Tranquiliza pensar que lo que está ocurriendo en el municipio murciano de Torre Pacheco es un ‘suceso’ protagonizado por unas decenas de ultraderechistas con exceso de virilidad tóxica y un cerebro menguante. Ojalá fuera así. Eso se controla con mucha Guardia Civil —en realidad, no son muy valientes— y con un apagón informativo para no seguir alimentando sus hogueras. Pero no es así.
Buceo en la hemeroteca y encuentro el reportaje que estaba buscando. Lo publiqué el 3 de noviembre de 1998, hace 26 años y medio. El titular era: ‘Los últimos del Primer Mundo’. Yo era muy joven y me faltaba mucha estructura, pero había cubierto ya mucha ‘coyuntura’ y tenía la suficiente experiencia con un par de conflictos armados a las espaldas y la experiencia de saber lo que era un campo de refugiados, el desarraigo, la xenofobia o la nuda vida.
Suelo contar que el lugar más hostil para un ser humano no blanco que había conocido era Torre Pacheco, ubicado a 42 kilómetros de donde yo había nacido. Probablemente podría afirmar lo mismo de otros municipios si hubiera hecho el reportaje en el Cabo de Gata —el idílico lugar al que se llega después de pasar campamentos de plástico donde se hacinan los jornaleros— o en Moguer —donde el rosa de los fresones no puede ocultar la oscuridad del negocio y la neoesclavitud—.
Hace 26 años y medio ya era Torre Pacheco un lugar hostil para los acentos y las pieles diversas. El racismo estructural permitía que, a vista de todos, los trabajadores vivieran en condiciones infrahumanas aunque tuvieran papeles y salario decente. El alcalde de aquella época, Pedro Jiménez, que estuvo 20 años en el cargo, me aseguró que los hechos racistas que ocurrían “no era racismo” y definía a sus vecinos como “buenos cristianos que soportan demasiado”. Esos “buenos” vecinos se manifiestan ahora en la plaza que lleva su nombre y llevan beneficiándose del esclavismo contemporáneo desde hace décadas.
De hecho, lo que hundió a Torre Pacheco durante la crisis de 2008-2012 fue la corrupción y la mala administración (de hecho, el alcalde del PP, Daniel García Madrid, ingresó en prisión en aquellos años). Paulino Ros, el periodista murciano que quizá mejor conoce los beneficios y los conflictos generados por la inmigración, publicó en 2021 un estudio bajo el título ‘Marroquíes que cambiaron Torre Pacheco en 40 años (1979-2019)’, en el que ponía de relevancia el papel clave que ha tenido la población llegada de Marruecos en la prosperidad pachequera. También recoge decenas de testimonios entre los que está el de una trabajadora social que explica como, en 2021, “se está pagando a 2,50 euros la hora en Torre Pacheco, a las mujeres y otra gente les pagan 20 euros por 12 horas desde las seis de la mañana, y quitándole el transporte, que se lo cobran, se les queda en 13 euros”. Quizá por eso, en julio de 2020, no eran ultraderechistas los que se manifestaban en la Plaza Alcalde Pedro Jiménez, sino que eran los vecinos procedentes de Marruecos los que se tomaban las calles “para exigir el fin de la semiesclavitud”.
Desde que yo hice el reportaje en 1998 he alimentado mi mirada y desde hace tiempo sé que para que la “semiesclavitud” exista debe haber una completa estructura racista a su servicio. Por eso, al pasar las décadas, el suceso de la “cacería de inmigrantes” en Torre Pacheco solo desvela la estructura racista de la que en España no hablamos. Y allí se están visibilizando los choques entre los trabajadores precarizados de origen murciano y los de origen migrante, alimentados por los propietarios del enorme complejo agroindustrial que enriquece a unos pocos en el campo de Cartagena desde que el trasvase Tajo-Segura convirtió estas tierras de secano en un espacio para el cultivo intensivo para exportación.
No ver la realidad es aplazar las soluciones o quedarse atrapados en la coyuntura. Elma Saiz, ministra de Migraciones, aseguró el 14 de julio que “España no es un país de cacerías de inmigrantes” y atribuyó los “sucesos” de Torre Pacheco a los discursos de odio y al coqueteo del PP con la ultraderecha. Ojalá fuera solo eso. Saiz está en un Gobierno que mantiene leyes racistas sobre migración, cuyo Ministerio de Interior hace devoluciones en caliente y justifica violaciones de derechos humanos lacerantes, y en un Gobierno cuyo exsecretario de Estado para el Deporte y relevante dirigente socialista, José Manuel Franco, ante los ataques racistas a Vinicius, lo solucionó con un “España no es racista” que cerraba el debate. Cualquier aprendiz de psicología recomendaría a las autoridades entender que negar la evidencia es el primer paso para no enfrentar los conflictos.
No me voy a remitir al siglo XVI o XVII —ya lo hice con profusión en el libro Indios, negros y oteos indeseables—, pero sí me gustaría que Torre Pacheco no pase a la lista de ‘sucesos’ desagradables que manchan nuestra historia. Como escribió el panafricanista y antiracista W.E.B. Du Bois, en 1935: “La teoría de la raza se complementó con un método cuidadosamente planeado y lentamente desarrollado, que abrió tal brecha entre los trabajadores blancos y negros que probablemente no hay hoy en día dos grupos de trabajadores cuyos intereses sean prácticamente idénticos que se odien y se teman tan profunda y persistentemente, y a los que se mantenga tan lejos el uno del otro que ninguno pueda ver nada que sea de interés común”. Cuando no hay interés común hay odio particular. Y eso es consecuencia directa del racismo estructural. Nada más. Nada menos.
*Periodista y ensayista. Autor de ‘Indios, negros y otros indeseables’.