a ninguna parte’ y el Rubén Bleda en persona que tengo delante?

Ninguna, o la misma distancia que hay entre el hielo y el agua. No se trata de una distancia, sino de una diferencia de estado. Es impensable que me exprese contigo, a viva voz, con la voz de mis textos. El mero intento sería ridículo. A menudo me han dicho: ¿no eres escritor? Dime algo literario. ¡Imposible! A mí la literatura no me sale de la garganta; me sale de los dedos. Aunque me pueda nacer en el estómago o incluso en los pies. Devengo escritor en la práctica de pulsar las teclas. Hay, de hecho, emociones o pensamientos que solo encuentran una expresión literaria y de los que no ofrezco indicios en mi lenguaje coloquial. Estas emociones o pensamientos son fenómenos que emergen cuando escribo y que, al margen de la práctica literaria, llevo latentes, inadvertidos. Sí, habrá quien se sorprenda de algunas cosas que lea en este libro… También yo me sorprendí al escribirlas, porque ignoraba que estuvieran ahí. En términos generales, sin embargo, y para rematar tu pregunta, diría que hay una completa asimilación entre mi persona y mis textos. Al menos tan completa (vuelvo a la metáfora de la repuesta anterior) como la pueda haber entre tu amigo el indie y sus fotos con filtro vintage. 

Hablando de filtros vintage, te quería preguntar por tus referentes literarios, que me da que llevan muertos algún siglo que otro, y también si no te parece paradójico que alguien tan basado se lleve tan bien con los escritores de su generación y esté tan al día de todo lo que se produce.

Buena parte de mis referentes literarios están enterrados en París. Incluso los que no son franceses, tuvieron el esnobismo de morir en París. Ciertamente, París es el gran cementerio artístico de occidente y me temo que ha llegado a ser más interesante como cementerio que como ciudad. Cuando digo “referentes”, me refiero a los autores que han influido más intensa, decisiva e irremediablemente en la formación de mi estilo o mis estilos. Esto se debe a que, durante muchos años, leí casi exclusivamente a escritores muertos. Solo en tiempos recientes he empezado a leer a los vivos y ya de paso me tomo con ellos una cerveza, porque esta, me parece, es una de las grandes ventajas de leer a los vivos. Además, soy un gran cotilla y me encanta escuchar las historias de la gente que está metida en el mundillo. Pero sucede que el barro se ha endurecido, que el hueso literario ha crecido ya lo que tenía que crecer y las nuevas lecturas no me modelan como las antiguas. Me influyen de otra forma.

De mis contemporáneos recibo ante todo el poderoso estímulo de la emulación, que me impulsa, me motiva, me inspira propósitos nuevos, ideas, me infunde inusitadas fuerzas creativas. Uno quiere estar a la altura de su tiempo, aunque transite por caminos propios y hasta solitarios, y pienso, por otra parte, que la mayoría de nosotros escribimos solos. Observo más excepciones que corrientes marcadas; siendo así, ¿qué importa quiénes sean tus referentes y de qué siglo, si lo más probable es que vayan a ser diferentes a los del resto? Aun hundiendo mis raíces en las tierras húmedas y marmóreas de Père Lachaise y Montparnasse, me alimento satisfactoriamente de los frutos de la actualidad y siento auténtica devoción por muchos escritores y escritoras que hoy se cuentan entre mis amistades o, mínimo, entre mis conocidos.  

Otra de las paradojas que presenta el libro es el nihilismo-malditismo que contiene, por un lado, y el hecho de haber sido publicado y que estemos aquí de promo tú y yo tan ricamente, ¿cómo lo solucionas?

Amo las paradojas y no tengo ninguna intención de solucionarlas. Aquí va una que pensé precisamente para la promoción del libro: “ya he hecho lo más difícil, que es publicar un libro. Ahora solo queda lo más difícil, que es venderlo”. Todo escritor en formación sueña con su libro hecho libro, editado, publicado, situado en los anaqueles de una librería. Parece lo máximo a lo que puedes aspirar, pero luego entiendes que un libro no es nada si no se distribuye, si no llega, si no gusta. Lo que haya de nihilista o de maldito en este libro no está en contradicción con defenderlo y difundirlo; ambas dimensiones podrían mantener una relación paradójica, sí, pero, como he dicho, las paradojas no se resuelven. Las paradojas no son contradicciones. Las paradojas son hermosísimas y a veces terribles formas de concordancia. Alguien vierte en un libro su dolor, su desengaño, incluso sus ganas de pegarse un tiro, y luego lo publica y acude a entrevistas para hablar de él y, si tiene éxito, bañará su ego en ese éxito. ¿Cómo puede ser? Hoy día encontramos expresiones aún más sorprendentes de este misterio: gente que se graba en el momento de conocer la muerte de un ser querido para retransmitir en redes la trágica experiencia. Gente que, sumida en un sufrimiento desgarrador, es capaz de gestionar con diligencia los aspectos técnicos de la realización y la publicación de contenido audiovisual. Hacer promo, muy a posteriori, de un puñado de literatura levemente suicida no resulta, ¿verdad?, nada problemático en comparación.

Si le hago a ‘Iba yo a ninguna parte’ la típica pregunta de “¿consideras que la literatura está en crisis?” estoy seguro de que me va a contestar que sí. Pero te la hago a ti.

