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Agri-cultura y agro-extractivismo en el Mar Menor: una comparativa

Trabajadores recolectando lechuga en el Campo de Cartagena / E. R.

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En el contexto del conflicto abierto en la Región de Murcia en torno al colapso ecológico del Mar Menor y su cuenca, existen estrategias trazadas por las instancias de la agroindustria dirigidas a asimilar a los agricultores y la agricultura como actividad que los define, un asimilación de actores y de actividad productiva, que más bien resultan en una usurpación de la identidad de los propios agricultores: “somos agricultores” afirman, “la sociedad va contra nosotros, los agricultores de la Región” continúan en la construcción de sus relatos, entre otros términos confusos que utilizan como: “agricultura industrial”, “agricultura de precisión”, “agricultura ecológica” o “agricultura sostenible”.

Precisamente estas asimilaciones de identidad con la agricultura y los agricultores por parte de los agentes extractivistas que en un contexto de conflicto abierto con la sociedad civil tratan de generar un relato favorable y de legitimar sus actividades, nos inducen a comparar las prácticas agroindustriales, con las prácticas de la agricultura tradicional y esto, con el objetivo de contemplar, tanto similitudes, como diferencias que nos arrojan elementos para una serie de reflexiones.

Para comenzar esta aproximación comienzo por una breve descripción del modelo que nos muestra que las instancias agro-extractivistas utilizan los recursos para la producción de vegetales, altamente tecnificada y dirigida a la exportación, rentan grandes extensiones de tierra y consumen los recursos como el agua que necesitan en inmensas cantidades para producir de manera intensiva una gran cantidad de unidades de producción que una vez convertidas en divisas son introducidas en los mercados internacionales.

Las instancias extractivistas reproducen el modelo de grandes extensiones de tierra sin habitantes gestionadas mediante una racionalidad instrumental dirigida exclusivamente a la ganancia económica a través de la capitalización de la Naturaleza que se reproduce mediante la reducción de los ecosistemas a monocultivos que hoy en día dominan el paisaje del Campo de Cartagena modelado con la participación fundamental de una práctica tecno-científica que responde a criterios que no atienden a las condiciones que hacen posible la reproducción de la vida, sino a criterios exclusivos de las lógicas de mercado y de la ganancia particular.

El sentido que otorgan a los territorios las instancias agro-extractivas, no es otro que ocupar la tierra y esto se traduce en expoliar, explotar y reducir exclusivamente a “recurso con valor de mercado” algo mucho más complejo como es el territorio donde se desenvuelve la vida no-humana, pero sobre todo la vida humana, las sociedades que desarrolla y la culturas que reproduce.

Ocupan las tierras del campo de Cartagena convertidas en espacios de desposesión para la acumulación capitalista y cuando ya no les queden territorios que explotar ni recursos que desposeer, como ocurre en otros lugares donde se desarrolla este modelo, abandonarán los enclaves ribereños y la forma de ocupación mediante el arrendamiento de la tierra facilita la fórmula “extraer, acaparar, desalojar y evadirse”. Este proceso ya lo tenemos presente en la Región, pues lo hemos sufrido en la Sierra Minera, pero también en todas las regiones del globo donde se reproduce este modelo de producción.

En cambio, más que un terreno para la acumulación capitalista, como señala Omar F. Giraldo profesor en el Colegio de la Frontera Sur (México), para los agricultores la tierra constituye un espacio habitado, soporte de vida, una morada donde se asientan los significados y los sentidos de la vida cotidiana. Vivir en el territorio significa practicar la reciprocidad, establecer relaciones de cuidados dirigidos a la conservación y a la continuidad de la vida. En definitiva, los agri-cultores habitan la tierra, dan vida a las sociedades.

Desde este acercamiento, el modelo extractivista basado en prácticas agroindustriales que ha sido implantado en el Campo de Cartagena en cuanto a que, como estamos contemplando, acaba con los recursos y contamina la tierra y el Mar Menor hasta llevarlo al colapso, como continúa Giraldo, niega las condiciones para habitar y más bien reproduce un des-habitar como sinónimo de des-cuidar. Por el contrario, la agricultura reproduce un modelo en el que el agricultor y el campesino, en cada caso, se basa en el cuidado de la tierra y los recursos dirigidos a la reproducción de la vida.

Relacionado con esto anterior, el modo de vida de los agricultores está basado en una temporalidad cíclica en sintonía al lugar donde se desarrolla la actividad agrícola, esta temporalidad requiere una actitud dirigida al retorno estacional, quiero señalar que esta afirmación no se trata de una sutileza antropológica, sino de una relación vivida, pues el agricultor, de hecho, convive y practica los periodos de rotación de la tierra, periodos estacionales de lluvias y sequías, ciclos lunares, etc., en una ciclicidad de la agricultura que empieza y acaba en el mismo lugar que permite y propicia la continuidad de la vida de un tiempo que siempre retorna, o sea, propicia la sostenibilidad.

A diferencia de esta relación de integración con los ciclos naturales que mantiene la agricultura. El modelo agro-extractivo desarrolla una relación con el territorio basado en un tiempo lineal dirigido al incremento continuo de la producción, como podemos apreciar de manera clara, una relación opuesta a la relación que desarrolla el agricultor tradicional en su temporalidad cíclica dirigida a la reproducción, una relación muy diferente con el territorio que no se abandona, sino que se vive y que se habita y por tanto, necesita de cuidados, pues siempre retorna en los ciclos de siembra, cosecha y barbecho en sintonía a la estacionalidad natural del lugar.

En resumen, el horizonte de futuro de las instancias extractivistas discurre de manera lineal marcado por un final, la marcha a otros territorios cuando agotan los recursos del enclave, por el contrario, el futuro del agricultor se configura como un futuro cíclico de reproducción y de vida en torno a los ciclos de la naturaleza y la rotación de los cultivos que requieren tiempos de recuperación y descanso y en cambio, el modelo de producción agro-extractivista, a través del uso intensivo de la tecnología, pretende saltarse los ciclos naturales y de espera en el intento de producir sin descanso.

Esta inmersión en la ciclicidad del agricultor , a la que hacemos mención, no es contemplada solamente en términos de sucesión temporal, además el agricultor conoce que los elementos biológicos del suelo y la diversidad de especies de microorganismos enriquecen la tierra en procesos de vida cíclicos donde todo se aprovecha, esto es, que no producen residuos, por su parte el modelo agro-extractivo utiliza tecnologías que aniquilan los seres vivos y rompen estos equilibrios biológicos a través de la introducción de productos agro-tóxicos.

Con esto quiero resaltar, que el modelo extractivista ha configurado sus relaciones con el entorno natural actuadas por tecnologías mediadas por una economía política en abierta oposición a los ciclos de la Naturaleza que pretende superar los condicionamientos de los ciclos estacionales y de los ciclos biológicos, precisamente mediante la utilización intensiva de estas tecnologías dirigidas a producir cada vez más. Esto ha ocasionado una cierta independencia de “la dictadura del clima” y de la “dictadura de los procesos biológicos” de la industria agroextractiva en una actividad que, como decía Herbert Marcuse consiste en:“Dominar sin fin la naturaleza es la idea (…)  desarrollan un sentimiento de poder (...) de violación comercial de la naturaleza y no de cuidado”.

En este sentido, los agricultores han sido sustituidos por actores que realizan una actividad productiva muy diferente, la relación mimética de los agricultores con la Naturaleza ha sido violada por una actividad agraria híper tecnificada que ha cambiado de forma radical las geo-grafías agrícolas tradicionales en el Campo de Cartagena que han sido sustituidas por grandes extensiones de monocultivo intensivo, que se traducen en una actividad que consiste en extraer más y más en el uso de una racionalidad dominada por una economía política que hunde sus raíces en el falaz crecimiento infinito y en una avaricia desmesurada que lleva a considerar exclusivamente la ganancia económica particular.

Estas consideraciones nos llevan a concluir una distinción radical y una relación de oposición entre la agricultura, cuyos conocimientos se han desarrollado en imbricación con la Naturaleza y sus ciclos y, el agro-extractivismo y las tecnologías de producción que utiliza, que aun partiendo inicialmente de la agricultura, ha recorrido un camino en el que se ha des-naturalizado, al menos hasta donde el desarrollo de la tecnología les ha permitido, pues las fertilidad de la tierra, la existencia de agua y el clima, sin que se hayan convertido en irrelevantes, cada vez son menos necesarios para la productividad agroindustrial en constante crecimiento en la Región de Murcia.

Estos son algunos de los motivos que encontramos a través de la utilización del método comparativo que nos permiten afirmar que el agro extractivismo no es agricultura, que los agentes agro-extractivos no son agri-cultores y que la utilización del término “agricultura” con cualquiera de sus apellidos “agricultura sostenible”, “agricultura industrial”, “agricultura de precisión” etc., como eufemismos para referirnos a la actividad agroindustrial, como una tecnología de producción de vegetales y al modelo agro extractivista, como un modelo productivo resultan en una perversión del término “agricultura”.

Esta perversión constituye un gran agravio para la agricultura contemplada como uno de los mayores logros de la humanidad y un gran ataque a los agricultores como los expertos, los verdaderos conocedores y cuidadores de la tierra. Dada la manifiesta insostenibilidad del modelo agroextractivista implantado en la Región de Murcia, los mismos agricultores que, como ya lo hicieron en el pasado, nos tendrán que dar de comer en un futuro, posiblemente, más próximo que lejano.

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25 de noviembre de 2021 - 09:18 h

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