La respuesta dependerá de si pienso en la literatura como práctica o como fenómeno cultural. Como práctica, ¡rotundamente no! Ya he mencionado antes la admiración que siento por la obra de muchos de mis coetáneos, ¡y me queda mucho y prometedor por conocer! Esta feliz abundancia tiene, no obstante, su contrapartida, y en un texto del libro, titulado 'Discrepancias con la gloria', me refiero con amargura anticipada al hecho de que, a más profusión de literatura, menos posibilidades tiene cada escritor en concreto de ser leído y menos todavía de perdurar. Debemos resignarnos, nadie tiene más derecho que otro a lanzar su moneda literaria al aire, aunque resulta deprimente la cantidad de morralla que satura el mercado y lo extremadamente difícil que resulta abrirse paso en él, incluso para los talentos más exquisitos. Sobra atrevimiento al publicar y falta oficio en algunas editoriales. Me gustaría que las grandes editoriales dejaran de producir tanto ruido y que dejaran de robar su trabajo a las pequeñas, que son las que siempre se arriesgan. Me gustaría que hubiera un mayor equilibrio entre ambos extremos del mercado, con vastas zonas grises donde los escritores pudieran poco a poco hacerse un nombre. Me gustaría que se dejara de explotar el ansia publicadora del personal con oscuras fórmulas de autoedición y que todos, como conductores en la autovía, escribiéramos con responsabilidad.

Creo firmemente que estaríamos en un nuevo siglo de oro si pudiera aflorar lo mucho que permanece oculto, semi-desconocido, infra-difundido, casi enterrado bajo el peso de tanta futilidad; tendríamos un panorama en el que todo sería, por lo bajo, razonablemente bueno, abarcando todos los géneros, satisfaciendo a los más variados públicos. Un mundo literario realmente estimulante y no esto que tenemos, esta balsa de pirañas y de rapiñas, con algunos márgenes acogedores. Pero yo no veo una crisis aquí; lo que veo es el funcionamiento regular de la maquinaria comercial capitalista de la que los libros, en cuanto mercancía, no escapan.  

Pensando ahora en la literatura como fenómeno cultural, me pregunto si alguna vez ha dejado de estar en crisis. Desde que existe la literatura, ha habido escritores quejándose de su precaria posición en el mundo, incluso los más privilegiados. Somos unos llorones y lo serenos siempre. Mejor dicho, lo seremos más cada vez más, porque el mundo, que suele ir en dirección contraria a la literatura, ahora encima va más rápido, acelerando. Y cuanto más acelera, más calentito se pone el hijo del Fary pero más fríos y solos nos quedamos nosotros.

O sea, que también vas a contrapelo de tus contemporáneos en lo de no ser para nada nostálgico... ¿Cómo valoras esa literatura neorrancia del presente?

La nostalgia tiene prensa de estéril y el nostálgico levanta sospechas de conservador. Esto es justo a medias. Bajo mi punto de vista, la nostalgia solo es estéril cuando consiste en una añoranza acrítica y falsaria del pasado. Se convierte entonces, sí, en un caldo de cultivo para posiciones reaccionarias y en material de primera mano para la literatura neorrancia a la que aludes: se afirma que lo de antes era mejor, entendiendo por antes una época edulcorada de felicidad ilusoria donde quedan resueltas todas las tensiones sociales, exaltándose un bienestar que jamás hubo en ningún tiempo pero que oportunamente se vincula con los valores de la familia tradicional y con la antigua disciplina de poner a cada cual el sexogénero en su sitio. A pesar de ello, considero que no hay nada intrínsecamente reaccionario en mirar al pasado. Tampoco en inventarlo. La nostalgia puede ser transformadora, creativa, visionaria. Puede servir para movilizar estrategias de recuperación de lo perdido, de lo recuperable y de lo que pudo ser, aunque para eso haya que superar la mera contemplación doliente y actuar sobre la realidad, que es plástica, tratando de (re)modelarla en la dirección que deseamos. 

Hablando de la dirección, quiero apuntar que solo por un hábito semántico consideramos que la nostalgia se orienta hacia el pasado. Nostalgia significa viajar con dolor. Nada más. Los portugueses tienen la saudade y los anglosajones han creado un bellísimo neologismo, hauntology, traducible por hauntología, que puede ayudarnos a enriquecer nuestro sentido de la nostalgia. Siempre venimos de algún mito, de algún sueño, de alguna idea que nos hemos hecho de nosotros mismos, y siempre vamos hacia ese mito, hacia ese sueño, hacia esa idea. Y ese viaje no se hace nunca sin dolor, pero se hace a menudo con entusiasmo.

No me fío de los pasados ideológicamente interesados y no me interesa la literatura que se articula sobre esa clase de nostalgia, donde el dolor es por la pérdida de privilegios y el viaje parece producto de un tripi caducado. Espero haber respondido con esto a tu pregunta, pero permíteme hacer una breve aclaración al respecto de mi propia obra. No se me escapa que hay en ella rasgos nostálgicos fácilmente identificables, pero yo animo a entender la nostalgia en el sentido extenso, multidireccional, que he tratado de esbozar más arriba. En “Iba yo a ninguna parte” hay cantos de cisne, testimonios emitidos desde la finitud, desde la conciencia resignada de que la Vida con mayúsculas deja de ser posible y uno no tiene más remedio que acatar los increíbles absurdos de nuestra existencia adulta. No se echa de menos el pasado; se echa de menos un tiempo perdido sin ubicación precisa. Los futuros cancelados de los que habla Mark Fisher. La nostalgia, así considerada, es el dolor de los inconformes, un dolor irrenunciable porque es lo único que nos queda de la vida que no tenemos: es como un talón de Aquiles inverso, lo que aún conservamos de divino, lo poco que quedó de nosotros sin sumergir en la ciega y pulcra obediencia al sistema. Toda mi literatura nace de esa región última que me niego a ceder, y que, tal vez, quiero pensar, es más grande que un talón. 

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